El mundo en tiempos del Covid-19. Lecciones de un año de pandemia.

Destacado

                                                         Carlos Antonio AGUIRRE ROJAS*

Hoy, a más de un año de haberse declarado oficialmente que la enfermedad del COVID-19 era una verdadera pandemia, es decir, una epidemia de impacto y alcance mundiales, está cada día más claro que el causante principal de esta terrible pandemia, que azota actualmente a la humanidad entera, no es otro que el sistema mundial capitalista, todavía vigente en escala planetaria. Ya que lejos de las tramposas pseudoexplicaciones naturalistas o biologicistas, que querrían como se ha dicho con ironía, “culpar a los murciélagos”, y presentar al COVID-19 como una azarosa e infortunada mutación “natural” de un virus animal que migra, también de modo desafortunado y casual, hacia los seres humanos, se impone cada día más claramente la evidente realidad de que es más bien el capitalismo, con su profunda e ineludible lógica depredadora y destructora de la naturaleza y de la ecología, el que al arrasar implacablemente con los ecosistemas, y al destruir todos los ciclos y los equilibrios ecológicos y biológicos del mundo natural, termina por provocar estas mutaciones y migraciones de las enfermedades animales hacia la cada vez más frágil y precaria especie humana. (1)

Porque además de desencadenar esa eliminación brutal, súbita y descontrolada de las fronteras naturales y transhistóricas entre el reino animal y el reino humano, es también el capitalismo el que ha ido creando, durante varios siglos, la indefensión y la debilidad de los cuerpos humanos frente a esas nuevas e inéditas enfermedades provenientes de los animales. Y esto por varias vías simultáneas. En primer lugar, al deformar y pervertir sistemáticamente los hábitos alimenticios de las vastas mayorías de todos los pueblos del planeta, privilegiando su alimentación a partir de carbohidratos y azúcares, en lugar de los vegetales y las frutas. Azúcares y carbohidratos que si bien son fuentes de mucha energía inmediata, para hacer posible que los cuerpos soporten largas y pesadas jornadas de trabajo, y para que mantengan vivo y en aumento constante el acendrado productivismo capitalista, también son la receta segura para que al paso del tiempo y en el mediano plazo, los seres humanos terminen enfermando de obesidad e hipertensión, las que curiosamente son ahora dos de las comorbilidades más comunes, que complican y dificultan la efectividad del combate de esos cuerpos humanos en contra de la enfermedad del COVID-19. (2)

En segundo lugar, al extender y difundir entre todas las personas esa excitación morbosa y desequilibrada que es el stress moderno, el que al sobreactivar a los individuos y mantenerlos en una alerta artificial constante, permite los constantes incrementos de la productividad del trabajo, aunque siempre al precio de ir minando, otra vez en el mediano plazo, las fuerzas generales y la capacidad de resistencia global de esos organismos humanos, los que fatalmente, más tarde o más temprano, terminan somatizando ese stress y convirtiéndolo en gastritis, en úlcera y en descompensaciones orgánicas que muchas veces conducen a la diabetes, pero también y por otro camino, a los falsos e igualmente destructivos procesos del tabaquismo y hoy del vapeo, cuando no al consumo descontrolado de calmantes, antidepresivos, somníferos o antiansiolíticos, entre muchos otros, enfermedades todas estas que una vez más, son obstáculos significativos para poder enfrentar con éxito al virus del COVID-19.

Además, y con lo que parecería ser un complemento macabro de este debilitamiento, precarización y deformación negativa de los cuerpos humanos, por medio de la alimentación cotidiana y de la difusión generalizada del stress, el capitalismo destruye y paraliza también al principal instrumento oficial colectivo que podría servir de posible paliativo a estos procesos destructivos y degeneradores de la buena salud integral de los seres humanos, el sistema de la salud pública. Ya que al privatizar los servicios de salud en todas las naciones del globo, degradando a la par los servicios públicos sanitarios, el capitalismo mundial convierte a la salud en una mercancía que se compra y que se vende, y por ende, que está sometida a las leyes de la oferta y la demanda, y también a la lógica de la mayor obtención posible de la ganancia capitalista. Lo que provoca, como lo hemos visto ya tantas veces en el último año transcurrido, que también la enfermedad del COVID-19 sea vista y manejada con fines de lucro, y que en su manejo por parte de todos los Estados del planeta, aparezcan constantemente y de manera predominante, criterios de rentabilidad económica, mucho más que de genuina salud pública y de salvaguarda efectiva de la vida humana. (3)

Y puesto que el capitalismo ha transformado a los cuerpos humanos en una fuente potencialmente rentable de más y más ganancias, aunque a condición de que ellos se enfermen cada vez peor y cada vez con más frecuencia, entonces es lógico que la actual pandemia replique nuevamente y reproduzca de manera amplificada las jerarquías sociales y de clase que también se hacen presentes en este ámbito de la salud. Así, los ricos, los políticos y los poderosos, tienen todas las condiciones para establecer y respetar las medidas preventivas prescritas para enfrentar con éxito la pandemia, pudiendo quedarse tranquilamente en sus casas sin trabajar durante meses, y confinándose socialmente, al mismo tiempo en que guardan la sana distancia, y que se protegen con adecuados cubrebocas, y con  buenos lentes, guantes, caretas y geles eficaces y de buena calidad, cuando se ven obligados a salir de sus confortables y bien equipadas residencias.

En cambio, y en el otro extremo de la pirámide social, para los vastos sectores subalternos es muchas veces imposible, incluso en términos materiales, respetar esas medidas sanitarias preventivas de la enfermedad, al vivir muchas veces hacinados en pequeños departamentos, o en cuartos, o en espacios minúsculos de habitación, y al estar obligados frecuentemente a dormir varias personas en una misma cama, además de verse realmente forzados a continuar trabajando, bajo la amenaza de carecer de los medios mínimos indispensables para la propia sobrevivencia física si suspenden su actividad laboral, y estando obligados a usar cubrebocas baratos y de muy mala calidad, junto a geles diluidos y deficientes, y a salir sin caretas, guantes, etc., debido a sus precarios y limitados ingresos económicos habituales. (4)

Terrible cuadro de la desigualdad social extrema de las condiciones para prevenir eficazmente la pandemia, que se complementa con el hecho de que, en caso de caer enfermas, las elites dominantes de todo tipo, cuentan una vez más con las mejores medicinas, y con los médicos y enfermeras especializados necesarios para poder curarlos, dentro de caros y bien equipados hospitales privados siempre a su servicio, para que sean capaces de enfrentar en las mejores condiciones a dicha enfermedad, mientras que en cambio, y en las antípodas de todo esto, los pobres y desposeídos de todo el planeta se mueren en las sillas o en las bancas de los pasillos de los hospitales públicos, sin alcanzar siquiera lugar en una cama, cuando no terminan refugiándose en sus humildes casas, para agonizar y morirse sin atención médica alguna, aunque no sin antes contagiar, en muchas ocasiones, a su familia entera.

Frente a este crudo y brutal panorama mundial, todos los Estados y todas las clases políticas del orbe, sin excepción alguna, hacen gala de indiferencia, de hipocresía y de extrema torpeza, en el manejo político y social de la pandemia. Pues atrapados todos ellos entre de un lado su real y permanente función de servir al capitalismo y a los capitalistas, que es su principal objetivo y tarea, y de otro lado su necesidad de gestionar de algún modo los efectos múltiples de la pandemia, para evitar el descontento popular y los posibles estallidos sociales, terminan siempre privilegiando a aquellos a los que realmente obedecen, a los capitalistas, aunque al mismo tiempo y de modo puramente retórico e hipócrita, proclamen a los cuatro vientos el preocuparse y el ocuparse de las clases y grupos subalternos de sus respectivos países. Y si como dice la sabia sentencia popular, ‘no es posible servir bien a dos amos, al mismo tiempo’, ha sido claro durante más de un año que el verdadero amo al que sirven todos los políticos y todos los Estados de todos los países, no es otro que el sistema capitalista mundial y sus correspondientes encarnaciones nacionales. Situación que demuestra la enorme sabiduría de los indígenas neozapatistas, cuando para caracterizar a esos políticos que hoy mal gobiernan en todas las naciones del planeta, utilizan la ingeniosa metáfora de que ellos son sólo los ‘capataces’, los ‘mayordomos’ y los ‘caporales’ del verdadero patrón o dueño de las fincas, que son los capitalistas nacionales e internacionales de todo el sistema capitalista a nivel mundial. (5)

Por eso, y en virtud de ese sometimiento estructural de los Estados, los gobiernos y los políticos de todo tipo hoy en el poder, a los grupos y a las clases capitalistas del planeta entero, es que ellos sólo han sido capaces, a lo largo de toda la pandemia, de proponer y concretar las siempre tibias, contradictorias, parciales y fallidas políticas implementadas por esos mismos Estados, en la lucha en contra del COVID-19. Políticas que se justifican todo el tiempo con el absurdo e insostenible discurso de que “es necesario combatir la enfermedad, pero sin descuidar la continuidad del funcionamiento regular de la economía”, al mismo tiempo en que, en los hechos, se apuesta cínicamente al previsible resultado de que el nuevo darwinismo social así promovido e instaurado, afectará sobre todo y en primer lugar a las poblaciones subalternas de todo el mundo, a los “peatones de la historia”, causando sólo en ellos las muertes y todos los efectos negativos de esta pandemia, mientras deja prácticamente intactos a los ricos, a los poderosos y a todos aquellos que ocupan los puestos altos de todas las diversas y múltiples figuras de la jerarquía social.

Mientras tanto, y repitiendo en otro escenario la sabida verdad de que las guerras modernas las organizan y las ganan los ricos, mientras los pobres las pelean y las sufren, poniendo solo ellos la correspondiente cuota de heridos y de muertos, esta moderna guerra de la humanidad contra el coronavirus sigue produciendo cada día más y más enfermos y más y más muertos, pasando de la primera a la segunda ola y de la segunda ola a la tercera, mientras las compañías farmacéuticas más grandes y ricas del planeta controlan y manipulan a sus respectivos Estados, para competir indiscriminadamente por el potencial mercado de la que sin duda será la vacuna más vendida en toda la historia del capitalismo, al mismo ritmo en que los Estados-Nación más poderosos del globo mezquinan y administran a su conveniencia la dotación o suministro de dichas vacunas a todo el tercer mundo, vulnerable, desprotegido y precarizado durante siglos, por la propia explotación económica y por el dominio político y geopolítico de dichas naciones ricas y privilegiadas. (6)

Por todo esto, como dicen los sabios compañeros neozapatistas, la tarea hoy prioritaria para todos los movimientos, las clases, los grupos y los individuos que luchamos en contra del sistema mundial capitalista, que hoy muestra de manera descarnada su generalmente oculto rostro depredador, destructivo y genocida de la humanidad, es la tarea de salvar la vida, para salvándola poder seguir ahora mismo y mañana luchando en contra de este mismo sistema capitalista planetario.(7) Pues más allá de las terribles y realmente catastróficas consecuencias que esta pandemia mundial está teniendo para los pueblos y los sectores oprimidos de todo el planeta, ella tiene también, a pesar de todo, algunos efectos positivos y potencialmente promisorios hacia el futuro cercano y también de mediano plazo.

Porque los hechos son testarudos. Y esos hechos están despertando y enriqueciendo a pasos acelerados la conciencia crítica de todos los subalternos del mundo. Ya que al observar la evidente y descarada hipocresía de sus clases políticas y de sus gobiernos, junto a la pésima gestión de la pandemia y a la cínica subordinación de esos malos gobiernos y esos políticos a los intereses económicos capitalistas, a los que despiadadamente y sin contemplación alguna se sacrifica a la gente, al bienestar público, a la defensa de la salud general y al combate realmente efectivo de la enfermedad, todas las personas en todos los países, terminan por esclarecerse y convencerse de que los políticos en general, se digan de derecha, de centro o de izquierda, no sirven para nada bueno, y que solo están enamorados del poder por el poder mismo, y entregados sin tapujos a sus respectivos sectores y clases capitalistas, cumpliendo la función ya mencionada de simples capataces, mayordomos y caporales.

También y al desnudar como todos los Estados del mundo eligen proteger al capital en detrimento de las mayorías sociales, al costo que sea en términos de víctimas fatales, los ciudadanos de a pie terminan por comprender que el Estado en sí mismo es el problema y no la solución, y que no hay ni puede haber Estados “buenos”, o “progresistas”, o “populares”, o “proletarios”, o “socialistas”, sino que el Estado es en su esencia misma enemigo de los pueblos, y que debe ser destruido completamente y hecho añicos, para en su lugar instaurar estructuras del “buen gobierno”, como las Juntas de Buen Gobierno Neozapatistas, es decir, en general, las diversas formas posibles del verdadero autogobierno popular. (8)

Al mismo tiempo, la verdadera situación-límite que esta pandemia mundial ha creado, ha obligado a los capitalistas de todo el planeta a renunciar a sus falsos discursos paternalistas, de conciliación de las clases sociales y de supuesta preocupación por sus trabajadores, para mostrarlos en su real naturaleza y esencia, la que se hace evidente cuando ellos, con el pretexto de la pandemia, corren a sus trabajadores sin indemnización ni compensación alguna, o cuando recortan personal y obligan a los pocos trabajadores que siguen en activo a realizar el trabajo de sus compañeros despedidos, sobreexplotándolos sin aumento alguno de salario, o cuando reducen los salarios, o las prestaciones, o deterioran las condiciones generales de trabajo, siempre con la justificación de “salvar la fuente de empleo” y de “sobrevivir a la pandemia”. Y esto, cuando no llegan al extremo, para nada infrecuente, de forzar literalmente a sus asalariados a continuar trabajando bajo condiciones que implican un alto riesgo real de contagio, a partir de la amenaza explícita de que de no hacerlo pueden ser inmediatamente despedidos.

Medidas draconianas del capital contra el trabajo, que además de ilustrar y confirmar por enésima vez la sabia tesis de Marx, de que el capitalista es solamente el “capital personificado”, y que su única brújula de comportamiento es la búsqueda insaciable e infinita de la mayor ganancia, le abren los ojos progresivamente a todas las clases trabajadoras del planeta, llevándolas a la necesaria conclusión de que, bajo el actual sistema capitalista mundial, es imposible enfrentar eficazmente todos los colosales problemas que hoy padece y confronta la humanidad: hoy mismo, el de la pandemia planetaria del COVID-19, pero mañana e incluso también ahora, el del cambio climático que amenaza cada vez más con provocar una catástrofe ecológica de proporciones inimaginables, con efectos devastadores que podrían terminar la vida misma de la especie humana, o también la salvaje y desenfrenada destrucción creciente de la naturaleza, con sus múltiples efectos de tsunamis, temblores, terremotos y también de otras pandemias similares al COVID-19 posibles, junto a la polarización social creciente, con sus múltiples y diversas consecuencias de multiplicación de las jerarquías, y de ahondamiento del ya inmenso desfase entre los grupos más privilegiados, más poderosos y más ricos, y los grupos más precarizados, más pobres y más desprotegidos, e igualmente el terrible desbordamiento y florecimiento sin límite de las más extrañas y enfermas formas de la violencia destructiva y caótica que se esparce como reguero de pólvora a todo lo largo y ancho del tejido de todas las sociedades actuales del mundo. (9)

Problemas sociales de magnitud realmente planetaria, igual que la pandemia actual, que son imposibles de enfrentar adecuadamente y de ser resueltos inteligentemente mientras sigamos aprisionados en la lógica capitalista aun hoy dominante. Lo que por ende nos conduce a todos a la obligada deducción de que es necesario terminar de una buena vez con este sistema capitalista mundial, antes de que él termine con la humanidad entera, en la medida en que dicho capitalismo mundial se revela cada día, de manera más patética y escandalosamente evidente, como la verdadera fuente de todos nuestros males actuales.

Abolición total del capitalismo en todo el planeta Tierra, cuyo proceso ha comenzado ya a desarrollarse de manera germinal y embrionaria pero muy clara y explícita, desde hace algunos lustros. Pues como bien lo dijo Marx, el problema sólo aparece cuando ya existen las condiciones de su propia solución. Y la pandemia mundial del COVID-19 nos confirma también la profunda corrección de este inteligente aserto. Pues al desnudar completamente el egoísmo, la mezquindad, la miopía y la inutilidad de los Estados, de los gobiernos, de los políticos, de los capitalistas, de los ricos y de los poderosos de este mundo, esta pandemia potencia y acelera la conciencia crítica de que la humanidad ha llegado a tal grado de madurez social y cultural, que ya no son necesarios, para el adecuado funcionamiento global de las sociedades modernas, ni los Estados, ni los patronos, ni tampoco los políticos o los ricos, igual que son totalmente prescindibles y superfluos, los poderosos, los que ocupan los altos puestos de la jerarquía social en todas sus figuras posibles, y todos aquellos que los sirven y los protegen, como los policías, los carabineros, los ejércitos y los soldados, junto a las guardias blancas, o los pistoleros y guardaespaldas de cualquier tipo, entre muchos otros. (10)

Y es esta creciente y cada vez más aguda conciencia crítica de la inutilidad e innecesariedad de la sobrevivencia actual de la explotación económica, de las clases sociales, de la discriminación social, del racismo, del patriarcado y el machismo, de los poderes antagónicos y excluyentes y de las jerarquías sociales diversas, la que desde hace varias décadas se expresa en la múltiples revueltas anticapitalistas y antisistémicas contemporáneas que son llevadas a cabo por los distintos movimientos sociales, y por los sectores, y los grupos, y las clases subalternas de todo el globo terráqueo. Y son estas revueltas radicales, hoy vivas y actuantes, las que a través de sus demandas y exigencias fundamentales, nos muestran sin duda la verdadera salida del laberinto que hoy representa la pandemia mundial del COVID-19.

Porque habiendo crecido y madurado mucho antes de esta pandemia, y al haber detectado y asimilado también hace años, esa miseria y mezquindad de los políticos, los capitalistas y los poderosos, que hoy es desnudada y mostrada de forma evidente por los efectos del COVID-19, esos movimientos y las múltiples revueltas anticapitalistas y antisistémicas que ellos llevan a cabo en todas partes, nos habían ya propuesto e indicado la estrategia y la solución posible frente a los vastos problemas antes mencionados que hoy confronta la humanidad entera: la auto-organización popular.

Pues si el Estado y los políticos solo saben mal gobernar o no gobernar, entonces la alternativa es la de aprender a autogobernarse. Y si los capitalistas y los ricos solo explotan a todo el mundo, y viven del trabajo de los otros, la opción posible y lógica frente a esto es la de expropiarles los medios de producción sociales, como las tierras y las fábricas, y hacerlas producir para nosotros, para los que realmente las movemos y las hacemos trabajar, instituyendo en los hechos la sabia consigna de los movimientos populares de que el que no trabaja no come. Y si los poderosos y los jerarcas de todo tipo, sólo saben excluir, dominar, someter y discriminar, la salida natural es entonces la de abolir todo tipo de jerarquías y de poderes antagónicos, e instaurar entre todos los seres humanos relaciones horizontales, dialógicas, fraternas e igualitarias. Y todo esto es posible si nos organizamos entre nosotros mismos, es decir, si nos auto-organizamos.

Lo que ya ha comenzado a suceder en todo el mundo, como una respuesta espontánea a los terribles y destructores efectos de la pandemia, y frente a la torpeza y mezquindad de todos los gobiernos y los capitalistas. Pues frente a esta torpeza y mezquindad, lo que los subalternos han hecho es auto-organizarse para crear todo tipo de redes de solidaridad popular, regalando por ejemplo comida a quien la necesita, o también, organizando intercambios de productos sin la mediación del dinero, o compensando con trabajos y servicios el apoyo de los otros. Pero también creando fondos populares de ayuda y auxilio a los más diversos sectores sociales, por ejemplo a los artistas y creadores de cultura, o a los nuevos y viejos desempleados, o a los jóvenes en situación cada vez más precaria, o al número cada vez más creciente de madres solteras cabezas de familia, o un muy largo etcétera, entre muchas de las distintas iniciativas surgidas desde abajo, en todos los sectores populares y subalternos de los miles y miles de pequeños rincones del planeta en su conjunto.

Iniciativas de autoorganizaciòn popular, a veces nuevas y a veces derivadas de las experiencias previas realizadas por los movimientos antisistémicos, que también se hacen presentes al organizar las revueltas populares y subalternas que ellos impulsan, y que en las difíciles condiciones actuales, ayudan a madurar de manera subterránea, las condiciones generales de las cercanas y masivas protestas populares por venir. Porque el ‘viejo topo de la historia’ trabaja muchas veces de manera soterrada y encubierta, esperando con paciencia las condiciones de su saludable irrupción pública. Tal y como lo ilustran y demuestran el neozapatismo mexicano, o el movimiento mapuche chileno, igual que los piqueteros autonomistas argentinos, los Sin Tierra brasileños, o los indígenas ecuatorianos, peruanos, bolivianos o colombianos, realmente anticapitalistas y antisistémicos, entre muchos otros.

Porque es claro que en la geografía universal de las revueltas antisistémicas, que como lo demostró el año de 2011 tiene dimensiones realmente planetarias, le ha tocado sin embargo a América Latina, el papel de ser hoy el frente de vanguardia mundial de esas luchas y revueltas antisistémicas en curso. Papel de vanguardia que, desde México hasta Chile, y pasando por Ecuador, Perú, Colombia y Bolivia, se hizo otra vez clamorosamente evidente en las vastas movilizaciones y revueltas del año de 2019, que antecedieron a la irrupción de la pandemia del COVID-19.

Hoy los pueblos y los movimientos antisistémicos de toda América Latina, y también del mundo entero, maduran con paciencia y de modo soterrado las muy cercanas y futuras revueltas radicales que habrán de manifestarse e irrumpir en todas partes, en cuanto termine esta terrible pandemia actual. Mientras tanto, e igual que alguna vez lo hizo Don Quijote de la Mancha, esos movimientos “velan sus armas”, es decir, las distintas herramientas de la compleja lucha anticapitalista y antisistémica que habrá de escenificarse el día de mañana, cuando con el fin del COVID-19, dichos movimientos estén nuevamente en condiciones de utilizar hábil e inteligentemente esas herramientas, en sus cercanos combates futuros. Con lo cual, será posible por fin derrotar eficazmente, y borrar de la entera faz de la tierra, al cada día más atroz y destructivo sistema capitalista mundial.

                                                                                          Abril de 2021.

Notas:

(1) Esta esencia depredadora y destructora de la ecología y de la naturaleza en general, caracteriza al capitalismo desde su propio nacimiento, y lo acompañará hasta su cercano final, que ya se perfila claramente en el horizonte. Al respecto, cfr. Alfred W. Crosby, Imperialismo ecológico. La expansión biológica de Europa, 900 – 1900, Ed. Crítica, Barcelona, 1988.

(2) Sobre los esquemas alimenticios de la humanidad, y cómo son transformados completamente por la irrupción del capitalismo, siempre es útil regresar a Fernand Braudel, “Capítulo 2. El pan de cada día”, en el tomo I, de Civilización material, economía y capitalismo. Siglos XV-XVIII, Ed. Alianza Editorial, Madrid, 1984, pp. 75 – 146. Véase también, Azucena Silvestre, “La alimentación capitalista que hay que superar”, en revista Mingako, núm. 2, 2015.

(3)  Sobre la precarización de los servicios de salud pública por causa del neoliberalismo, y sus efectos directos en el número de víctimas causadas por el COVID-19, véase el ensayo de Barrera-Algarín E, Estepa-Maestre F, Sarasola-Sánchez-Serrano JL, y Vallejo Andrada A, “COVID-19, neoliberalismo y sistemas sanitarios en 30 países de Europa: repercusiones en el número de fallecidos”, en Revista española de Salud Pública, vol. 94, octubre de 2020.

(4) Sobre este punto, y sólo como un ejemplo posible, véase la situación que al respecto prevalece hoy en México, retratada con cifras terribles y contundentes, en el artículo de Julio Boltvinik, “Economía moral. Contar bien los contagiados. Cuarentena y hacinamiento en  transporte y casa”, en La Jornada, del 3 de abril de 2020.

(5)  Sobre esta sabia e inteligente metáfora, que desnuda la esencia misma de todos los gobiernos y de todos los políticos contemporáneos hoy en el poder, cfr. Subcomandante Insurgente Moisés, “El mundo capitalista es una finca amurallada”, del 12 de abril de 2017, en el sitio de Enlace Zapatista, en https://www.ezln.org.mx.

(6)  Para mencionar sólo uno entre los muchos ejemplos posibles, de esa manipulación de los gobiernos por parte de las grandes empresas farmacéuticas transnacionales, cfr. John McEvoy, “Exclusive: Washington pressured Brazil not to buy ‘malign’ Russian vaccine”, del 14 de marzo de 2021, en el sitio: https://www.brasilwire.com. Y sobre el proceso histórico de siglos de la ‘periferialización’ de todo el tercer mundo por parte de Europa y Estados Unidos, que a través del mecanismo del ‘intercambio desigual’, crea simultáneamente la pobreza y precariedad crecientes de las periferias del capitalismo, y la riqueza y fortaleza concomitantes de los centros hegemónicos del sistema, cfr. Immanuel Wallerstein, El moderno sistema mundial, 4 volúmenes, Ed. Siglo XXI, México, 2011 – 2014.

(7) Sobre esta postura neozapatista cfr. el Comunicado del Comité Clandestino Revolucionario Indígena – Comandancia General del Ejército Zapatista de Liberación Nacional, “Por coronavirus, el EZLN cierra Caracoles y llama a no abandonar las luchas actuales”, del 16 de marzo de 2020, en Enlace Zapatista, https://www.ezln.org.mx.

(8)  Sobre este punto, que nos sea permitido remitir al lector a nuestros libros, Carlos Antonio Aguirre Rojas, Teoría del Poder. Marx, Foucault, Neozapatismo, Ed. Prohistoria, Rosario, 2020 y Mandar Obedeciendo. Las lecciones políticas del neozapatismo mexicano, Ed. Contrahistorias, México, 14a edición, 2018.

(9)  Sobre estos complejos problemas, de magnitud realmente planetaria y de indudable escala histórico-universal, véanse las distintas posiciones de Immanuel Wallerstein, La crisis estructural del capitalismo, Ed. Quimantú, Santiago de Chile, 2016, Carlos Taibo, Colapso. Capitalismo terminal, transición ecosocial, ecofascismo, Ed. Los libros de la Catarata, Madrid, 2016, y Carlos Antonio Aguirre Rojas, Para comprender el mundo actual. Una gramática de larga duración, Ed. Instituto Politécnico Nacional, México, 2010.  

(10)  Por eso, no es para nada casual que todas esas figuras de los patrones, los terratenientes, los políticos, los jerarcas, o los ‘mandones’ de todo tipo, no existan dentro de los territorios neozapatistas de Chiapas, pero tampoco en las fabricas recuperadas o en los barrios piqueteros argentinos, o en los Acampamentos y Asentamentos de los Sin Tierra brasileños, o en las selvas amazónicas ocupadas por la CONAIE ecuatoriana, o en las montañas de Bolivia donde está asentado el Movimiento Pachakutik, o un largo etcétera. Sobre estas experiencias, cfr. Raúl Zibechi, Autonomías y emancipaciones. América Latina en movimiento, Ed. Bajo Tierra Ediciones, México, 2008, y Carlos Antonio Aguirre Rojas, Antimanual del Buen Rebelde, Ed. Universidad de San Carlos, Guatemala, 2017, y La tierna furia. Nuevos ensayos sobre el neozapatismo mexicano, Ed. Contrahistorias, México, 2019.  

Carlos Antonio Aguirre Rojas ha publicado en la Argentina su libro Teoría del poder. Marx, Foucault, Neozapatismo, Prohistoria Ediciones, Rosario, 2020, 172 pp (colección Historia de la Historiografía, 7), colección en la que también se encuentran Microhistoria italiana. Modo de empleo Retratos para la historia.

Un largo adiós

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Por Mónica Billoni

Es profesora honoraria en la Facultad de Humanidades y Artes y en la de Ciencia Politica y Relaciones Internacionales de la UNR y Prof Titular en la Facultad de Humanidades y Ciencias de la UNL. Su área de especializacion es la Teoria Politica. Le pedimos una opinión sobre La Favorita y su significación en la cultura cotidiana de les rosarines y nos ha concedido el gusto de escribir unas líneas. Mientras prepara un artículo sobre la importancia de la novela policial para los cientistas sociales, nos ofreció esta pequeña semblanza

La Chicago argentina le decían, ciudad fenicia, también; genovesa y, muchos años después, catalana. Hacia las décadas del  50 y el 60, el pasado mafioso y prostibulario ya era un recuerdo. El presente, en cambio, era comercial, laborioso y pujante. Una esquina del centro era especialmente representativa: Córdoba y Corrientes: cuatro cúpulas magníficas como remate a  los edificios de sus ochavas  y el inicio del recorrido cuando se salía de tiendas. 

 Pero el corazón del centro habitaba en otra esquina, un poco más allá. Frente a la joyería Escasany, con sus relojes que daban la hora en simultáneo de las principales ciudades del mundo, se alzaba el imponente palacio de La Favorita, coronado también por una espléndida cúpula y adornado por unas vidrieras (escaparates , dirían en otras latitudes) enormes como casas que se abrían a la vista del público en ele y mostraban , de acuerdo al buen gusto y la inteligencia de quien las armaba,  las mercancías más apetecibles. Salir a “mirar vidrieras” era todo un paseo para quienes no disponían de demasiados recursos económicos pero se conformaban con estar al día de la moda y el buen vestir gracias a esos – y algunos otros- escaparates  que se ofrecían a la vista de cualquier paseante.

 Una familia de origen español y de apellido tan común que se hacía chistes con él, los García, eran los dueños. Los inventores y sostenes de  tan lucrativo como atractivo negocio. Los snobs, que nunca faltan, al referirse a alguien importante de apellido García, aclaraban: “de los García de La Favorita”.

 Célebres eran, en esas décadas, los famosos días de “restos”, durante los cuales las mujeres rosarinas podían llegar a pelear a brazo partido por un corte de tela y a apretujarse y pisotearse sin miramientos en la entrada o ya adentro de la tienda. La calidad de lo que allí se vendía y la importante rebaja en aquellos apreciados artículos merecían la pena. 

En los 70 y en los 80, La Favorita fue agregando rubros y convirtiéndose en una verdadera tienda de departamentos. Una galería comercial con su mismo nombre se abrió en sus adyacencias. Frente a ella, el cine Radar ofrecía aún su amplio hall de entrada para que los rosarinos realizasen las espontáneas tertulias que los sábados a la mañana tenían lugar en la zona entre amigos que se encontraban sin cita previa.  El ritual de los sábados a la mañana, cerca de mediodía, era cumplido por la clase media rosarina con puntualidad casi religiosa. 

Los 90 trajeron la decadencia y el traspaso a la firma chilena Falabella. ¡Nada menos que chilenos!¡ Esos carteristas! Así exclamó la xenofobia local. Algunas rosarinas se negaron terminantemente  a llamar a su querida tienda  con otro nombre. Para ellas, siguió siendo por siempre “La Favorita”. Otras, más extremas aún, se negaron a entrar a Falabella, lo consideraban una profanación. Y a muchas, sinceramente, el nuevo negocio no les gustaba.

A diferencia de entonces, lamentamos hoy el  cierre del establecimiento chileno no porque haya calado hondo como el que lo precedió sino por el desempleo y el  testimonio de decadencia que supone. Pero hay otra razón que sí tiene que ver con los afectos ciudadanos: la esquina, el hermoso edificio, las persianas bajas. La escasa perspectiva de inversiones, el triste ejemplo del  Harrods porteño. Todo eso entristece, hiere la identidad rosarina, asesta una puñalada simbólica a la ciudad junto al río marrón.

Entrevista: Paulo Menotti

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En ocasión del lanzamiento de su último libro, llamado “Un faro de luces y sombras” por la Editorial Último Recurso, dialogamos con Paulo Menotti

¿Cómo llegaste al tema? ¿lo encontraste vos? ¿o el tema “apareció”?

Llegué al tema de la militancia comunista y sindical en el frigorífico Swift porque me invitó Jaskel Shapiro a escribir la historia de Ramón Zarza y del triunfo de la Lista Marrón. Hice una investigación para el Seminario de historia general de la carrera de profesor de Historia y después, muy entusiasmado con la historia oral, intenté darle un giro más a esa cuestión. Desde un comienzo, mi idea era hacer una larga lista de entrevistadas y entrevistados pero no conseguí a mucha gente dispuesta a darme su testimonio. Mientras tanto, tenía los testimonios de Shapiro, Zarza, Pedro Covalcid y unas memorias escritas de Santiago Simón. Tras leer el libro Doña María, de Daniel James, me pareció oportuno hacer un estudio, una lectura profunda de estos testimonios. Sin embargo, no quería que fuera únicamente un estudio de historia en clave cultural, de análisis del discurso solamente y por eso decidí inscribir sus relatos en la historia del frigorífico Swift, de los barrios Saladillo (Rosario) y Pueblo Nuevo (Villa Gobernador Gálvez), de la militancia comunista, de las organizaciones sindicales y de la política local, provincial y nacional.  

¿Llegaste por la historia oral, o tenías la idea y la historia oral te dio las herramientas para armar el trabajo?

La historia oral me dio herramientas para analizar y comprender mejor muchas cosas. Por ejemplo, una investigación a partir de la historia social me podría haber nutrido de datos y los documentos periodísticos o de otra fuente, me brindaron información como el reclamo de la “garantía horaria”, es decir un sueldo mínimo para trabajadores y trabajadoras del frigorífico Swift. Esto es que, en el frigorífico a veces entran más o menos animales para faenar. Si no había muchos, la empresa tomaba menos gente y por menos horas. Hasta ahí es un dato. Sin embargo, Covalcid contó lo que le pasaba a su madre cuando iba al frigorífico y no había trabajo o se empleaba por poco tiempo. Lloraba en silencio porque no tenía con qué alimentar a sus hijos. La historia oral me permitió conocer eso que podría haber pasado como un dato más pero me costaba pensar la importancia del reclamo que hacía la Lista Marrón. 

¿Podrías hacer una breve descripción de la importancia del Swift en la zona sur / Saladillo?

El frigorífico Swift es muy importante para la zona sur de Rosario y para Villa Gobernador Gálvez. Cuando se instaló y generó trabajo para entre mil y tres mil trabajadores en la década de 1920, fue el centro productor de empleo más importante de estas ciudades. Claramente, su instalación cambió la fisonomía del barrio Saladillo que había sido pensado para la clase alta y terminó alojando a obreras y obreros. Diego Roldán lo definió muy bien y yo tomé esa idea con la frase que también siguen repitiendo algunos de sus pobladores cuando expresan “con el olor se fueron los ricos”. Lo cierto es que se empezó a poblar por inmigrantes de Europa del Este, griegos, italianos, correntinos, etc., de la clase obrera. Haber trabajado en el Swift –o que algún pariente haya trabajado allí- y ser descendiente de inmigrantes, son marcas identitarias que marcaron a esos barrios y que se están perdiendo. 

¿Esa importancia “tracciona” las posibilidades explicativas de tu trabajo para dar cuenta de un proceso más general?

Algunas de estas características de la identidad obrera y barrial explican o están presentes en este libro pero más que nada la memoria de sus pobladores que recuerdan las décadas de 1940 a 1970 como periodos de esplendor de la empresa y del movimiento comercial y social que generaba en el barrio. “No hacía falta ir al centro”, es la frase que sintetiza ese recuerdo pero también el orgullo de ser trabajadora o trabajador del Swift, de las posibilidades que eso les generaba. Eso está implicado en un proceso más general que tiene que ver con la industria de la carne en nuestro país. Podríamos periodizar que desde sus comienzos, que llegaron con mucho retraso a Rosario, en 1875 a 1940 se vivió un esplendor de exportación con destino a Inglaterra. Entre 1940 y 1960 predominó el mercado interno y la empresa se ocupó de eso ampliando sus productos, por ejemplo los más recordados son el aceite La Patrona o las barras de hielo. Desde los 60 en adelante se inició un declive del capital extranjero y su retirada. El Swift de Rosario hizo un último intento en los 60 ampliando la producción a productos enlatados o cerrados al vacío pero en los 70 fue protagonista de una gran crisis del caso Deltec, cuando la empresa fue vendida a financieras que la llevaron a la quiebra. A pesar de todo, el Swift Rosario sobrevivió y fue reorganizado en los 90, su estructura de producción que se hizo más automatizada. Eso se traduce a que la empresa, mejor dicho las obreras y obreros del Swift dejaron de tener incidencia en los barrios. 

¿Creés que ese trabajo puede replicarse a otras zonas de la ciudad y a otras unidades productivas?

Este trabajo de investigación podría ser pensado para otros lugares, otras fábricas de la ciudad que tuvieron una relación con la comunidad que los rodeó y con las memorias de sus barrios. Barrio Acindar, por ejemplo. O en la ciudad de Pérez y el taller ferroviario. Lo que me motiva y me gustaría que incitara a historiadoras e historiadores es indagar en la conciencia de la clase trabajadora, en sus marcas identitarias. ¿Por qué las nuevas generaciones no se ven como trabajadores o trabajadoras?

¿Qué cosas te sorprendieron a vos mientras escribías el libro?

Lo que más me sorprendió al investigar este tema y al tratar de recabar testimonios fue el vacío con el que me encontré. Los comunistas si quisieron hablar pero la dirigencia sindical de la carne no tanto. Los que menos quisieron contar algo fueron los habitantes de esos barrios. Tal vez pensaron que sus relatos no eran importantes pero a mi se me ocurrió que había situaciones traumáticas que produjeron silencios. Me cuesta determinar cuál fue ese proceso histórico y las pistas que tengo apuntan hacia la actividad terrorista de la dictadura militar, o los periodos de crisis de la empresa en los que aparecía el fantasma de la desocupación. 

Entre gallinas y Congreso-zoom: será ley!! (?)

Destacado

Valeria Venticinque
Doctora en Ciencia Política. Docente e Investigadora (UNL-UNR/CIEHMGE)

Nos proponemos un breve recorrido histórico-reciente para repensar algunas instancias de agenciamiento y reconocimiento de los derechos reproductivos en Argentina. En principio, debemos pensar, el lugar que ocupó la procreación para las argentinas en las primeras décadas del siglo XX, es imprescindible comprender que tanto la represión sexual femenina como la obligatoriedad de parir la “raza” fueron elementos fundacionales en la construcción de la subjetividad femenina. Contraer matrimonio y tener hijos era visto como un mandato imperativo que de acuerdo al imaginario de la época dignificaba el “ser mujer”. En este sentido la virginidad actuaba como un elemento que incluía “a las buenas” y excluía a las “malas mujeres” de las posibilidades de lograr un buen matrimonio. De esta manera, los hoy denominados derechos sexuales y reproductivos en las primeras décadas del siglo XX, representaban luchas y voces de los feminismos que recorrían las calles de los principales centros urbanos del país.

Así, la maternidad como hecho y proceso biológico-cultural, era una diferencia que homogenizaba a las mujeres y reclamaba igualdad en relación a los varones, intentando reformular la maternidad tradicional dentro de la ideología de la complementariedad y la equivalencia. En este marco, instituciones como el divorcio vincular, tratado en la Cámara de Diputados en el año 1932, eran pensadas como flagelos sumamente nocivos, siendo equivalente, a facultar a las mujeres a ser sujetas activas de la volatilidad sexual. Por este motivo los matrimonios en crisis deberán aguardar algunas décadas más. En este sentido el debate sobre el divorcio que llega a su fin en el extremadamente conservador Senado de la Nación, fue pensado como un elemento normalizador del amor y los intercambios sexuales, particularmente en el caso de las mujeres. Así, las separaciones legales se proponían como un elemento que vendría a moralizar la sexualidad de aquellos que se encontraban presxs de un matrimonio que en los hechos había finalizado. En algunos casos también se agregó la posibilidad de continuar con la vida reproductora de aquellas mujeres, que en el marco de una unión fácticamente terminada difícilmente se daría, sin embargo los anti-divorcio triunfaron, apagándose para algunxs la posibilidad de cambiar la sensibilidad del clima de sus vidas con otros colores y perfumes.

Y así, que las desigualdades sufridas por las mujeres con respecto a los varones y la consecuente discriminación legislativa habilitaba una forma de pensar las primeras políticas públicas, que fueron estructuradas para aquellas en tanto madres y no ciudadanas. En este sentido, esto permitió que estos años se caracterizaran como momentos de opresión femenina, imperando los miedos, los silencios. Muy a pesar de quienes se encubren bajo el lema del “supuesto derecho a la vida”, los escritos, las investigaciones y la práctica revelan que el aborto forma parte de nuestra normativa desde la década del ’20 del siglo pasado. Así, los métodos contracepcionales eran públicos y conocidos, en todas sus variantes: químicos, fisiológicos, y mecánicos, pero, como ninguno de ellos era seguro en su totalidad, interrumpir embarazos mediantes abortos era moneda corriente en los primeros años del siglo pasado. Se debe reconocer también, como señala Barrancos (1991), la quinina, que era un espermicida en forma de sustancia que se preparaba en algunas y selectas farmacias y colaboraba en la precaria posibilidad que tenían las mujeres de entonces para decidir cuantos hijxs tener y cuando. Aunque con la misma vaguedad y neblina de Arlt, de manera imprecisa existían ciertas libertades sexuales.

Aunque la legalidad del aborto en Argentina se ignoró durante décadas, fue a inicios del año 2012 que la Justicia aclaró en un fallo histórico, más conocido como “F.A.L.”, los alcances de la penalización del aborto en Argentina. Hoy, en nuestro país, se encuentra vigente la Interrupción Legal del embarazo (ILE), que deja asentada la inimputabilidad de quienes realizan un aborto en ciertas circunstancias, a decir, cuando está en riesgo la salud física y/o mental de las personas gestantes, y en caso de violación o incesto, en las demás circunstancias es considerado ilegal y consecuentemente sancionado con la cárcel efectiva. En el caso de la ILE, es necesario señalar, que suele verse afectada en la práctica por el posicionamiento respecto a la objeción de conciencia, que pueden tener algunos equipos de salud pública, efectores de salud o incluso provincias que se autoproclaman “celestes”, estos con palabras viejas, que se tornan nuevas, niegan y mienten una verdad.

El año 2012 que marca un significativo paso hacia adelante en relación a derechos reproductivos, tubo antecedentes que marcaron ciertas miradas cómplices en el contexto de la transición democrática, así, a fines de 1986, se derogaron los decretos que prohibían las actividades destinadas al control de la natalidad dictados en la década del ’70. Y en el año 1985, el Congreso Nacional había ratificado la Convención sobre la Eliminación de Todas las Formas de Discriminación Contra la Mujer, que fue posteriormente incorporada a la Constitución Nacional en 1994. Los años previos a la renovación de la carta magna, se inició un proceso de tratamiento de las cuestiones de género en todas las áreas del Estado. Se fue generando un clima de incidencia de políticas a favor de las mujeres durante los años ‘90; desde la ley de cupos, la inclusión de normas de acción positiva en la constitución reformada, los programas de igualdad de oportunidades en la educación y el empleo, el decreto de acoso sexual, la primera ley de protección contra la violencia familiar, las campañas por la democratización de las responsabilidades familiares, hasta la apertura del debate sobre el aborto, entre otros logros, destacando la importancia del movimientismo feminista como constructor de un saber-poder.

Como consecuencia de los cambios sociales y culturales de la última década, la Argentina avanzó en materia legislativa en el ámbito latinoamericano con la sanción de leyes que han redistribuido los derechos a muchxs. En este sentido, en el año 2003 se inaugura una nueva tradición de políticas que presentarán una forma innovadora de pensar a las mujeres, el Programa Nacional de Salud Sexual y Procreación Responsable (en adelante PNSSyPR), vigente desde el mes de mayo de 2003, se propone mejorar la satisfacción de la demanda y adopta un enfoque preventivo y de riesgo; instrumentando acciones tendientes a ampliar y perfeccionar la red asistencial. La 25.673 se aprobó casi veinte años después del retorno a la democracia, el debate en torno a la ley nacional se había iniciado con motivo de la media sanción en Diputados en 1995, continuó con la pérdida de estado parlamentario en 1997, terminó con la aprobación definitiva por el Senado en el año 2002.Si bien el cambio de siglo trajo cambios normativos disruptivos en los distintos niveles de políticas y prácticas públicas que atienden las sexualidades y reproducciones de las mujeres, fue quedando por afuera y demandante la Interrupción Voluntaria del Embarazo (IVE). De esta manera, en los primeros años del siglo XXI se aprobaron leyes de Educación Sexual Integral (ESI), acceso a la anticoncepción quirúrgica, y otras normas que promueven el acceso a la regulación de la fecundidad. El grado de implementación de cada una de estas disposiciones es muy disímil debido a que en muchos casos los programas enfrentan situaciones de obstaculización, de orden presupuestario, así como también obstáculos institucionales para poder llevar a la práctica esas políticas. Así una nueva tradición en estilos de gestión invade las políticas y prácticas públicas funcionando como germen de innovación que lentamente se incorpora en determinadas áreas posibilitando lograr cierta igualdad de oportunidades y buscando hablar de mujeres en términos concretos. Como señalaba Dora Barrancos (2015), las mujeres argentinas, en gran medida, se han construido como resilientes, ampliando la experiencia de comunidad de sentido en la enorme diversidad del colectivo y los desafíos que cuentan para las nuevas prerrogativas, es el acicate mayor para defender lo conquistado y avanzar en materia hacia el horizonte de la igualdad. En el año 2018 se vuelve a buscar despenalizar el aborto con la pujante Campaña por la Despenalización que integra el Movimiento Feminista argentino acampando para interpelar a un Congreso que luego de meses de espera le dirá que no a los pañuelos verdes que se agitaron en los cielos de un agosto. Los motivos por la negativa fueron pobres, escasos. Puede que la aceptación de legalizar la IVE implicaba cuestionar uno de los pilares en los que se asentó la sociedad argentina históricamente: el natalismo, en tanto emblema de una época que aún continúa en cierta forma vigente impulsado por las fuerzas conservadoras que con argumentos desteñidos defienden sus posturas que atentan contra el derecho a decidir de los cuerpos gestantes.

La ilegalidad de los abortos no impide que los mismos se lleven a cabo de manera clandestina, multiplicándose los riesgos de las personas gestantes. Así, la oposición al reconocimiento de las DD.SS. y (no) RR. no ancla, como fuimos mostrando, en un discurso religioso, sino secular, científico, médico, legal, que asume la denominación de objeción o bien está invisibilizado en la multiplicidad de motivos que se suelen enumerar en los efectores públicos para negar derechos. El principio de autonomía que exige el respeto de las decisiones de las personas en el marco de su proyecto de vida, se institucionaliza en el reconocimiento del derecho de todxs a elegir según sus propias convicciones el método anticonceptivo que desean utilizar, y la posibilidad de decidir experimentar o no físicamente la maternidad o la paternidad. Por lo tanto, tenemos que pensar en los DD. (no) RR. como en la oportunidad de lxs seres humanos de regular su propia sexualidad y capacidad reproductiva, así como a exigir que todxs asuman sus propias responsabilidades por las consecuencias del ejercicio de su sexualidad. En el 2020, internalizando la idea de que es importante hacer lo que cada unx siente, la Campaña verde vuelve a gritar “Es Urgente”, queremos legal, seguro y gratuito y el gobierno responde con un proyecto de ley con distintas aristas presentado hace algunos días para ser tratado en el Congreso.

El Frente de Todos (xs?) buscará traer armonía con la propuesta de los 1000 días para acompañar las maternidades deseadas en los primeros años de lxs recién nacidxs, estrategia que intenta armonizar las negativas que impiden que el aborto sea ley, en el marco de una emergencia sanitaria mundial que trajo situaciones de precariedad extrema como hacía décadas no se vivían a nivel nacional. La IVE representará, definitivamente, un cambio profundo en el sistema sanitario, en la legislación sobre familias, y en las prácticas y experiencias reproductivas de las personas gestantes, banderas celestes y verdes se reencontrarán bajo el cálido cielo de un verano bonaerense.

Entrevista a Ariel Mamani

Destacado

Nos habíamos propuesto una serie de entrevistas con “especialistas en países”. En su momento dialogamos con Magui López sobre su trabajo sobre Paraguay. Hoy publicamos esta entrevista casi con el mismo cuestionario con las respuestas de Ariel Mamani, que se ha dedicado a trabajar sobre historia de Chile.

PH: – Chile tiene fama de país “aislado”. ¿Cómo se construyó esa imagen?

Durante mucho tiempo se pensó en el Cono Sud como “fin del mundo”, es decir como un sitios muy alejado y periférico. Hay en ello resabios de la configuración eurocéntrica del mundo, materializada en planisferio de Mercator. En esa concepción el sur de América aparece en los confines.

Todavía, a pesar de los cambios tecnológicos y comunicacionales, hay un imaginario muy fuerte en relación a ello. En el caso de Chile específicamente, la cordillera de los Andes por un lado, el océano Pacífico con el otro, sumado al Norte desértico, aparecen como elementos que en algún punto aíslan. En cierto punto, se presentó una noción vinculada a la insularidad, es decir una separación de las otras naciones americanas y del mundo. Si bien esta idea tiene raíces coloniales pudo mantenerse durante bastante tiempo, a pesar de que Chile ha estado siempre vinculado a sus vecinos y al mundo.

Ese supuesto aislamiento se ha esgrimido en diversos sentidos, para bien o para mal. Ha servido para justificar determinadas acciones, también para victimizarse, o en el mejor de los casos para presentarse con rasgos distintivos y particulares en relación a sus vecinos.

PH: – A veces un tema nos impacta y nos ata a la historia de un país. Por ejemplo, la esclavitud en Brasil o la Guerra Guasú para Paraguay. Me imagino que para muchos no argentinos ese tema es el peronismo. ¿Hubo un tema que despertó tu interés por Chile?

AM: No seré innovador en mi respuesta. Justamente mi interés surgió por uno de los temas que más atrae o llama la atención a quienes no son chilenxs. El proceso de la Unidad Popular de principios de la década de 1970 es lo que generó interés, aún antes de dedicarme a la historia. No puedo precisar bien de donde proviene ese interés. Tal vez de mi padre y mi madre, que por una cuestión generacional habían visto a la UP como una experiencia importante en América Latina.

La UP, con ese carácter experimental y osado de proponer una transformación revolucionaria, generó una expectativa muy significativa. Esa curiosidad por la experiencia de la “vía chilena” no sólo fue en Argentina, pero aquí tuvo fuertes repercusiones porque se estaba en un momento muy particular también, con una dictadura, con el peronismo proscripto y una juventud muy participativa.

Tal vez hay una especie de memoria generacional transmitida, eso llegó a mí y pude canalizarlo en mi rol como historiador. Estoy conjeturando, pero algo de ello puede haber ocurrido y la experiencia de la UP se fue asomando como punto central de mis intereses como historiador. Luego el interés comenzó a abrirse hacia otras perspectivas que tenían que ver con el momento posterior a la UP, como la dictadura y el exilio, pero también con el momento que más he estudiado que es la década del ’60, sobre todo en el aspecto cultural.

Esa centralidad de la UP quizás tenga algo de injusto con la historia de Chile. La UP y sus temas adyacentes generó una fuerza centrífuga que, en ocasiones, no permite visualizar a quienes no son chilenxs, lo rico de su historia. La historia de Chile tiene muchos otros procesos interesantes, como la Guerra del Salitre, la conformación de una potente clase obrera (con la enorme figura de Recabarren), el ibañismo, los gobiernos del Frente Popular. Y sólo estoy mencionando temas del siglo XX.

PH: – Teniendo en cuenta que hay mucha migración de chilenos hacia Argentina, ¿hay muchos “chilenistas” en Argentina?

AM: La migración de chilenxs hacia Argentina tiene raíces históricas de larga data. Argentina fue muchas veces visto como un país que brindaba posibilidades y al ser vecinxs, eso se potenciaba. Está claro que debe atenderse a las diferentes coyunturas y procesos históricos en particular. Entendiendo un poco esas particularidades de cada instante, hubo flujos y movimientos migratorios importantes desde Chile hacia Argentina, en especial en la zona fronteriza. Obviamente que la dictadura de Pinochet generó un importante flujo en los años ‘70 y ’80. Por ello no es de extrañar que existan vínculos entre investigadorxs de ambos lados de la cordillera y temas en común. Sin embargo, creo que la relación debería ser más habitual y dinámica. Muchas veces prima cierta mirada “aldeana” a ambos lados de la cordillera y por supuesto, el carácter nacionalista de algunas posturas historiográficas no permite un intercambio más fluido. Pienso que podría haber mucha más investigación que abordara problemáticas comunes y permitiera miradas regionales. Pero tratando de responder a la pregunta, si existen personas en Argentina dedicadas al estudio de Chile o sobre temas que se vinculan, aunque no sé si todxs pueden (o quieren) denominarse “chilenistas”.

PH: – ¿Quienes desde Argentina se dedican al estudio de la historia de Chile, son considerados en ese país? ¿Participan de redes transnacionales? ¿Hay interacción y colaboración?

Por lo que conozco, por ejemplo Ernesto Bohoslavsky es un investigador que conoce muchísimo de la historia de Chile, en especial del recorrido ideológico y político de las derechas, lo que no es un tema menor. Sus trabajos son reconocidos y citados allende la cordillera. También puedo citar el caso de Soledad Lastra, quien ha dedicado una parte de sus trabajos al exilio chileno.

Asimismo, hay investigadorxs que se dedican al estudio de algún caso que se vincula con la historia de Chile, y allí se producen cruces o colaboraciones. Se trata de colegas que trabajan elementos que pueden vincularse con la historia de Chile, como por ejemplo Gabriela Águila, quien ha estudiado mucho a las dictaduras latinoamericanas y ha establecido vínculos y colaboraciones con historiadorxs chilenxs.

Por su parte, Hernán Camarero es bastante considerado en Chile. Si bien sus trabajos están más que nada vinculados con Argentina, amplían el estudio sobre el movimiento obrero y las organizaciones partidarias. Por ello sus trabajos son conocidos en Chile y se vinculan con la labor de historiadores importantes del movimiento obrero y la izquierda como Manuel Loyola o Rolando Álvarez. Algo similar ocurre con Pablo Pozzi, que ha podido trabajar en colaboración con colegas trasandinos, como por ejemplo Claudio Pérez, para el estudio de la violencia política en América Latina.

En otro orden, desde la historia del Derecho, y más específicamente desde el ámbito de la historia social de la justicia Darío Barriera y su equipo han podido establecer redes donde interactúan historiadorxs chilenos y argentinxs, estableciendo colaboraciones promisorias.

A título personal puedo mencionar que tengo relación con colegas del ámbito chileno. A raíz de mis viajes a Chile para trabajar en archivos y de mis trabajos publicados he podido interactuar y colaborar con muchxs investigadorxs de distintas áreas.

PH: ¿En qué estás trabajando ahora?

El tema que estoy investigando en los últimos tiempos tiene que ver con la relación entre militancia política y cultura, en concreto con la práctica musical. Me encuentro trabajando las relaciones entre militancia política, ya sea explícita o implícita, y los proyectos musicales, indagando en diferentes estudios de caso de Chile y de Argentina. A veces estas relaciones operaron en forma bastante inorgánica, y en otras los vínculos entre la práctica musical y la militancia se exteriorizaron de forma muy precisa y visible. Todo ello presenta una dificultad extra: la necesidad de reconstruir de forma minuciosa trayectorias artísticas para poder dar cuenta de la trama política en la cual se insertaron. Al reconstruir las presentaciones musicales, las publicaciones, los circuitos y demás aspectos de la práctica musical de lxs compositorxs e intérpretes se puede ir elaborando una perspectiva que pueda dar cuenta del panorama muy rico en materia cultural y muy complejo en términos políticos de los años 60 y 70.

Un pasado para los millennials

Destacado

por Pablo Suárez

Hubo un tiempo en que las personas usaban diccionarios. Diccionarios impresos. Algunos de esos diccionarios incluían en sus últimas páginas: mapas, las banderas y “voces latinas”. Y ahí aprendíamos cosas como “alea jacta est”, “veni vidi vici” “res non verba” “sui géneris”, entre otras.

Días atrás, en el trabajo recibimos una gacetilla de prensa de un grupo de rock que informaba sobre su trayectoria. Allí, como es habitual en una banda “chica” se mencionaban las bandas con las que habían compartido escenario y apareció una que nos llamó la atención: “Box day”. Al pronunciarlo mentalmente nos quedó claro que la transmisión oral había jugado una mala pasada a la lengua viejo imperio romano, en beneficio de la nueva Roma, quedando claro para los más viejos que la banda en cuestión era Vox Dei, la legendaria banda argentina de Soulé, Quiroga y Basoalto. Si hubiera pasado hace unos años, está claro que incluso alguien que no conociera “Cuero caliente” o “Jeremías pies de plomo” hubiera escrito “vox dei” al escuchar ese nombre. 

Lección número uno: queda claro que en la lengua cotidiana, los espacios que quedan vacantes o incógnitos, los llena el inglés. 

Pero tuve una sensación rara: me di cuenta de que estaba mejor preparado para asumir la jubilación de Vox Dei (la banda) que la de las -por cierto más antiguas- expresiones latinas más célebres.

Quien cometió ese error, evidentemente ha cortado unos lazos con el pasado, lazos que nosotros todavía mantenemos. Con un pasado cercano y con uno lejano, al que muchos de nosotros creíamos eterno, secula seculorum.

Y ahí nomás se me ocurrió esta teoría: con la aparición de los millennials, estamos ante la primera generación de la historia que cree saber más acerca del futuro que acerca del pasado.

Atención, no dije “que se identifica más con el futuro, o que se siente más cerca del futuro que del pasado”, lo cual sería una actitud compartida con muchas generaciones o muchas personas en la historia de la humanidad; simplemente creo que como resultado de ciertas construcciones discursivas que circularon fuerte en la sociedad reciente, no sólo se interesan más en el porvenir que en lo ya sucedido, sino que tienen para sí que efectivamente conocen más el futuro, podrían describirlo con mayor precisión y detalles, que lo que podrían decir de un pasado que no sólo ignoran, sino que además creen innecesario conocer.

El pasado

La primera operación fue degradar el pasado. En la voz de un liberalismo que (astutamente) se borró del relato para exculparse de las cosas que salieron mal, el pasado quedó asociado a la decadencia, a lo que se hizo mal, o a lo que se hizo bien pero salió mal. Allá lejos quedó, como una serie de fracasos amontonados. El desarrollo tecnológico y sus notables cambios recientes arrojan sobre los objetos pasados, incluso por ejemplo sobre celulares “antiguos”, una pátina de vejez que da ternura, nostalgia… y lástima por nosotros y nuestras carencias de entonces -que en definitiva no eran tales-.

El toque meritocrático vino a culminar la operación, haciendo creer a muchos de estos jóvenes que todo lo que tienen (ojo, tampoco es que son líderes de la galaxia) es lo que ellos mismos pudieron procurarse, entonces ¿para qué estuvo el pasado? para generar un piso inestable donde esta generación de emprendedores autofundados no puede hacer pie, para dejar una sarta de trastos inservibles que será necesario remover para poder avanzar. 

Aunque no es generalizable (obviamente), incluso algunas expresiones de la cultura política de estos años han procedido de un modo no menos particular: van al pasado a buscar un par de reliquias, las cuelgan en el espejito retrovisor, como íconos, pero desconocen las experiencias pasadas y abordan áreas de acción como si nunca nadie hubiera transitado ese camino. Reconocemos desde ya que efectivamente hay formatos que son absolutamente nuevos, y que la renovación es total y frenética; facebook ya es viejo, twitter también, y en cualquier momento, Instagram sucumbirá a manos de otro invento. Pero hay muchas cosas que siguen siendo iguales, sólo hay que mirarlas bien.

Las clases medias de los países periféricos como el nuestro, que pretenden vivir subidas al tren del consumo, viven condenadas a ser testigos de la brutal rapidez con que el presente se hace pasado incluso en objetos de uso cotidiano. Es verdad que no se puede vivir del pasado evocativo, pero hay que asumir que para muchos jóvenes es duro vivir en un capitalismo que los condena a vivir un presente demorado, que no es lo mismo que un futuro.

_Pude comprar la Play Station.

_¡qué bien!

_La cuatro.

_¡qué mal!

Pero atención, ignorar sobre nuestro pasado no está mal, ni es sancionable moralmente. Conocerlo ni siquiera blinda la posibilidad de repetir malos caminos transitados. Está ahí, más vivo de lo que muchos creen, pero sólo responde a quienes lo interrogan, como dijo José Luis Romero. Pero es algo de lo que podemos prescindir

El futuro

Por otro lado, hay una gran variedad de discursos sobre el futuro que han logrado arraigar en muchos encuadres culturales, algunos con gran presencia mediática. Las ficciones basadas en mundos futuros no son una idea nueva, pero creo que han logrado investirse de un carácter “prefigurativo” del que antes carecían. La rapidez y profundidad de las innovaciones tecnológicas ha demolido la incredulidad y ya todo parece posible. La publicidad ha ayudado a instalar el porvenir como un valor positivo per se; “el futuro” no solo es inevitable, sino que va a ser mejor que este presente y si las empresas que ya llegaron son exitosas y triunfadoras, pues parece que eso no está en discusión. 

Quizás la rapidez de la evolución tecnológica ha hecho que la depreciación del pasado haya logrado instalar a este presente como un futuro ya no relativo sino absoluto. Este es el futuro, por eso lo conocemos mejor, porque estamos dentro y  porque lo estamos viviendo. Esta percepción puede funcionar como una traba a las perspectivas de cambio en el sentido en que si “ya llegamos” al futuro, ¿qué sentido tiene imaginarlo abierto a las transformaciones? 

Por eso es necesario dejar abiertos todos los debates sobre los futuros. Para recuperar la dimensión histórica de la vida y la capacidad transformadora de la humanidad. Ahí está el libro de Ezequiel Gatto que compila muchas de las ideas al respecto, incluyendo las suyas propias en un libro orientado más bien a aportar a ciertos debates políticos. Pero de alguna manera, a ese libro no dejo de verlo como un programa “de máxima”, como se decía -perdón- antes.

Como historiadores hay algo que debemos preguntarnos ¿Cómo debemos encarar la comunicación de la historia en este contexto? Si esta generación y las que vienen -como propongo provisionalmente- cree saber más sobre el futuro que sobre el pasado, en algún momento, debemos incluir el futuro en nuestra secuencia y en nuestra Historia (con mayúsculas), suspender un momento la búsqueda de “las raíces” de un presente tan duro, crítico y por momentos, caótico. Quizás en una triangulación con el futuro, podamos hacer más cordial una vuelta al pasado, con una mirada crítica, o hipercrítica si queremos, pero con la esperanza puesta en que de ese “rebote” surja una mirada sobre la sociedad en que vivimos y las formas en que ha llegado a ser lo que es. Conjugar esos vectores de ida y vuelta en el tiempo será una tarea necesaria si queremos construir debates y opiniones por fuera del ghetto académico o de los núcleos de nostalgiosos evocativos que abundan en las redes.

América Latina entre la reforma y la revolución: de las independencias al siglo XXI

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América Latina entre la reforma y la revolución: de las independencias al siglo XXI, de Marta Bonaudo, Diego Mauro y Silvia Simonassi, es un libro recientemente editado por la Editorial Síntesis de Madrid. En esta obra pretendimos recuperar –para un público amplio- los hilos que recorren las experiencias de reformas y revoluciones que atravesaron América Latina en un período amplio, entre las independencias del siglo XIX hasta los denominados “gobiernos progresistas” de principios del siglo XXI.

En ese transcurrir, las sociedades latinoamericanas estuvieron atravesadas por grandes cambios que analizamos en los seis capítulos que componen la obra: los avatares de la ruptura del orden colonial, los momentos de aceleración de reformas políticas democráticas, la expansión de las conquistas sociales y laborales, las grandes transformaciones en los procesos de acumulación y los estallidos revolucionarios que, desde la Revolución Mexicana a principios de siglo hasta la Sandinista de 1979, pasando por la Boliviana de 1952 y la Cubana de 1959, reconfiguraron de diversas y múltiples maneras a sus respectivas sociedades.

El proceso revolucionario cubano resulta uno de los puntos de inflexión en la historia de las revoluciones latinoamericanas, pues, recuperando tradiciones y legados, hizo posible la instalación del socialismo en la isla, abriendo una etapa de radicalización política e intensa movilización social que impulsó la conformación de organizaciones armadas, la expansión de luchas obreras, tomas de tierras y sindicalización campesina, debates políticos ideológicos originales y novedosos, en diversas regiones latinoamericanas. En esos sitios, las lecciones de la revolución cubana se leyeron también en clave de las propias tradiciones heredadas, de las huellas del pasado en ese presente de optimismo por la transformación social que contagiaba Cuba.

El libro repone también las diversas respuestas que las clases dominantes y las potencias hegemónicas desplegaron contra los procesos de reforma o revolución, mucho antes de que el “peligro” se instalara a pocas millas de Estados Unidos, con la revolución cubana declarada socialista. Pero a partir de entonces, las reacciones devinieron en una escalada represiva que con diferentes ritmos y bajo disímiles modalidades, recorrió el subcontinente. Así, la Alianza para el Progreso como modo de anticiparse a los estallidos revolucionarios y como política de disciplinamiento y control; la Doctrina de la Seguridad Nacional y la Escuela Francesa adiestrando a las Fuerzas Armadas latinoamericanas que desplegaron inusitadas dosis de terror y represión estatal y el neoliberalismo, que desde el Pinochetismo en adelante procuró disciplinar y modificar las relaciones entre el Estado y la sociedad y la correlación de fuerzas entre las clases, resultaron poderosos intentos por frenar la lucha, la movilización y la organización de los sectores populares.

El libro deja abiertas reflexiones en torno al carácter de los movimientos sociales y los gobiernos “progresistas” que se instalaron en América Latina a principios del Siglo XXI, algunos de los cuales hunden sus raíces en las movilizaciones contra el neoliberalismo y sus trágicas consecuencias para amplias capas de la población latinoamericana. Abre interrogantes sobre el carácter novedoso de algunas prácticas, pero permite visualizar también las continuidades en tradiciones de lucha, en acumulación de fuerzas y experiencias del pasado traducidas a los nuevos contextos. Muestra que, a pesar del relativamente escaso tramo de siglo transcurrido, las reformas impulsadas por algunos de esos movimientos sociales y organizaciones políticas han sido ferozmente respondidas, como es el caso de Brasil y Bolivia.

El libro muestra también que por momentos la historia se acelera, el tiempo histórico se torna impredecible y los cambios escasamente imaginados o largamente perseguidos se tornan posibles. Algo de esto acontece en la coyuntura en la cual el libro se presenta en sociedad: en el momento en que la derecha golpista boliviana fue derrotada en las urnas tras lacerar al pueblo indígena y campesino. Y cuando se cumplió un año del inicio de la revuelta que exhibió el hartazgo del pueblo chileno contra décadas de neoliberalismo, sintetizado en la consigna: “no son treinta pesos, son treinta años”, haciendo alusión al hecho puntual que dio origen al salto de molinetes en el metro de Santiago de Chile y que se convirtió velozmente en una impugnación total al régimen heredado de la dictadura de los setenta.

Para más detalles:

https://www.sintesis.com/temas%20de%20historia%20contempor%C3%A1nea-310/am%C3%A9rica%20latina%20entre%20la%20reforma%20y%20la%20revoluci%C3%B3n-ebook-2867.html

La buena educación, la buena civilización, y la guillotina islamista

Destacado

por Marco Anglese

Leía, hace unos días -en parte por twitter, y en parte por Infobae y Página 12 (que por momentos son bastante menos rigurosos que la red del pajarito)– la noticia del docente decapitado en Francia.

Por defecto profesional, me tomé la molestia de buscar en medios franceses –Le Monde, Liberation, entre otros– algo mas sobre el caso. En todos se llega a la misma conclusión: el docente “modelo” que, dando una clase sobre “libertad de expresión” ante alumnos de un cuarto año -y previa invitación a retiro a los piadosos (porque, además, la bonhomía del difunto llegaba hasta ese tipo de particular sensibilidad)-, fue primero criticado abiertamente por un comité de padres –inclusive algún que otro exaltado-, luego “traicionado” por alumnos que lo identificaron, y finalmente asesinado por un inmigrante checheno de 18 años que no tenía conexiones con el establecimiento –y que había admitido orgullosamente el crimen por redes sociales-. La conclusión –provisoria, a la luz del rosario de erupciones islamistas de los últimos años en el Hexágono (donde entran los sucesos de Charlie Hebdo y Bataclan, entre otros)– está en la muerte del homicida por las fuerzas del orden y la detención del padre exaltado, de algún predicador de banlieue, de la caza de islamismos críticos y de los consabidos sambenitos de Macron sobre el laicismo y el antiterrorismo, las condenas a la barbarie, las juras y perjuras sobre la luminosa civilización francesa –que parecen salidos de Tin Tin-, etcétera etcétera.

Varias reflexiones a contrapelo me surgen, pero trataré de de condensarlas en dos.

La primera, es cómo ciertos medios entienden la educación menos como transmisión de sus propios imaginarios a sujetos dóciles, que como el contraste y el conflicto entre diversos imaginarios y realidades[1]. O, siendo mas prosaico: ¿porque los docentes que explicaban la desaparición de Santiago Maldonado y la cuestión mapuche por fuera de conspiranoias eran “militantes” o “lavadores de cerebros”; mientras que un docente que problematiza la libertad de expresión con una caricatura burlona y una concepción de la religiosidad digna de un ateo de mira estrecha[2], resultaría un docente “ejemplar”? Quizás la docencia consista no en transmitir un saber impoluto o en relativizar, sino en dialogar críticamente, en pensar y enseñar a pensar al mismo tiempo. Algo que, por lo visto, le cruje a un laicismo asediado por el hecho de que entre ellos y sus desamparados se genera una grieta cada vez mas profunda –no es casualidad el ascenso de ciertas religiosidades con el asedio a las condiciones de vida y de trabajo de muchos sectores sociales, tanto nativos como inmigrantes, tanto en Medio Oriente como en Europa-.

La segunda consiste en repensar la entrada –o permanencia, dado que Huntington parece renuente al retiro, a pesar de maldecir a los Bush y los Trump del mundo– del “choque de civilizaciones”. Porque, amén de que se puede hablar sobre libertad de expresión con algo mas interiorizable, menos clasista[3] y con mayor potencia crítica que una mala caricatura sobre un referente religioso del siglo VII, la pregunta por el lugar de enunciación tiene lugar. Y no sólo porque Francia es una productora ingente de literatura académica sobe islamismo mucho mas edificante que una mala viñeta; sino por el lugar dado a esa producción. Si la Ilustración da vueltas, reflexiones y giros sobre la comprensión de un suceso, para que luego la educación –y su supuesto conductor, el “docente ejemplar”– se haga con los criterios de una madrasa pakistaní, me temo que todo el cacareo sobre los valores de Occidente termine como el final de Planet Of The Apes.


[1]    Acá vino muy bien la lectura de https://fuelapluma.com/2020/10/19/vicios-del-debate-educativo-en-los-medios-de-comunicacion/ . Por supuesto, la libertad de interpretación y los vicios subsiguientes son de mi exclusiva responsabilidad.

[2]    Me refiero a cierto ateísmo que, no conforme con la definición llana del término –es decir, la del no creyente en Dios-, necesita reafirmar cierto identitarismo a partir de la caricaturización del otro: en este caso, vía oposición entre el ateo “racional” y “lógico” frente al creyente “irracional”, “ignorante” y supersticioso. Francamente, creo que la diferencia entre ese tipo de ateo dawkinista, el liberaludo que cree refutar con “datos puros” y el islamista que cita profusamente el Corán para autojustificarse, resulta mas de forma que de fondo.

[3]    Cuando hablo de clasismo en este caso, hablo de cierto tipo de crítica que apunta –bajo el mismo tamiz de “racionalidad”– mas a la creencia cotidiana del común que hacia las responsabilidades instiutucionales. Por ejemplo, sería mucho mas edificante tratar las relaciones entre islamismo y libertad de prensa pensando en las contradicciones económicas de quienes controlan al actual multicampeón de la Ligue 1 y actual subcampeón de la Champions League masculina –empezando por la tensión entre la creación de Al Jazeera y la existencia de una legislación basada en la sharia-. Quizás una crítica plausible al docente –que no tiene porqué significar un irrespeto a un asesinado– podría ir, como en el caso de Charlie Hebdo, hacia gente que resulta menos “librepensadora” que unos vulgares bufones de poderes establecidos -con el agravante, en este caso, que el docente se supone exhortado a fomentar una reflexión mas fecunda que la de una publicación satírica, por una cuestión profesional-.

Macri para historiadores

Destacado

Pablo Ernesto Suárez (Publicado originalmente en Rosario/12)

Nos guste o no el sentido en que las políticas del gobierno de Macri transformaron al país, no caben dudas de que se dejaron un país distinto. No sólo cambiaron el país tangible de las estadísticas, sino también el país hablado o pensado, a partir de algunas de las significaciones socialmente compartidas, o imaginarios sociales que desató.

En el primer aspecto se puede señalar rápidamente: apertura indiscriminada a los mercados, desindustrialización, desempleo, reprimarización productiva; en el segundo el pastiche “filosófico” compuesto por una mezcla de emprendedurismo, racismo y unas dosis no menores de ese subgénero de la literatura de shopping que es la filosofía de autoayuda junto con algunas presencias doctrinales tipo “arte de vivir” que puede leerse y escucharse en cada discurso oficial.

Como algunas ranas o batracios, los historiadores tenemos la lengua larga. Y aunque  nuestros detractores estén pensando en otra cosa, me la juego por este sentido de la analogía: en muchas charlas cotidianas los historiadores -los que tienen una vida fuera de la academia, claro- estamos quietos, callados con los ojos semicerrados esperando que un objeto de nuestro interés se pose al alcance de nuestra lengua. Y cuando eso ocurre ¡zas! lanzamos el chicotazo y capturamos el tema en nuestras fauces y lo masticamos frente a la audiencia que mira sorprendida. Una vez deglutido el tema, volvemos a nuestros Braudeles, Hobsbawms y Halperines, hasta que otro tema entre en zona de alcance. Y es más o menos así como justificamos nuestra presencia en las reuniones sociales.

Pero atenti, colegas, el gobierno de Macri nos presentó una agenda con la cual los historiadores podemos dialogar, y a la cual podemos tomar como herramienta para instalar on topic nuestros embolantes temas de siempre: la larga duración, los procesos, el “es más complejo”, o “esto es igual a coso”

Todavía no sabemos a qué es igual, (las cosas tienen movimiento), pero nos interesa destacar algunos de los temas afines a la disciplina histórica que han sido instalados en el centro de la escena en estos años, para que los historiadores demostremos de una vez que lo que estudiamos está efectivamente relacionado con la realidad.

Pero como siempre “es más complejo”, realizaremos una enumeración que evite la asociación directa con el período menemista. Que remita a un “más lejos” para eludir el ataque que consiste en decir que estamos politizando la cosa.

La vida personal.

El mismo personaje Mauri es un tópico caro a los historiadores por cuanto su trayectoria de vida es muy paradigmática del siglo XX argentino. Su novela familiar, incluye como si fuera un ejemplo de manual (una vara de lienzo, ponele), a personajes que encarnan un proceso social o en sí mismos. Su padre es un inmigrante italiano, -una macana que no haya sido pobre, sino seria el modelo perfecto- se casa con una joven (dije joven: 15 años contra 28 de Franco) hija de una familia de alcurnia, pero venida a menos de la provincia de Buenos Aires. Nacido en ese próspero entorno y a la sombra de los negocios de su padre que se multiplicaron lindo durante la dictadura, hizo pareja con modelos y niñas ricas de su ambiente, y hoy el destino lo une a la portadora de otro destino icónico: la hija de un empresario sirio, con una empresa familiar dedicada ¡a la indumentaria!

Tags: empresarios, matrimonios por conveniencia, jet set, burguesía, diversificación por matrimonio, contratistas.

La conquista del desierto

El desafortunado orador Esteban Bullrich es el ejemplo más claro de alguien que leyó el índice sin leer el libro. Por eso habló de una “Segunda Campaña del Desierto”, que esta vez sería con la educación, y no con la espada como su predecesora. A su manera, creo que quiso decir “¿ven que no somos tan malos? Entre las dos opciones elegimos la más cool”.

A favor de Tebi podemos decir que él ignora por completo lo que pasó en la primera: está clarísimo que cualquier alumno de los nuestros hubiera mencionado el Remington y no la espada. Pero el tema tuvo su instalación en la prensa, y ahí se abre una puerta del “upside down” para que dejemos nuestro mensaje esclarecedor.

Tags: Conquista del desierto, genocidio, Sarmiento, Patagonia.

Identidad de los mapuches

La desaparición forzada y posterior asesinato de Santiago Maldonado a manos de Gendarmería, desató mil debates en la sociedad argentina, muchos de los cuales remiten a la historia -siniestra- más o menos reciente. Pero les propongo elegir el tema de la nacionalidad de los mapuches. ¿Cuándo volverá a abrirse la agenda para que hablemos de las comunidades que habitaban la Patagonia antes de la/s conquista/s? Lo veo difícil. En esos días mucha gente estaba ávida por creer que los mapuches (chilenos) habían atacado a los tehuelches (argentinos) y estaban más preocupados por los los tehuelches del siglo XIX que por el Maldonado de 2017.

Que en todo nuestro nordeste y Paraguay -mucho más cercano a nosotros- se hable el guaraní no movilizó ni una neurona de muchos de nuestros dialogadores de almacén, que soñaban con ver a los mapuches fuera de Argentina y a Chile fuera del mundial.

Tags: mapuches, tehuelches, fronteras, Patagonia, exterminio, migraciones, pueblos originarios, traidores (?)

El 2×1 a los genocidas

Cuando muchos creíamos que había un consenso firme y asentado respecto de lo apropiado de la cárcel para que vivan su resto de vida los genocidas de la última dictadura cívico militar, el intento de la Corte Suprema (respaldada por Avruj) de aplicar la ley de 2×1 en beneficio de condenados por crímenes de lesa humanidad, nos recordó que la historia nunca se consolida en un lugar fijo. Y aunque muchos historiadores disfruten holgando en el pasado inofensivo, éste puede salir de su escondite y exigirnos opiniones comprometidas respecto de temas de alta densidad. Otra vez a hablar de crímenes aberrantes, otra vez a decir “nunca más”, cuando ese pleito ya estaba liquidado.

Tags: genocidio, dictadura, justicia, complicidad.

La deuda externa

Este tema es distinto. Porque si bien es añejo, cada tanto los gobiernos argentinos se deliran en deudas impagables que generan enormes negocios especulativos para algunos. A diferencia del ítem anterior, nadie creyó que ya estaba liquidado y resuelto. Pero si somos originales, podemos hablar de los hermanitos Baring. Sobre todo por un asunto táctico: si elegimos una referencia cercana estaríamos po-li-ti-zan-do la charla y eso no le gusta al gran pueblo argentino salud! Entonces, si hablamos de deudas, hablemos de Rivadavia y el largo sufrimiento del pueblo argentino, sangre, sudor y lágrimas, Earth wind & Fire y todo lo que costó pagar esa deuda. “¿siglo XX? ¿Menem? no sé de qué me estás hablando, yo manejo todo lo que es siglo XIX”. Mostrarnos alejados, puede acercarnos.

Tags: deuda externa, hasta las manos, entrega, colonia, Rivadavia y Baring Brothers

La sociedad Rural en el ministerio de Agricultura

Vos sabés que esto me suena… para que me fijo en el libro de Rock… o en el de Botana, o en el de Sábato. Pará… aca tá. Sí es increíble. Las otras dos veces que un capo de la SRA había sido Ministro de Agricultura, había sido la época bien específicamente de garcas… Uno justo en la época de Roca (sí, el de la primera campaña del desierto) y el otro durante el fraude patriótico. Zarpadas coincidencias. En este caso, con hacer la plancha y tirar un par de imágenes en blanco y negro es suficiente…: gobiernos de ricos, el pueblo no votaba, todos los muñequitos esos de galera y levita, Peña es Peña Braun, Bullrich es Bullrich Pueyrredón, Pinedo es Pinedo y todo así. Dejalo fluir, acompañá la charla y se entiende enseguida.

Tags: garcas, vacas, trigo, tractores, fraude electoral.

Es así, queridos amigos. Muchas veces nos cuesta meter los temas, porque la agenda esquiva nos esquiva. Pero ese gobierno y su pretendido discurso de mirar hacia adelante y hacer tabla rasa del pasado, nos confrontó a cada momento con algunos temas de la historia argentina que parecían olvidados (¡incluso increíblemente omitidos en los mismos programas de las carreras!).

Te cambio la analogía: pensemos a la historia como si fuera un perro. Algunos se la compran de raza, la alimentan con balanceado, la peinan y la lucen en exposiciones siempre con bozal de diseño. Saquémosla a pasear, llevémosla al parque a que corra un rato, se revuelque en el barro y cada tanto, se eche una meadita en un árbol, para marcar territorio.

Cambia, todo cambia (o casi todo). Notas para pensar los catolicismos contemporáneos (y los pañuelos celestes)

Destacado

Diego Mauro

Investigador del CONICET y docente y coordinador del Doctorado en Historia de la UNR. https://www.ishir-conicet.gov.ar/mauro-diego-alejandro/

Cuando hablamos de la Iglesia católica o del catolicismo solemos presuponer que se trata de un actor homogéneo y, en consecuencia, construimos sentencias del tipo: la Iglesia dice o la iglesia hace, el catolicismo quiere o el catolicismo rechaza… etc. Pero, en realidad, la Iglesia y el catolicismo están lejos de constituir una entidad uniforme. Si tuviera que definirlos rápidamente diría que son, más bien, una constelación de actores, atravesados por ideologías, tendencias teológicas, espiritualidades y concepciones sociales y políticas distintas, incluso contrastantes. Un terreno, además, en el que esas diferencias –a veces solapadas, a veces estridentes– se transforman frecuentemente en disputas y conflictos. Dicho de otra manera: un campo donde sus participantes luchan y dirimen cotidianamente la definición de las fronteras y los contenidos del catolicismo. El Papa existe, claro está, y tiene autoridad, no estoy negando eso. La Iglesia contemporánea, a diferencia de la medieval o la colonial, es efectivamente una institución centralizada, burocratizada y con una cierta capacidad de control y disciplinamiento. Pero, de nuevo, insisto, no hay que perder de vista dos cosas: primero que la autoridad –incluida la del Papa– no deja de ser recurrentemente cuestionada o, lo que es más frecuente,  desobedecida sin mayores explicaciones; segundo, que el Papado es la cabeza de la Iglesia pero también, al mismo tiempo, uno más de los actores que disputan espacios y poder en el mundo católico. Un actor importante, no hay dudas de ello, pero no necesariamente el más importante siempre ni siquiera en cuestiones dogmáticas. Desde ya, incapaz de imponer su voluntad a ese universos de grupos, tendencias, episcopados, comisiones, congregaciones, órdenes, asociaciones, universidades, ateneos, ONGs, etc. que forman parte de las estructuras institucionales de la Iglesia o se reconocen católicas. Veamos un ejemplo concreto en el marco de la pandemia. Desde Roma, Francisco pidió acompañar las medidas sanitarias de los Estados. Él mismo apoyó en Italia las políticas del gobierno. Sin embargo, ese pedido no le impidió al arzobispo emérito de La Plata, Héctor Aguer, o a la Corporación de Abogados Católicos, por mencionar dos casos, acusar al gobierno argentino de estar limitando la libertad religiosa y de adoptar posiciones autoritarias. La postura de Aguer, por otro lado, no le impidió al obispo de San Justo, Eduardo García, considerar que las católicos que pedían volver a misa tenían una fe débil, que necesitaba de los sacramentos como si fueran un Redoxon espiritual. Tampoco le impidió acusarlos de egoístas y cuestionar su pertenencia a la Iglesia puesto que pedían por las misas pero no por la educación, la salud y la ayuda a los pobres. Además, en dicha declaración, agregaba, “de muy poco servirá la reapertura gradual de los templos si no hay una reapertura radical de la Iglesia de cara a la realidad, sin ombliguismos pseudo religiosos de autocomplacencia”.

Si nos remontamos a los años setenta las grietas se escribían incluso con sangre: el provicario castrense monseñor Victorio Bonamín, por ejemplo, alentaba ideológicamente y ofrecía contención espiritual a quienes se encargaban de torturar y asesinar a otros miembros de la Iglesia. Ambos, obviamente, se reivindicaban católicos y tenían sus razones. Con esto, a lo que quiero llegar, es que uno de los principales desafíos que enfrenta cotidianamente la Iglesia católica contemporánea como institución global es justamente la de la unidad. Una unidad que damos por supuesto cuando predicamos inocentemente cosas que pensamos hace o dice la Iglesia y/o los católicos.

Cambios y permanencias

Otro obstáculo importante para entender el mundo católico es el supuesto de la permanencia. La idea harto repetida de los “2000 años de historia”. Es cierto que desde lejos puede parecer que las cosas no cambian mucho en la Iglesia, en parte porque los Papas y los obispos se encargan de repetirlo. Pero basta mirar con atención cualquier aspecto institucional, teológico o incluso doctrinal para que dicha ilusión se disipe. Sin ir más lejos, durante la segunda mitad del siglo XIX, el matrimonio civil fue decididamente combatido por obispos y sacerdotes para luego, sencillamente, ser aceptado, al punto que hoy es algo que ni siquiera se les ocurriría considerar cuestionable a la mayoría de las y los católicos. De igual manera, por entonces se consideraba que el Estado moderno y el nacionalismo era enemigos feroces que había que enfrentar sin concesiones. Solo unas pocas décadas después, en uno de los virajes sin dudas más impresionantes en la historia del catolicismo contemporáneo, fueron aceptados y, de hecho, se convirtieron en aliados estrechos en muchos países. En el terreno de la cuestión social, por su parte, los cambios fueron igualmente acentuados: de combatir toda organización sindical se pasó en poco más de medio siglo, tras el papado de León XIII, a alentar el sindicalismo católico y a aceptar el derecho de huelga. Por supuesto, en coexistencia con sectores que, en cada caso, siguieron defendiendo las ideas precedentes sin por ello dejar de ser parte de la Iglesia. Por otro lado, si miramos la posición de la Santa Sede y de los episcopados nacionales sobre los partidos políticos católicos a lo largo del siglo XX, las posturas se multiplican al infinito: si, no, a veces, nunca, un poco, jamás, de vez en cuando, si pasa tal cosa, si pasa tal cosa pero no pasa tal otra, etc.  Un último ejemplo más reciente: como arzobispo de Buenos Aires, Bergoglio consideró hace apenas diez años que la ley de matrimonio igualitario era parte de un plan del Diablo. Solo unos años después, como Papa, comenzó a abogar por una postura de comprensión hacia la comunidad LGTB. Asimismo, a lo largo de estos años, las diferentes posturas al respecto, no impidieron –más allá de resistencias y objeciones–  que se avanzara con una pastoral específica para mujeres trans.

A todo esto, las y los especialistas –historiadores, sociólogos, antropólogos– le llamamos secularización interna que quiere decir, sencillamente, que las instituciones religiosas cambian en diálogo y en interacción con las sociedades de las que forman parte. Dicho con total simpleza: que tienen historia, como cualquier otro fenómeno, y que esa historia no es hegeliana o escatológica –es decir, no sigue un plan de Dios o un sentido lineal y trascendente–. Es, en todo caso, el resultado de una infinidad de vectores que es preciso desentrañar en cada caso.

Por tanto, uno de los principales desafíos cotidianos de la Santa Sede es encontrar, frente a tantos cambios y tanta diversidad interna, algunos mojones que delimiten una identidad, tracen una frontera y generen un sentido de pertenencia. De nuevo: con esto no estamos negando la existencia de un fondo doctrinal y ritual específico sino su insuficiencia para dar encarnadura a una identidad más o menos definida en la vida cotidiana. Un católico puede ser y hacer casi cualquier cosa. Puede ser de izquierda o de derecha, escuchar chamamé, jazz, cumbia o tango. Puede ir a misa todos los días, los domingos o nunca. Puede ayudar a los demás o quedarse en su casa. Puede recibir los sacramentos con regularidad o en contadas ocasiones. Puede apoyar la intervención del Estado en la economía o exigir la total desregulación de los mercados. Puede ver filmes de acción y/o comedias románticas. Puede rezarle a María, a Jesús y/o a algún santo tanto como puede invocar al Gauchito Gil, a la Energía o a la Difunda Correa. Puede no rezar en absoluto. Puede creer que los milagros forman parte de la vida cotidiana o puede considerar que son fenómenos totalmente excepcionales. Puede casarse o permanecer soltero. Puede tener muchos hijos, pocos o ninguno. Es cierto que el uso de la mayoría de los métodos anticonceptivos no es doctrinalmente aceptable, pero para el grueso de los fieles y también del clero se trata de algo permitido… y así podríamos seguir…

El problema entonces es, una vez más, cómo se delimita lo católico. Qué quiere decir ser católico hoy en día.

Una piedra firme para edificar “una” Iglesia. La interrupción voluntaria del embarazo (IVE) y la unidad del catolicismo

Los últimos años demostraron que la oposición a la ley de la IVE es considerablemente popular entre las y los católicos. Obviamente, hay excepciones y, claro está, las mujeres católicas también abortan. Acompañadas, en muchos casos, incluso, por laicos, curas, religiosos y religiosas. Pero en términos de posicionamiento se trata de un tema en el que, a diferencia de tantos otros, predominan las coincidencias. En todo caso, las diferencias son de énfasis y de forma más que de fondo.  Hay quienes mantienen una postura condenatoria y estigmatizante, y quienes, por el contrario, acompañan y alientan una actitud más comprensiva y moderada, en sintonía con la posición de Francisco. De hecho, desde 2016, la Santa Sede introdujo un cambio importante: el aborto dejó de ser un pecado que debía ser absuelto por un obispo o un delegado especial para pasar ser una falta perdonada por cualquier sacerdote. Un cambio que, desde la otra orilla puede parecer cosmético, pero que en realidad implica una transformación sustantiva en la forma en que las mujeres católicas sobrellevan la realidad de sus abortos. En este sentido, la posición misericordiosa y menos estigmatizante que impulsó Francisco implica flexibilizar el perdón y adaptar la Iglesia frente a una realidad innegable y a una batalla que se sabe perdida. No obstante, al mismo tiempo, dicha postura no deja de subrayar la gravedad de la falta y de esa manera la convierte en una de las pocas cosas aceptadas por el grueso de la feligresía y, más importante aún, por la mayoría de los sectores y tendencias dentro de la Iglesia. No deja de haber voces disidentes, claro está, como ocurre con las Católicas por el derecho a decidir o con algunas teólogas feministas, también con algunos fieles, pero en líneas generales el rechazo a la IVE es por ahora considerablemente generalizado y funciona, en cierto modo, como una poderosa fuerza centrípeta que unifica y mantiene cohesionada la constelación de grupos y tendencias: desde los Curas en opción por los pobres, de posiciones sociales y económicas en muchos casos de izquierda, hasta los sectores más tradicionalistas que quieren volver a celebrar la misa en latín y defienden las posturas pro mercado de Juan Pablo II. Se trata, además, de una bandera que ha vuelto a poner a los católicos en las calles y a movilizar a muchísimas jóvenes católicas que encuentran allí una bandera para agitar con orgullo, una marca de identidad que se yergue con fuerza frente a unos otros que, ahora sí, se dibujan con más nitidez. Se lo vio en las movilizaciones del 2018 y en los congresos y encuentros de la juventud organizados en Argentina desde entonces. Se trata, además, de una disputa en la que, simbólicamente, los católicos han logrado construir consignas potentes como “A favor de la vida” o “Defendiendo la vida”. Por supuesto, todo esto no quiere decir que, en el futuro, este fervor no pueda declinar o que la postura doctrinal de la Santa Sede no cambie, como ha ocurrido tantas veces, pero, de momento, me inclino por pensar que la lucha contra la IVE seguirá en pie y se mantendrá en un lugar relevante. Entre otras cosas, porque se trata de una batalla que va mucho más allá de la cuestión del aborto en sí mismo. Mirada en perspectiva histórica, se trata una lucha estratégica para la cohesión de la Iglesia. Un combate decisivo para doblegar, hacia adentro, la tensa diversidad que constituye al catolicismo. Muy pocas cosas pueden cumplir esa función centrípeta. Parece poco probable que quienes ocupan la silla de Pedro renuncien a ella, al menos mientras haya tantos, laicos, clérigos, religiosos y religiosas dispuestos a llevar en alto el pañuelo celeste.    


Manuel Gálvez y el revisionismo popular

Destacado

Entrevista a Eduardo Toniolli

Doctor en Ciencia política y docente en la facultad de Humanidades y Artes. Tiene una larga y reconocida militancia en la ciudad. Es militante peronista y Secretario General del PJ de la ciudad. Actualmente es concejal en la ciudad de Rosario. En 2018 publicó su tesis doctoral con el título “Manuel Gálvez una historia del nacionalismo argentino”.

¿Cómo creés que influyó Manuel Gálvez en el revisionismo anterior al peronismo?

Creo que enormemente y de dos maneras. Una, en la evolución de al menos una parte del revisionismo, hacia una perspectiva de un revisionismo popular, por decirlo de alguna manera. Donde empieza a tener cierto peso es a partir de la obra de Gálvez (pero no solamente, con los Irazusta de algún modo también, con su libro “La Argentina y el imperio británico”), cuando Gálvez construye la figura de Rosas como líder popular o un líder antiimperialista por sobre la figura de Rosas como el hombre de orden, que era mucho más propia de la lectura de Ibarguren entre otros.

En el segundo aspecto de la influencia de Gálvez en el revisionismo tiene que ver y creo que ahí es superlativa su actuación (y creo que es la más importante en este sentido) es con la popularización de los tópicos del revisionismo histórico en general a nivel masivo. Es decir, particularmente con obras como la biografía de Rosas el revisionismo empieza a circular en el gran público lector mucho más que con otro tipo de obras de otros autores revisionistas, que circulaban por espacios más reducidos.

¿Cuánta de esa influencia siguió vigente en los historiadores más identificados con el revisionismo luego de que este recibiera la influencia del peronismo?

Yo creo que la influencia de Gálvez es determinante en el revisionismo en esa perspectiva de un revisionismo más popular el revisionismo peronista, etc.

Tan es así que yo el primer conocimiento de tengo el primero de los acercamientos de tengo a Gálvez es por boca de viejos peronistas. Que tomaban a Gálvez como como una fuente de formación y su lectura de Hipólito Yrigoyen, La vida de Rosas, entre otros. Y además lo reivindicaban como un historiador revisionista peronista, cuando Gálvez no era peronista particularmente. Más allá de que tuvo un eventual acercamiento a la figura de Perón y al peronismo, es sabido que después tuvo su ruptura, obvia, por la quema de las iglesias. Pero incluso en sus memorias, en su biografía dice barbaridades de Perón… pero sí se presenta él mismo como precursor del justicialismo, en este idea que el justicialismo es orden más justicia social no.

¿Qué quiero decir con esta anécdota de los viejos peronistas? Que su influencia es tan importante que incluso llegan a mezclarse o confundirse por parte de sus lectores, las obras de Gálvez, con el mismo revisionismo peronista cuando no lo era. 

¿Cómo se presenta en Gálvez la relación entre Historia y Política?

La relación que establece Gálvez entre historia y política es en realidad la relación que Gálvez establece entre la historia como parte de su obra y la política o en realidad entre su obra y la política. Yo en el libro planteo que hay una vocación meta-política por parte de Gálvez. Porque combina cierta desconfianza hacia la política práctica con cierta vocación por establecer el estado de conciencia masivo y fundado en la defensa de lo nacional cierta idea vindicativa en términos sociales, es decir un nacionalismo con contenido social, etc. al que se llegaría generando conciencia de su necesidad de él en las masas y la población en general. Y ahí el escritor tiene un rol fundamental. El escritor que es historiador en su caso pero también es literato ensayista, periodista ¿por qué no?. Y de esa tarea es donde la historia tiene un rol fundamental porque incluso su rol de literato, hace novela histórica o novela de ambiente histórico. El escritor tiene un rol central; es decir la pluma tiene un rol central a la hora de la generación de esos estados de conciencia colectivo, de ahí esta idea de un rol meta-político.

¿Por qué razones le recomendarías a aun historiador (de cualquier palo) que lea los libros de Gálvez? Sólo le caben lecturas “arqueológicas”?

Bueno entiendo que es la imagen o la deriva revisionista que más persistió o la que persistió con más fuerza, por supuesto después con el aporte del revisionismo forjista, del revisionismo peronista con José María Rosa, Fermín Chávez, y otros; sin un difusor privilegiado de la figura de Gálvez hubiera sido imposible haber alcanzado los niveles de inserción social esa imagen de revisionismo, de esa deriva del revisionismo de ese revisionismo más popular sin la obra de Gálvez. En ese sentido me parece que revisarlo leerlo no es una tarea de arqueológica, más allá de que quizás alguna de su obra novelística pueda haber quedado vetusta no cierto según parámetros estéticos actuales e incluso puede llegar a ser farragosa en algún caso para su lectura. Me parece que en lo que tiene que ver con el aspecto de revisión histórica me parece que es una obra fundante. No porque haya sido el primero sino fundante por el nivel de difusión que logró ¿no es cierto? Puede ser considerado en su momento en un best seller y el responsable último de la popularización de ese revisionismo de ese tipo revisionismo que ha hecho otras cosas que sea, entiendo yo, el único que ha pervivido con algún grado de de de vigencia, a diferencias de otras lecturas revisionistas

Borges para historiadores

Destacado

entrevista a Marcelo Costa

Marcelo Costa es un gran comunicador de literatura. Los programas “Pichincha” (LT8) y también “Texto Sentido” en Radio Nacional fueron lugares donde pudo compartir con sus audiencias su pasión por los textos y la lectura.
Desde hace unos años coordina grupos de lectura y opinión sobre la obra de Jorge Luis Borges. Aprovechamos eso (y que nos une una larga amistad) para charlar sobre los cruces entre el hermano de Norah y los temas que nos interesan a los historiadores.

Borges tiene muchos relatos que se cruzan o rozan algunos hechos históricos ¿Tiene lugares o momentos de preferencia? Hechos, momentos o escenas de la historia argentina

Hay un cuento de él que nos puede ayudar para comenzar. Se llama Tema del traidor y del héroe y está incluido en Ficciones, uno de sus libros clave. Ahí se cuenta de una conspiración para derrotar a un movimiento revolucionario en Irlanda y dice, como quien no quiere la cosa, que todo lo acontecido ocurrió en una fecha precisa: el 6 de agosto de 1824. Y si uno revisa la historia de Irlanda, ese día no pasó nada digno de ser consignado. Pero la sorpresa ocurre cuando recurrimos a Google, ponemos esa fecha en el buscador y nos anoticiamos de que ese fue el día de la batalla de Junín, la penúltima de la Independencia de América del Sur, donde combatieron chilenos y peruanos y derrotaron, contra todos los pronósticos, a los españoles, mejor entrenados y pertrechados, dueños además de una caballería legendaria. El que comanda la caballería criolla es Isidoro Suárez, bisabuelo materno de Borges. Era el padre de Leonor Suárez Haedo, que viviría muchos años con Borges, sus padres y su hermana, y nada cuesta suponer que ésta debe haber sido una de las historias que el niño Borges habrá escuchado casi hasta el hartazgo. Piense el lector si no le ha ocurrido lo mismo, eso de escuchar historias protagonizadas por nuestros mayores, casi seguro que no tan importantes como lo fue la liberación de América, pero que nos dan un poquito de orgullo. Este hecho también lo refleja Borges en un poema de Fervor de Buenos Aires, su primer libro, titulado Inscripción sepulcral. Del lado de la madre hay varios héroes de las luchas de la independencia, y del lado del padre hereda la biblioteca y la lengua inglesa, aunque también hay algún que otro militar, como por ejemplo su abuelo Francisco Borges, que murió en las guerras civiles entre Avellaneda y Mitre, y que también recoge en algún poema.

Estos nombres, estos antepasados que Borges rescata del olvido, estaban destinados a ser una nota erudita en algún libro de historia, y hoy no se hubiesen podido relacionar con nada. Lo que hace Borges es restituirles una vibración en un presente, que no es el presente del tiempo en el que se vive la experiencia, sino el eterno presente de la literatura. Como parte de la elite criolla (no económicamente, pero sí por abolengo), Borges tiene la posibilidad biográfica de inscribir la historia de su familia. Y la operación literaria que hace es construir héroes que luego van a ser arquetipos de buena parte de su obra. Inventa un pasado – no porque la batalla de Junín no haya tenido lugar – para darle un escenario estético e ideológico a su literatura.

Y él se sabe heredero de sus mayores, y está orgulloso, pero a la vez se siente en deuda, en algún punto siente que les falló, ya que, como dice en un poema, está confinado a ser el que cuenta vanamente las sílabas. No sabe pelear, no sabe andar a caballo. Algo le falta. Y la forma de suplir esa carencia es construir un pasado, una historia casi siempre imaginaria. No se puede estudiar historia del siglo XIX con Borges, como sí puede hacerse con Sarmiento.

¿Cómo es el siglo XIX de Borges? La gauchesca, el compadrito. ¿Cómo aparecen en su obra?

Hay algo de la modernidad (no sé si es la palabra exacta, llamémosle así para que se encuadre en lo que quiero decir) de las instituciones que a Borges decididamente no le gusta. Ahora el honor no necesita ser satisfecho por las acciones de los que han sostenido la afrenta, hay instituciones que median sobre esto. No hay venganza, hay justicia. Hoy, si alguien mancha tu buen nombre, vas y lo denunciás ante un juez. No es necesario tener coraje, y de hecho, está penado tenerlo, la ley castiga otro tipo de soluciones que no sean las legales. Esta institución del duelo funcionó en algunos lugares de la campiña hasta no hace mucho, allá por 1920; por ejemplo, Alfredo Palacios, el primer diputado socialista de América, fue un gran duelista. Hoy no existe la obligación de ser valiente; como decíamos, la justicia viene del lado de lo legal, de las instituciones. Y es en aquel mundo donde Borges encuentra a sus mayores, y es allí donde va a configurar a sus compadritos. Ese mundo de una necesaria violencia. La modernidad nos abre un tiempo sin aventuras ni asombro, ha dicho y escrito Borges más de una vez, por lo tanto, no hay héroes, no hacen falta. El coronel Isidoro Suárez, Francisco Borges iban, a lo sumo, a ser nombres de calles y nada más. Y él se rebela contra esto. Tiene que restituirles la dimensión épica a sus precursores.

Hay un poema en uno de sus libros tardíos, El oro de los tigres, donde dice “no haber caído como otros de mi sangre en la batalla / ser, en la vana noche, el que cuenta las sílabas”. Nos tocó una época de pasiones mitigadas, pareciera decir. Se perdió el saber pasional del cuerpo. Hemos dejado de ser héroes para convertirnos en ciudadanos y si me apuran, más que en ciudadanos, en consumidores. Y esto a Borges no le gusta.

Él trabaja con el compadrito, que es el hijo del gaucho, y lo sitúa en las orillas, en el sur, donde ocurre la barbarie. Los cuentos de compadritos los sitúa siempre hasta el año 1900, contraponiendo esa ciudad mítica con la ciudad de la inmigración, que es la ciudad con la que se encuentra luego del viaje que realiza con su familia a Europa, entre 1914 y 1921, y que tampoco le gusta, aunque esto no está muy explícito en su obra. 

No sabe pelear, no sabe andar a caballo. Algo le falta. Y la forma de suplir esa carencia es construir un pasado, una historia casi siempre imaginaria. No se puede estudiar historia del siglo XIX con Borges, como sí puede hacerse con Sarmiento.

Martin Fierro / Facundo

Dice Borges en 1970: “Una curiosa convención ha resuelto que cada uno de los países en que la historia y sus azares ha dividido fugazmente la esfera tenga su libro clásico”, en el prólogo de la antología El matrero. Luego nos da una lista de autores de tales libros nacionales: Shakespeare, Goethe, Cervantes son sus obvios autores, y luego concluye: “En lo que se refiere a nosotros, pienso que nuestra historia sería otra y sería mejor, si hubiéramos elegido, a partir de este siglo, el Facundo y no el Martín Fierro

En un prólogo a Facundo, de 1974, insistirá: “No diré que el Facundo es el primer libro argentino; las afirmaciones categóricas no son caminos de convicción sino de polémica. Diré que si lo hubiéramos canonizado como nuestro libro ejemplar, otra sería nuestra historia y mejor”.

Y en una Postdata de 1974 a los tres prólogos del Martín Fierro publicados en Prólogos con un prólogo de prólogos: “El Martín Fierro es un libro muy bien escrito y muy mal leído. Hernández lo escribió para mostrar que el Ministerio de Guerra (…) hacía del gaucho un desertor y un traidor; Lugones exaltó ese desventurado a paladín y lo propuso como arquetipo. Ahora padecemos las consecuencias”.

Las fechas lo explican todo: desde 1970 que se avizoraba el regreso del peronismo al poder, ya Montoneros, organización fácilmente identificable y asimilable a los gauchos y a los mazorqueros, hizo su presentación en sociedad. Hay olor a peronismo, que siempre le nubló el razonamiento, que hizo salir su costado vulgar (sus textos menos logrados son los que se refieren aunque sea tangencialmente a este movimiento) pero también existe una especie de mea culpa; en algún rincón se sentirá responsable, no del retorno del peronismo, desde luego, pero sí de la exaltación de la figura del gaucho matrero, pues fue él que, con su mitología de malevos y cuchilleros de los suburbios, refrendó la veneración del Martín Fierro y se propone corregirse, como intenta en el Epílogo a las Obras Completas de – también – 1974, en el cual se refiere a sí mismo con estas palabras: “Pensaba que el valor es una de las pocas virtudes de las que son capaces los hombres, pero su culto lo llevó, como a tantos otros, a la veneración atolondrada de los hombres del hampa. (…) Su secreto y acaso inconsciente afán fue tramar una mitología de una Buenos Aires que jamás existió. Así, a lo largo de los años, contribuyó sin saberlo y sin sospecharlo a esa exaltación de la barbarie que culminó en el culto del gaucho, de Artigas y de Rosas”.

Muchas veces sus historias comienzan con el famoso “me contaron” y después lanza algo que quizás para el resto se considera un “hecho histórico”. ¿Forma parte de la historia? ¿o del anecdotario familiar? Esto último sería una forma de ratificar la importancia de su linaje. ¿no?

Borges nunca sabe, siempre le contaron, es un narrador que no está seguro, da la sensación de que nunca sabe todo. Y en los relatos derivados del linaje materno, de la épica, los cuentos de cuchilleros, siempre la voz oral tiene preeminencia sobre el relato escrito. “A mí, tan luego a mí, hablarme del finado Francisco Real”, así comienza Hombre de la esquina rosada, el relato que inicia la serie. En el cuento El desafío dice “hay un relato legendario o histórico que prueba el culto al coraje. De los orales, el primero que oí”. O sea que ya se coloca como quien está atento a esa mitología. También podemos notar otra cosa: la épica siempre abreva en las fuentes de la oralidad, y eso es desde los tiempos de Homero hasta hoy. Tengo para mí que es más veraz y fiable la confidencia al oído que si te cuentan lo mismo por escrito: tendemos a creerle más al discurso oral. Después, cuando describe quienes son los que construyen esa mitología dice: “Tendríamos pues a hombres de pobrísima vida, a gauchos y orilleros de las regiones ribereñas del Plata y del Paraná, creando sin saberlo una religión con su mitología y sus mártires. La dura y ciega religión del coraje y vivida en esta región por pastores, matarifes, troperos, prófugos y rufianes”. Claramente, los protagonistas del culto al coraje son los marginales.

Y también está “Esa voz, que desde adentro de la sangre me llega”, como dice en Página para recordar al coronel Suárez, vencedor de Junín, en El otro, el mismo. Es el linaje lo que le da la voz argentina.

Borges además encuentra en la lengua oral lo que toma de la gauchesca, la de la voz autorizada que va construyendo una historia, como ocurre por ejemplo en el Martín Fierro.

En varios relatos de Borges aparece el tema de lo heroico. ¿Cómo es el héroe borgiano? es un “no me quedó de otra” fui un “juguete del destino”?

Hay una idea que Borges trabaja en algunos de sus relatos más emblemáticos, que es la siguiente: hay un instante, muchas veces póstumo, en el que el hombre sabe quién es. En el cuento que más me gusta, El Sur, Dählmann recoge del suelo el cuchillo que alguien le alcanza y es ahí, cuando está cifrada la pelea, que descubre quién es. También en Biografía de Tadeo Isidoro Cruz, cuando el sargento abandona la partida y se pone del lado del perseguido. El héroe, o más aún, el protagonista de sus relatos casi siempre actúa en forma individual. Borges, ante lo colectivo, no puede evitar sentir una especie de escozor. Dice en Anotación al 23 de agosto de 1944 (Otras inquisiciones): “Esa jornada populosa me deparó tres heterogéneos asombros: el grado físico de mi felicidad cuando me dijeron la liberación de París; el descubrimiento de que una emoción colectiva puede no ser innoble; el enigmático y notorio entusiasmo de muchos partidarios de Hitler (…)”. Se ve que la multitud, el disfrute popular de la masa, no le gusta mucho que digamos. Pero ya que nos desviamos para el lado más político, aún en ese terreno es difícil de encasillar Borges: fue partidario de la revolución rusa, condenó el golpe de Yrigoyen, escribió el prólogo de un libro de Jauretche (que en Prólogo con un prólogo de prólogos no figura, obvio) e incluso en plena dictadura firmó solicitadas pidiendo por los desaparecidos, aunque la figura de sus últimos años, que el cultivó bastante, ensombrece esto que recién dijimos. Pero así y todo, fue el que más se preguntó cómo es la forma de la literatura en estos confines donde no había nada, alejado de las culturas preponderantes y sin un pasado colonial como sí hubo México y Perú. Es, en suma, un escritor hondamente argentino.

La historia cantada

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Entrevista a Ariel Mamani

Ariel Mamani (Universidad Nacional de Rosario – Universidad Autónoma de Entre Ríos) Historiador argentino, ha concentrado su trabajo historiográfico en los vínculos entre cultura, arte y política en la 2ª mitad del siglo XX, realizando tareas de investigación sobre temas específicos de Chile y Argentina.
También ha realizado estudios musicales de nivel superior, especializándose en música
latinoamericana y argentina, realizando investigaciones de carácter musicológico y de historia de la música. Recientemente ha publicado un artículo en “Ahí donde todo comienza. Indagaciones sobre la Cantata Santa María de Iquique”, editado por Libros Corrientes (España).

A partir de tu trabajo sobre la Cantata de Santa María de Iquique, queríamos preguntarte si hay otras experiencias de un hecho histórico -relativamente contemporáneo- sobre el que se hayan compuesto canciones

La Cantata tiene ciertas particularidades en sí misma que le dan realce. Por un lado porque es una obra muy bien pensada y creada, y eso le da un plus sobre otros intentos, anteriores y posteriores. Es la síntesis de lo que podría ser un rescate histórico de un acontecimiento a partir de una obra poético-musical de largo aliento. Conjuga poesía, música, una cierta reflexión filosófica, una narratividad con una trama y, al mismo tiempo, no es una canción solamente sino una obra extensa.

Por otro lado, además de las particularidades propias de la obra, la Cantata tiene algunos elementos que son muy significativos y que la colocan en otro plano.

El primero de ellos es que rescata un acontecimiento absolutamente negado por la historiografía tradicional y por la clase política. De hecho, la invisibilización de la masacre parte del propio estado chileno, y los historiadores acompañaron, al menos durante un tiempo largo. La obra despertó el interés de los historiadores pero a partir de la Cantata. No hay casi ninguna obra o historiador serio que se haya dedicado al estudio de la masacre antes del estreno de la Cantata, pero sí los hay posteriores, eso le da un significado especial a la obra.

Al mismo tiempo su estreno en 1970 fue muy significativo, semanas previas al triunfo de Salvador Allende y en el medio de una campaña electoral muy polarizada y con mucha movilización. En los 3 años de la Unidad Popular se consolidó como una obra muy emblemática y cobró también mucha trascendencia.

El tercer punto es que su canción final, y al mismo tiempo el Pregón que inicia la obra, convirtieron a la Cantata en una obra presentista, con cierto aire premonitorio (si bien eso es claramente una construcción, porque no se podía preveer nada de lo que ocurriría). Lo que ocurrió es que se puso en práctica una asimilación entre los acontecimientos de 1907 y lo que estaba sucediendo con la represión en Chile a partir de 1973. A su vez la Cantata fue tomada por el exilio chileno como un emblema y era una obra muy significativa para todo el contexto latinoamericano.

¿Quizás aquí en Argentina nos inclinamos por los caudillos o en individuos, pienso en “Chacho Peñaloza”, o “Mujeres argentinas”. Creo que hechos similares (la Semana trágica o los fusilamientos del 56) quizás no merecieron ni un tango. Quizás la Cantata Montonera sí se ubique ahí…

Como vos mencionás, en el caso argentino hay muchísima referencia a procesos históricos a partir de la música, en dos formatos, como canción única y conformando obras de largo aliento. El Romance de la muerte de Juan Lavalle (de Sabato y Falú), Los caudillos, Mujeres argentinas (ambas de la dupla Luna-Ramírez), El Chacho (de León Benarós interpretada por Cafrune) o el Canto Monumento (una cantata al Manco Paz de Carlos Di Fulvio) y algunas obras más son ejemplos de obras similares. Canciones sueltas también hay, a patadas. Pero como mencionás, son obras que remiten más a un pasado un poco más lejano, tal  vez menos incómodo. Tiene que ver con una particularidad argentina, de que ese tiempo es el de las disputas y los debates en torno de la creación de la nación. Más allá de que haya otros acontecimientos importantes en la historia argentina, se recurrió más en estos relatos musicales al siglo XIX, donde creo que estaban más cómodos. A su vez, el vehículo musical por excelencia para este tipo de narración del pasado parecía ser la canción de raíz folklórica, porque si había que hablar del origen de la nación, las figuras gauchescas y caudillescas cuajaban muy bien. Por eso no hay tantas referencias históricas en el tango, y mucho menos en el rock, que no se dedicaron tanto a los relatos del origen de la nación en esa misma clave.

El rock tenia esa pretensión universalista… pienso en la biblia de Vox Dei

Sí, es así. No obstante hay algunos ejemplos raros, como la Cantata Montonera de 1973. Esta obra de Huerque Mapu es claramente un ejemplo más, aunque es una obra con mucha menos circulación, y más sesgada, porque entra en juego ser una obra abiertamente militante y absolutamente identificada con una tendencia, lo que le quitaba algo de masividad o de recorrido. Creo que en ese sentido, la cantata de Santa María si bien estaba ejecutada por un conjunto como Quilapayún, adscripto al Partido Comunista, su compositor (Luis Advis) era alguien que no tenía una participación política explícita y podría haber sido un típico votante de la Democracia Cristiana. En la Cantata Santa María lo genérico está muy presente, y ello es propicio para que se lo apropie alguien sin ningún tipo de bandería partidaria. Sergio Ortega, otro compositor chileno, probó con un formato similar. Compuso “La fragua” que es una obra que intenta contar la historia del PC junto con la historia de Chile, y es una operación que tiene varios condicionantes. La obra es un poco más desprolija y más ambiciosa. Sin embargo, al estar identificada con el PC perdió fuerza con el resto de las militancias. Además, se estrenó en 1973 y no tuvo posibilidad de recorrido como tuvo la Cantata.

En relación a las masacres o matanzas obreras en el caso argentino, sé que hay una obra que no sé si nació como cantata o fue una puesta en escena, sobre los fusilamientos de la Patagonia. No estoy seguro si basado en los textos de Bayer o venía por otro lado. Si se puede mencionar a La Forestal (de Ielpi-Bollea-Cánepa) como un ejemplo de rescate de las luchas y matanzas obreras en nuestro país, aunque es ya de los años 80.

En ese mismo arco temporal, si se quiere, se puede pensar también en Taky Ongoy, de Victor Heredia, aunque como parte de un rescate de una especie de genocidio más antiguo como el caso de la invasión y conquista europea. En el mismo plano, hay una obra de Patricio Manns, muy anterior y que no tiene mucho recorrido, que se llama “El Sueño Americano” que es una especie de relato sobre la historia americana. Es decir, que el caso argentino queda medio circunscripto a la idea de los caudillos o de la independencia y demás. Me parece que ese es el tópico.

Como conjetura se puede decir que tal vez lo que seduce a los músicos y poetas que elaboraron estas obras es el momento liminar de la nación, ese mito fundacional. En el caso argentino sería la independencia y las luchas entre caudillos, pero que en el caso chileno ese mito fundacional estaría en el Norte Grande, ese espacio arrebatado en la Guerra del Salitre a Bolivia y Perú, luego chilenizado, y fuente de los recursos económicos. Ese espacio sometido a un fuerte proceso de re-territorialización fue también un foco de conflictividad social. Creo que eso es importante, ese espacio es la cuna del Movimiento obrero chileno. Es por ello que los núcleos temáticos presentes en las obras musicales “históricas” muchas veces se han buscado en diálogos (y tensiones) con los discursos historiográficos y como parte de la construcción de una identidad con que se quiere dotar a la nación. 

México es un país que tiene más tradición en referenciar las canciones con hechos históricos realmente ocurridos. Aunque no como parte de un “programa de canción política” sino como un hecho popular auténtico y espontáneo (Los corridos) ¿Por qué pensás que acá no se dió así?

Sí, hay una diferencia en relación a México, que tiene una tradición más vinculada a la canción como hecho popular y a su recorrido dentro de ese marco. Por otro lado, la canción argentina o chilena es más una cuestión programática en clave política, muy vinculada en este caso a la militancia. Tiene que ver justamente con el nacimiento de estos movimientos musicales muy relacionados con una renovación en la cual aparecía implícita también la agenda política, y las obras son puestas en ese plano. La otra cara de la moneda (porque es discutible la identificación abiertamente militante de Ariel Ramírez, de Carlos Di Fulvio o  del propio Félix Luna, que está muy presente en todas esas obras) es que estos artistas vienen de la mano de una pretensión de generar un discurso musical más ilustrado, si se quiere, mejor elaborado musical y poéticamente. Quisieron romper con la idea de lo popular sin elaboración. No porque desdeñaran lo popular, sino porque creían que era el tiempo de una maduración diferente del artista con raíces folklóricas. En eso creo que se inscriben muchas de esas obras, algunas grandilocuentes, como Los Caudillos que fue un completo fracaso, básicamente por lo exagerado del formato.

¿Creés que la canción-histórica tiene futuro, o ya es en sí misma una pieza del pasado?

Es muy difícil de proyectar. Estos son los temas que yo trabajo específicamente y lo que estoy intentando armar para seguir estudiando y produciendo. Si tengo que decirlo así, a boca de jarro, muchas de estas obras parecen piezas de museo. Me ha pasado de presentar las obras en algún curso o charla y se nota la dureza de su audición. Yo como trabajo estos temas tengo una familiaridad que me hace perder esa perspectiva muchas veces. Por ejemplo “El romance de la muerte de Juan Lavalle” es una gran obra, muy bonita musicalmente, con profundidad literaria (más allá del análisis historiográfico). Sin embargo, la voz de Sábato leyendo y los acordes de Falú, definitivamente son de otro tiempo y es que ya hace más de 50 años de su estreno. Se nota mucho ese paso del tiempo. Hay otras obras que gozan de mayor jovialidad. Puede ser el caso de Taki Ongoy y el de la Cantata Santa María. Esas son obras que se resemantizan constantemente, incluso con sus propias aporías. El caso de Taky Ongoy es paradigmático porque solamente habla de los pueblos indígenas andinos y hace una mezcla bastante rara de pueblos, momentos y períodos. Es muy discutible desde el punto de vista historiográfico, sin embargo a la obra se la han apropiado los sectores populares, las comunidades indígenas, todo aquel que reivindica la lucha contra la opresión. Aparece como una idea de contrafestejo a propósito del 12 de octubre. Se sigue presentando y participan comunidades indígenas, como los mapuches, que ni siquiera están nombrados en la obra, una cosa muy loca. Es decir, se suman a una obra que reivindica a (ciertos) pueblos indígenas pero que nomina solo a algunos de ellos en una construcción muy discutible. Taki Ongoy es un recorte muy sesgado de lo que entendía un porteño en la década del 80 sobre el mundo indígena americano. Pero tampoco pretendo invalidar esos rescates. Si funcionan por algo es. A través de esa obra, plagada de contradicciones, errores y estereotipos, se logró otorgar cierto sentido a la identidad indígena, luego de cinco siglos de negación, y eso es rescatable. 

En el caso de la Cantata a Santa María, también se resignifica por los distintos sucesos que yo mencionaba antes, el golpe, la represión, etc. Como obras muy particulares tienen un revival o pueden ser escuchadas hoy. De hecho, la cantata Santa Maria tiene una versión rock, que intentó aggiornar su sonido a otras orejas. Otras obras, por más que a mí me pese, están quedando como piezas de museo. Y los intentos por revitalizarlas, en algunos casos, no sé si han sido del todo buenos. Por ahí Ramírez intentó con Patricia Sosa revivir “Mujeres argentinas” y ahora lo está haciendo la Bruja Salguero, pero esas son obras más populares e imperecederas. El resto, la gran cantidad, me parece que no han quedado un poco atrás, como testimonios de otro tiempo.

1975. ¿Prólogo o epílogo?

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Días atrás, a partir de un posteo de Esteban Pontoriero sobre el Operativo Independencia, nos quedó la gran duda sobre la potencialidad del año 1975 para explicar lo que vendría. Un año que fue como una versión beta del 76 y también una resaca del 74. Aunque se intentara sostenerlos, los perfiles institucionales se fueron desdibujando: tanto en los acuerdos internos del peronismo como en el accionar de las fuerzas represivas.

Entonces dijimos: vamos a convocar al mismo Esteban Pontoriero y a Laura Pasquali para hablar de ese año tan especial que ha quedado sandwicheado entre dos pesos pesados. En un punto, se le parece a 1944, por poner un ejemplo, un año bisagra, de apertura entre dos escenarios muy distintos.

Historizar a Moyano.

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Días atrás nos encontrábamos hablando con unos amigos y conté esta historia. En el siglo XIX, algunas empresas ferroviarias inglesas adquirían los famosos “canales” por los cuales se trasladaba la producción (sobre todo minera). Los adquirían porque eran considerados una competencia para la nueva forma de transporte. Los adquirían para tapiarlos y clausurarlos. Uno del grupo dijo “como hace Moyano”.

Cuál es la delirante razón por la que alguien con la información que brindan los medios de comunicación, puede suponer que el poder de Moyano es idéntico al de las empresas ferroviarias inglesas en el siglo XIX?

Para comenzar a pensar este tema, convocamos a un historiador y a un profesor de Historia. y le realizamos las siguientes preguntas

Pregunta Número 1
¿A nivel mediático y también en la consideración de amplios sectores de la sociedad, es muy común adjudicarle a Hugo Moyano, mucho poder (o poderes). Vulgarmente se ha dicho que “puede parar el país”; que, de acuerdo a sus intereses personales logra “frenar negocios que atentarían contra el uso de camiones en las rutas” ¿Cuál consideras que es el poder real de Moyano?

Pregunta Número 2
¿Como considerás que se ha construido ese poder? ¿tenes una explicación de por qué no ha sido desplazado?

Pregunta Número 3
Pensando que ese poder está enmarcado en determinadas condiciones históricas. Cuáles serían las transformaciones (sistémicas, generales, no su muerte) que lo harían decaer?

Respuesta de César Mónaco

Respuesta de Enzo Casá

Cómo hacer series con preguntas: una vuelta por los Países Bajos

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Darío G. Barriera*

Me la recomendó un amigo

Hace pocos meses Netflix estrenó El jurado, serie belga que, en un formato necesariamente universal, mezcla géneros y recursos probados en todas las latitudes. Pero no la miré por eso. Lo hice porque me la recomendó un amigo que me conoce bien y sabía que iba a disfrutarla. Su presunción era, como siempre, acertada.

A causa de la muerte de una niña de dos años y medio una mujer –que es su madre– es sometida a un juicio oral donde se la presume culpable. Pero también se la considera sospechosa del asesinato de Brechte, su mejor amiga, ocurrido dieciocho años antes, cuando la amiga de marras era novia del marido de morros. Stefaan, exmarido de Frie Palmers (la acusada), padre de Roos (la criatura muerta) y exnovio de la difunta Brechte, es –además de un nexo evidente– un testigo clave presentado por la querella en ambos casos.

Que la serie no es norteamericana (no me hagan decir por qué) se nota enseguida. Aunque tiene diez capítulos, desde el primero también es evidente que ni la acusada, ni el juicio, ni la investigación sino el jurado, como bien lo sugiere el título, es el objeto sobre el cual se intenta atraer nuestra atención.

Compuesto por doce1 ciudadanos y ciudadanas que deben expedirse sobre la culpabilidad o la inocencia de Frie Palmers, el jurado es un elenco humano variopinto dentro del cual cada quien puede encontrar arquetipos con los cuales identificarse o frente a los cuales sentir una antipatía –relativa o absoluta–. La serie se desarrolla en la ciudad de Gante, provincia de Flandes Oriental, en los otrora denominados países bajos, donde se habla neerlandés, una de las tres lenguas oficiales de Bélgica. Flandes –que había sido declarada provincia de los Países Bajos por el Congreso de Viena en 1814– integra el reino de Bélgica desde su creación en 1830. La monarquía constitucional y parlamentaria mutó a federativa después de la segunda Guerra Mundial. Aunque la cabeza del poder político es representada por una primera ministra, el jefe de estado sigue siendo el rey. En 2014, la familia real y sus actividades costaron casi 40 millones de euros a la hacienda pública belga.

Un alumbramiento

François-Marie Arouet nació el 20 de febrero de 1694 en Châtenay-Malabry, pero fue bautizado e inscripto en París el 21 de noviembre de 1694. Su padre fue el notario François Arouet y su madre Marie Marguerite d’Aumard. Apenas despuntado el siglo XVIII su madre falleció. Su padre –no sé si antes o después de quedar viudo– vendió su officium de notario e invirtió ese dinero en que le nombraran consejero del rey, logrando fungir como tesorero de la Cámara de Cuentas de París (1650-1722). Durante los últimos años del reinado de Luis XIV (1704-1711), François-Marie estudió en el colegio jesuita Louis-le-Grand, donde aprendió latín, griego y la importancia de que tu padre te mande a un buen colegio: allí se hizo amigo de los hermanos René-Louis y Marc-Pierre Anderson. Aunque fuera impredecible por entonces que estos muchachos llegarían a ser ministros de Luis XV, la apuesta del viejo pícaro se basaba en un diagnóstico bien calibrado.

Un jurado complejo en un proceso complicado

El primer capítulo de la serie presenta a Frie –la acusada– pero también sugiere cosas sobre los miembros del jurado, algunos de cuyos nombres van a servir de título a los capítulos siguientes. Sus vidas, no exentas de problemas, empiezan a revelarse a los ojos del espectador. También sus caracteres, sus relaciones, sus intereses. Se nos permite ver sus inteligencias pero también sus prejuicios; sus sensibilidades, sus debilidades, sus adicciones y sus egoísmos; sus seguridades taxativas y sus dudas; sus capacidades para ponerse en lugar de otros y sus talentos para poder ser indiferentes, para cometer delitos o sencillamente para mentir. Alguno de ellos mismos se hace lo que en principio nos parece la gran pregunta: ¿está ese grupo de personas capacitado para decidir sobre un asunto tan importante? El ánimo del televidente se desliza por un tobogán suave, bien lubricado por múltiples recursos hábilmente manejados.

Pero si el jurado es complejo, el proceso es complicado. Porque es importante –para esa población es el juicio del milenio por esto y porque se juzgaba algo ocurrido el día 1 del nuevo milenio– y porque las cosas no siempre son lo que parecen.

La investigación policial del caso más antiguo –el asesinato de Brechte, la mejor amiga de Frie, cuyo padre espera justicia pero no necesariamente la condena de Frie, a quien aprecia sinceramente– está llena de desprolijidades y manipulaciones. La instrucción del posible filicidio deja algunos cabos sueltos. Pero las preguntas y los sagaces razonamientos del abogado defensor de Frie Palmers revelan relaciones y hechos que incomodan a muchos. Sobre todo a Stefaan –como se dijo, el novio de Brechte, luego marido de Frie y padre de Roos, fallecida poco después de que el hombre consiguiera su custodia completa– quien queda emplazado como centro de varias sospechas posibles. Verdades ocultas durante casi veinte años salen a la luz cuando algunos testigos declaran bajo juramento.

En nuestra cultura jurídica y en los actuales procesos judiciales, regidos por códigos, el rito de jurar o prometer es eficaz porque se requiere bajo pena de nulidad e instruyendo al inquirido sobre las penas correspondientes al delito de falso testimonio.2 Pero parte de esa eficacia también se debe a su atavismo, a que proviene –aunque no solamente– del respeto por los mandamientos católicos y del carácter sagrado de la autoridad del juez, ya que en tiempos no tan lejanos la justicia era una potestad divina ejercida en la tierra por unos pocos. A esos tiempos pertenecen tanto el Río de la Plata de comienzos del siglo XIX como Gante cuando pertenecía a los países bajos españoles, por ejemplo.

Gante fue una ciudad rebelde cuyos líderes, vencidos en 1540, pidieron la gracia del perdón a Carlos V, por misericordia de Dios, fuente de toda justicia. La sacralidad de la justicia es algo del pasado pero, como bien ha dicho el gran jurista Jacques Krynen, muchos jueces se comportan como si ese pasado estuviera muy presente. También hay otras excrecencias: en las actualidad todavía es posible jurar por dios, ya que el juramento puede hacerse “…de acuerdo con las creencias del que lo preste.”

Hormonas y rebeldía

François-Marie Arouet tuvo cuatro hermanos pero solo dos de ellos llegaron a ser adultos: Armand y Marie, ambos mayores que él. Con Armand, poco afecto; con Marie, demasiado. Al final de su vida fue amante de su hija –esto es, de su propia sobrina– por más de veinte años. Entre 1711 y 1713 François-Marie estudió Derecho pero –como muchos– abandonó. Sin embargo –como pocos– quiso y puedo dedicarse a las letras y recibió desde fuertes montos en dinero para comprarse libros hasta recomendaciones para integrarse a sociabilidades para la mayoría inaccesibles, como la Société du Temple. También cargos envidiables, como el de secretario de la embajada francesa en Den Haag (La Haya) de donde lo echaron enseguida por enredarse con una refugiada hugonota y con sus sábanas. Tras la muerte de Luis XIV escribió un texto satírico sobre la relación incestuosa entre el duque de Orléans y su hija. El flamante regente lo encerró once meses en la Bastilla y, después, hizo que lo externaran en su casa natal. Parece que fue entonces cuando el muchacho adoptó el pseudónimo de Voltaire.

Confluencia

El juicio va a llegando a su fin y las vidas de los jurados, complicadas por esta carga pública diaria pero también por diversas circunstancias ajenas a ella, se tensan. Durante días han vivido situaciones tan absorbentes que, como lo muestran con mediana sutileza algunas tomas, estaban físicamente en el estrado, pero su ausencia de ánimo era evidente. ¿Captaron esos jurados cada argumento que, a la hora de tomar la decisión final, podía resultar decisivo? ¿Estuvieron atentos a la presentación de las pruebas? Porque una cosa son las argumentaciones y otra, muy diferente, los hechos y las pruebas incontestables. De estas últimas había pocas, muy pocas. La mayor parte de lo que fue ofrecido como tal merecía casi siempre la categoría de indicio, y –ahí sí–  una argumentación encendida podía convertir un collar de cuatro indicios en algo que podía ser impostado como prueba suficiente.

Del otro lado, una exposición reflexiva o irritada podía construir una enumeración distinta que cerrara el círculo de un buen conjunto de dudas razonables, fuera del cual la acusada no merecía ser sentenciada como culpable. Palmers misma se interroga en voz alta: “¿Pueden declararme culpable porque no aparezco durante tres horas en el video de una fiesta familiar el día del crimen?”

El juicio agota física y anímicamente a todas las personas y el final es vivenciado como un alivio. El debate es flojo. Cansado. No obstante afloran algunas pasiones. La energía de la jurado suplente –que por la confesión piadosa de una falta procedimental por parte de un jurado titular le permite hacerlo en su reemplazo– contrasta con la del resto, pero también con la suya propia, hasta entonces jibarizada por la violencia de su marido, la crianza de tres hijos y la pérdida de su trabajo. El tribunal, presente por si hay una mayoría débil (es decir, por si el voto mayoritario era inferior a dos tercios), debe intervenir solo en la sentencia sobre el asesinato de su mejor amiga –y lo hace apoyando a esa mayoría débil–. No hace falta que intervenga en el supuesto filicidio, frente al cual se sugiere que “todos están de acuerdo”.

La ciudad de Gante está en la confluencia de los ríos Lys y Escalda. El nombre de esta ciudad deriva de la lengua celta, donde Ganda quiere decir, justamente, confluencia. La fuerza del cauce de dos ríos que se juntan es una metáfora potente, arremetedora.

Las vueltas de la vida

La primera tragedia exitosa de Voltaire fue Edipo (estrenada en 1718), y, después de la muerte de su padre en 1722 –con parte del dinero que heredó– volvió a los Países Bajos, esta vez acompañado por la condesa de Rupelmonde. Sus éxitos literarios, amorosos y sociales no se detienen. A los primeros deben acreditarse Mariana o El indiscreto, a los segundos, la marquesa de Bernières y, a los terceros, su entrada a la Corte por la puerta grande, invitación al casamiento de Luis XV en mano. No pasó mucho tiempo sin volver a dos de los tres lugares que marcaron su vida: la Bastilla y los Países Bajos –el tercero fue Inglaterra, donde se enamoró de las ideas liberales–.

En 1740, desde los Países Bajos, escribió una carta que los historiadores de la justicia disfrutamos particularmente. Traduzco un fragmento:

“La mejor ley, el más excelente de sus usos, la más útil que he visto, es la de Holanda. Cuando dos hombres quieren pleitearse son obligados a ir ante un tribunal de conciliadores nombrados hacedores de paz. Si las partes llegan con un abogado y un procurador se los hace retirar, como uno saca la madera de un fuego que quiere apagar. Los hacedores de paz dicen a las partes: Ustedes están locos al querer hacerse comer vuestro dinero y volverse mutuamente infelices. Nosotros los vamos a arreglar sin que les cueste nada.”

En la tradición jurídica occidental los jueces de equidad eran aquellos que sin ser letrados podían obrar en conciencia, según su recto sentido de lo justo, operando como conciliadores. Sin estar inhibidos para aplicar penas, su meta principal era la de regular conflictos entre personas deviniendo literalmente “jueces de paz”, guardianes de un interés superior al del ejercicio de su magistratura: la conservación de la paz social. Estas figuras, todavía existentes bajo la categoría de mediadores (en la provincia de Santa Fe la mediación prejudicial es obligatoria) son portadoras de un pasado vivo –otro más–, heredero de ese procedimiento genialmente retratado por Voltaire, el liberal, el racional, el tolerante, el ilustrado.

En el actual territorio argentino, la justicia de paz fue instaurada por primera vez en la Provincia de Buenos Aires en 1821, mientras que en la de Santa Fe lo fue en 1833, donde fue reemplazada por una justicia comunitaria de pequeñas causas recién en 2011. En Francia, la institución fue creada para regular conflictos “en equidad” –y no según derecho– en agosto de 1790 y fue suprimida en 1958. Para muchos expertos, esto abrió una verdadera grieta entre los franceses y su sistema judicial.

El artículo 24 de nuestra Constitución Nacional dice que el Congreso debe promover el establecimiento del juicio por jurados. También lo recuerda el 75. El juicio por jurados populares pone en manos de legos la parte final del proceso judicial bajo su modelo procesal y acusatorio. Pero a diferencia de las justicias de proximidad retratadas por Voltaire, como la justicia de paz, en un jurado los legos no están para hacer las paces, están para sentenciar.

La magia de la televisión

La mayor virtud del relato que despliega la serie belga El jurado se percibe en la última pirueta.

Los espectadores tenemos la sensación de haber visto todo –incluso tomamos nota, como me aconsejó mi amigo– y nos sentimos en posición de evaluar la instrucción, de criticar al tribunal y de juzgar al jurado. Desde nuestro doméstico Olimpo, nos enojamos con el tribunal por acusar de homicidio en el caso de Roos cuando se nos ha dicho que la niña fue cuidadosamente herida para no matarla y que falleció luego de una infección intrahospitalaria; con el jurado por tomar indicios como prueba y con la justicia (sinécdoque para nombrar a todos esos funcionarios que no hacen lo que pasionalmente queremos que hagan) por no sacar de la galera algún recurso y ser más dura con las mentiras de Stefaan quien, desde luego, no estaba siendo juzgado sino que declaraba como testigo.

Faltando pocos minutos para el final del último capítulo, el abogado defensor de Frie Palmers –que debe volver a prisión– cumple un deseo de su clienta y va hasta su casa para traerle un libro que quiere tener con ella en su celda. El abogado lo busca, lo encuentra, y lo abre. En el interior aparecen tres objetos. El director de la serie deja que los veamos. Nos los muestra, nos los refriega en los ojos mientras imagina nuestras caras, las de los televidentes. Nos presenta la verdad como un libro abierto. ¿La verdad?

Hacer justicia

Voltaire, que era bueno para muchas cosas, también lo era para meterse en líos. Se atrevió a decir por escrito que René Descartes hacía ciencia con las técnicas de un novelista: todo en él es verosímil, pero nada es verdadero.

Las últimas piezas del rompecabezas que nos presenta Wouter Bouvijn, el director de la serie, provocan el efecto buscado –¡eran las piezas que faltaban!– siempre y cuando uno esté decidido a no levantar la vista y comprobar que eran las piezas que faltaban del rompecabezas que él quería que viéramos.

Los objetos que están dentro del libro, incluso si su hallazgo fue inducido por Frie, a estas horas condenada, no son más que dos nuevos indicios –sí: tres objetos, dos indicios, no hay error–. Porque su sola presencia, incluso dentro del libro infantil, un pop up en más de un sentido, no revela nada. Ni siquiera son una confesión. Son dos indicios más con los cuales la sentencia culpable pudo haberse esgrimido con más nervio pero no con más sustancia. No sin el acompañamiento de la confesión.

La cámara jamás nos muestra la comisión de los crímenes. El cadáver de la mejor amiga de Frie aparece en un canal de la ciudad y la niña fallece en el hospital, una semana después de ser cuidadosamente lastimada, por una infección intrahospitalaria (una bacteria): los hechos que llevaron a las víctimas hasta esas situaciones nunca son mostrados por la serie, de la misma manera que oficiales de justicia, jueces y jurados tampoco pudieron verlo. No hay cámaras, no hay una película que muestre cómo fueron los hechos. Ni siquiera en la ficción de un narrador tan omnisciente como inteligentemente mezquino, porque sabe todo pero, aunque podría, no nos muestra nada muy diferente de lo que pueden ver los jueces y el jurado. Nos deja solos con nuestra imaginación, que es un infierno. Nos da lo mismo que le dio al jurado: indicios. Eso y la posibilidad de sentirnos todopoderosos desde un sillón. Como en el fútbol, todo se ve mejor desde una platea, pero el partido es otra cosa.

Cuando el relato es una pregunta

El enorme desafío que nos propone El jurado, en definitiva, es el de convivir con esto: próximos o distantes, legos o letrados, atribulados y distraídos o formados y enfocados, jueces y jurados pueden sentenciar bien incluso yendo por el camino errado, o pueden sentenciar mal transitando las argumentaciones más pertinentes y teniendo las dudas más razonables.

La justicia no es cosa de dios, es cosa de los hombres y de las mujeres. Por lo tanto, perfectible con arreglo a mecanismos y procedimientos, pero indudablemente ajena al pensamiento mágico o a las creencias religiosas que, es cierto, también son asuntos de la humanidad.

El jurado, al fin y al cabo, no nos cuenta nada. Nos encara y nos pregunta, de frente, con una mirada fría e indolente, si estamos dispuestos a convivir con la enorme brecha que existe entre lo que somos y lo que creemos que somos; entre lo que creemos saber y lo que de verdad sabemos; entre lo que creemos que la justicia debe ser y lo que la justicia puede hacer con lo que le ofrecen para juzgar.

Una lección puede extraerse: como no hay soluciones mágicas, trabajar sobre los procedimientos y su cumplimiento puede ser más redituable que malgastar energías en una discusión entre montescos y capuletos. Lo que no puede permitirse un pueblo es pensar que no tiene derecho a una mejor justicia. Pero para mejorarla tiene que tener un mejor poder judicial. Y para eso, tiene que intervenir. Tiene que discutir los modos de participación en la democratización de un poder que por ahora, sin dudas y en todo el mundo, es el menos democrático de los tres poderes en cualquier sistema republicano. No vaya a ser que Voltaire salte de su tumba, quiera volver a meterse en líos y nos venga a decir, con su habitual desenfado, que este asunto de la república es como la ciencia de Descartes: siempre verosímil pero nunca verdadera.

*Investigador Principal del CONICET en el ISHIR (CONICET/UNR)

Autor de Historia y Justicia, Prometeo, Buenos Aires, 2019.

Director del Centro de Estudios de Historia Social sobre la Justicia y el Gobierno (UNR) y del Programa Malvinas y Atlántico Sur (Fac. de Humanidades y Artes de la UNR) Director de la revista Prohistoria.

1Se eligen además dos reemplazos, que están presentes en las sesiones. El detalle es importante porque una de las protagonistas de la serie es una jurado reemplazante.

2Cabe aclarar que, según nuestro Código procesal penal, nunca puede exigirse juramento al imputado, de manera que es el único que no está obligado a decir verdad.

Paraguay: una ausencia construida

Destacado

Magdalena López es Licenciada en Ciencia Política y Doctora en Ciencias Sociales. Publicó “Transición y democracia en Paraguay (1989-2017): “El cambio no es una cuestión electoral” en 2018 y “Violencia(s). Reflexiones sobre sus diversas formas en Paraguay” junto a Victoria Taboada en 2015.

PH: Para muchos argentinos Paraguay tiene una cierta imagen de país “aislado”. ¿Cómo creés que se construyó esa imagen?

ML: Es un país construido como poco importante, incluso desde antes de la guerra de la Triple Alianza. La guerra terminó de popularizar esa sensación además de país subordinado: como este mito de país poco desarrollado casi tosco, bruto. Este tipo de historias o de relatos que se escuchan mucho en Argentina y que se mantienen hasta hoy no sólo con el país sino con les paraguayes. Las personas migrantes de Paraguay que viven en Argentina son muchas veces concebidas como medio burros, tontos; se construye al guaraní como un idioma inferior, etc. Hay un conjunto muy amplio de prejuicios que alimentan esa leyenda de país aislado. Lo que sucede es que al ser construido como aislado e inferior hay un conjunto de decisiones y políticas tanto sobre currículos de historia como políticas o económicas que van en cierta forma haciendo de eso una realidad, lo van aislando. 

Paraguay no se ve en los secundarios y las universidades. Sabemos más de historia de Europa que de Paraguay, un país con el que tenemos una cercanía no sólo geográfica sino historia económica y política. Ni hablar poblacional.

Esa construcción del “aislamiento” además tiene un círculo vicioso en el cual como nadie habla de eso… ¡nadie habla de eso! Se construyó una ausencia y nadie aborda esa ausencia. En ese sentido, si uno ve los grandes manuales académicos de historia de América Latina,  el país ausente es Paraguay, o aparece resuelto en un párrafo que es casi agresivo. Hay ocho países grandes que tienen un capítulo cada uno y después hay tres o cuatro países chicos (Paraguay siempre es uno de esos) que o aparece poco o no aparece. 

Después, como cualquiera que lee un libro cree que sabe de Paraguay, como es un país del que en Argentina no se sabe nada, entonces cuando una persona académica argentina lee un libro, automáticamente se auto-atribuye la experticia absoluta porque leyó el libro que nadie más leyó. Eso también genera como un aislamiento. que surge así como de forma intencional y no realista y que deriva en situaciones de subordinación y dominación de parte de Argentina y de Brasil respecto a Paraguay, termina generando que lo aislemos activamente.

Magdalena López

PH:  ¿Qué elementos podemos esgrimir para revertir esa imagen de aislamiento?¿hasta qué punto?

ML: Respecto de cómo podemos negar este aislamiento, Hay cosas activas que podemos hacer y hay cosas reales que suceden que discuten este aislamiento.

Que las y los paraguayos sean el primer colectivo de migrantes es una forma, que hablemos el mismo idioma, que tengamos una hidroeléctrica compartida, que hayamos atravesado procesos sociopolíticos similares, que sea uno de los principales socios económicos y financieros, que sea un lugar en el cual cierta burguesía planifica o espera o efectivamente elige como destino de sus inversiones, que haya firmas argentinas que tienen partes de sus filiales en Paraguay, hay un montón de elementos de la vida real que hacen que este aislamiento quede negado, o por lo menos discutido.

Las cosas que podemos hacer activamente (esto más en términos universitarios o académicos) es exigir una buena revisión de los estudios del Paraguay y ejercer buenos estudios sobre el Paraguay. Que sean justos con la bibliografía, el estudio de campo, los abordajes, las fuentes, no esta cosa de argentines que investigan Paraguay con las tres fuentes que encontraron en Buenos Aires. Eso no sirve, no funciona.

Tampoco ir a la caza de jóvenes paraguayos que puedan escribir  papers donde nosotros pongamos los nombres. Esas dinámicas en las cuales seguimos subordinando a Paraguay y a sus investigadores, tampoco sirven para pelear contra este aislamiento que hemos ejercido durante tanto tiempo.

Otro elemento importante es que empecemos a poner en espacios binacionales con Paraguay a gente preparada para ello. Nunca sabemos quién está dirigiendo Yacyretá del lado argentino. En el Congreso nadie sabe nada de Paraguay, también se trataría de reforzar con gente que sabe del tema los espacios en los que se toman decisiones para lograr que se respete esa relación histórica entre Argentina y Paraguay

PH: Una particularidad que me interesa es el caso de Stroessner que si bien en algún momento integró el grupo de los dictadores sudamericanos, es de alguna manera, un dictador de “otro ciclo”.

ML: Stroessner fue uno de los dictadores más duraderos de América Latina. Fue de ese equipo, de ese ciclo de dictaduras latinoamericanas de los 70s, pero fue previo y posterior. Sin embargo tuvo un momento de acoplamiento bastante fuerte con ellos. Si pensamos el Plan Cóndor, es un elemento fundamental para entender esa asociación que tuvo. De hecho, Stroessner hizo muy buenas gestiones para que Estados Unidos supiera en ese momento (momento de la Doctrina de Seguridad Nacional) que Paraguay era el más confiable de la región, que llevaba en dictadura tanto tiempo; eso que le permitió obtener beneficios económicos financieros y de formación, material bélico, seminario para sus militares, etc. además de inteligencia y logística.

Stroessner fue parte de esas dictaduras y no fue parte. Tuvo la ductilidad de sumarse a ese proceso con unas características que traía desde antes, un fortísimo anticomunismo que caracteriza la política paraguaya desde 1920, eso lo supo capitalizar muy bien estratégicamente. Y con un sistema mucho más aceitado e impune que Stroessner traía y venía entrenando desde hacía más tiempo. Había logrado una extensión de espías de la sociedad civil que ya funcionaban muy imbricados y que denunciaban constante tal como se le indicaba, los llamados pyragüé.

PH: Teniendo en cuenta que hay tantos paraguayes en Argentina. ¿Hay muchos paraguayólogues? 

ML: Argentina es el principal destino de les paraguayes, con unos 700.000 migrantes. 

El 10% de la población paraguaya vive en el exterior, hay comunidades en Brasil, Estados Unidos y algunos países de Europa, principalmente España.  

Respecto a les paraguayólogues en Argentina, no sé cómo definiríamos… está nuestro grupo, fundado en 2008 (Grupo de Estudios Sociales Sobre el Paraguay) y después han surgido otros grupos de estudios, hay investigadores en Chaco, Rosario, Formosa, en Buenos Aires, en la UNGS, es un espacio de estudios que se ha vuelto más interesante, sobre todo a partir del triunfo de Lugo del año 2008.

PH: A veces un tema nos impacta y nos ata a la historia de un país. La esclavitud en Brasil, me imagino que a muchos les debe pasar con el Peronismo en Argentina, la UP en Chile, etc.  ¿Hubo un tema que haya despertado tu interés por Paraguay?

ML: En mi caso, el tema que a mí me atrajo fue pensar cómo se había salido de una dictadura de 35 años. Sobre todo porque yo empecé a estudiar Paraguay cuando tenía 24, la dictadura era 11 años más vieja que yo. Pensaba ¿cómo se logra una institucionalidad, discurso prácticas políticas gobernabilidad, elementos super complejos a partir de una dictadura de 35 años y tan pocas bases democráticas ¿no?

Eso fue lo que más me atrapó de Paraguay. Elementos que pueden servir. No solo una dictadura larga, una transición bastante compleja, con los partidos colorados y liberal centenarios y muy poderosos, a diferencia de otros países de América Latina en que la relevancia de los partidos se ha ido perdiendo. Un Movimiento Obrero muy particular en los años 30 y 40, una guerra civil que se llamó “Revolución colorada” que fue bastante fuerte y bastante rara en cuanto a la forma en que se la reconoce e investiga. La Guerra del Paraguay, pero también la del Chaco (con Bolivia). Es un país muy particular con cosas muy interesantes. Dos mega hidroeléctricas gigantes con Brasil y Argentina, que también es muy interesante su inserción en el mundo en cuanto a exportador de materias primas, la forma en que se desarrolló el capitalismo paraguayo, las características de las elites empresariales, políticas, de gobierno, esa multi posicionalidad que tienen los mismos actores, la remoción de Fernando Lugo en 2012, hay mil cosas muy interesantes de Paraguay.

PH: ¿Les paraguayistas argentines son considerados allá? ¿Participan de una red transnacional? ¿Hay interacción colaboración etc., o son dos escuelas e instituciones bien separadas?

ML: Bueno. Entre les paraguayólogues argentines, algunes son más considerades que otres, Existen algunos canales de comunicación que solemos habitualmente utilizar. Pero no hay producción conjunta, precisamente por ciertos vicios que tiene cada una de las academias de cada país. Pero sí estamos en diálogo constante, de hecho hay mucha colaboración. Las investigaciones nuestras desde Argentina serían impensadas sin colaboración de las personas que trabajan e investigan Paraguay desde Paraguay. Obviamente como en Argentina la escuela más importante es la de estudios de Argentina allá lo es la de estudios sobre Paraguay, porque es la propia realidad. Nosotros dependemos mucho de los avances que tengan allá  de las cosas que están investigando, y de los materiales y de las fuentes y de ciertos contactos. Sobre todo yo que me dedico más a contemporáneo. Sería imposible seguir la realidad política paraguaya escindida de lo que se investiga en Paraguay en este momento.

PH: ¿En qué estás trabajando ahora?

ML: En este momento estoy trabajando con élites políticas de la transición y de la democracia hasta la actualidad, por una parte. Por otra estoy trabajando en las políticas públicas de gestión del COVID en Paraguay. También estoy tratando de avanzar en un trabajo que tengo colgado desde hace un tiempo, que es una comparación histórica de Bolivia y Paraguay a partir de los 2000. Finalmente, estoy con un trabajo sobre el surgimiento del estado en Paraguay con Carlos Antonio López en el siglo XIX.


Sobre el significado histórico de la experiencia macrista

Destacado

por Javier Trímboli

La cuestión de los “cortes” en la historia, se sabe, es siempre ardua. Esquiva y equívoca. Inevitable añadir, porque al menos así parece, que lo es aun un poco más en la historia argentina, en su experiencia. Decimos esto en el último tramo de julio de 2020, cuando la pandemia pone ante los ojos escenas inimaginables hasta hace apenas unos meses y nos involucra en situaciones cotidianas que suponíamos reservadas a las películas distópicas. Entre paréntesis: desde ya que este corte tampoco es limpio, quirúrgico; sin ir demasiado lejos, zoom -o sus variantes- y el e commerce ya existían desde hace rato, al igual que wasap, motivos entramados que nos ponen cerca de confirmar aquello que señalaba Marx, que “la humanidad sólo se plantea tareas que puede resolver”. Ahora bien, aunque fuera furiosamente nuevo el mundo que ya empezamos a conocer, en nuestras particulares coordenadas sudamericanas seguiremos en desacuerdo al viejo estilo. No es una mistificación, no es mero imaginario, tampoco es capricho del orden caricaturizado del relato. Tiene efectos prácticos, incluso contantes y sonantes. Desacuerdo, por ejemplo, alrededor del peronismo. Y, no obstante sean legión los que prefieren tratarlo como un accidente, el peor que padecimos, en su nombre zarandeado se anuda un montón de historia previa, de la más visible y de la invisibilizada, toda una sensibilidad. O todo por dos, justamente ése es el problema: en plan reivindicativo, amoroso, o de defenestración. El macrismo, claro, articuló a esa legión que sobre todo se constituye como tal en la trabazón con los medios de comunicación, pues a través de ellos se expresa y amplifica.

En la prosa específicamente argentina una y otra vez se ha pretendido protagonizar una ruptura, iniciar algo radicalmente nuevo y que, por lo tanto, entierre bien enterrado a lo que se quiere dejar atrás. A una cosa o a la otra. Al caudillismo, a las minorías y sus privilegios, al desierto, a la oligarquía, a las dictaduras, al neoliberalismo; por supuesto, al peronismo. Esto no ha funcionado. O pocas veces, muy pocas, logró sus cometidos, para dejarnos ante un desteñido de todas esas presencias, las de siempre. El macrismo se calzó, eufórico, el traje de lo nuevo que por fin con él advendría, al punto de que buscó desprenderse de toda filiación histórica. Pero se enchastró. Una heterogénea fuerza, más social que política, puso un poquito de arena para que así fuera, para que fracasara en su gestión de gobierno. Porque básicamente se enchastró sólo, lo que corrobora incapacidades heredadas o indica que el experimento, en lo que tuvo de debut, precisa de ajustes. Aunque algo más reducida, esa misma fuerza ni por un momento dudó que la voluntad de corte del macrismo obraba en el sentido más… ¿reaccionario o, al revés, moderno? Es decir, ¿frenando las tendencias más anónimas y a la vez determinantes de la época, sino de la historia, o en esa dirección, alentándolas? Como sea, con plena certeza de que buscaba profundizar todo lo que el mundo atrapado por el capitalismo tiene de inhumano -o de lo peor de lo humano-, que pretendía destripar, para volverla figurita tan tonta como cruel, a la idea y a la práctica de una patria. Pero nos complicamos: porque si bien no fue reelecto y rápido tuvo que abandonar la Casa Rosada y Olivos, también la residencia de La Plata que nunca habitó, en poco tiempo y sin genocidio produjo un tendal de desastres dificilísimos de componer, empezando con lo económico con sus tantas implicancias. O sea, el macrismo no fue el corte que quiso ser pero tampoco es un simple bache en una autopista que, en la invitación que me hacen a escribir estas líneas, llaman “populista”. Aunque sea otro problema, tampoco sabemos muy bien a dónde conduce, cosa que tendremos que conversar. Tentados estamos de reflotar lo del “empate hegemónico” pero, sin ser en sí mismo un dato halagüeño que exista tal cosa, sería confuso acudir a esa figura, como si estuviéramos salteando algunos capítulos de la historia que siguió a cuando se la propuso con tanto éxito. O lo de la “larvada guerra civil” que, escribía Halperin Donghi, se había iniciado en 1930 y auguraba -corrían los primeros sesentas- no iba a quedar más que topar contra la pared del callejón….

Santiago Cafiero, apenas unos días después de las P.A.S.O. de agosto del año pasado, daba esta definición: “Apetencias de consumo de mayor nivel. El macrismo es producto de ese aspiracional de consumo. Macri y Awada andando en bicicleta por el Centra Park. Esa foto es un anhelo en toda la zona conurbana, no sólo de la provincia de Buenos Aires, sino del gran Mendoza, del gran Rosario, etcétera.” Una entrevista en la revista Crisis. ¡Qué linda la politología y sus análisis! El kirchnerismo había hecho posible una calidad de vida, incluso en áreas conurbanas, que en 2001 no localizaba ni el radar más optimista; el macrismo prometió llevarla un poco más allá, bicicletas en el Central Park. Un nuevo horizonte con el que el kirchnerismo ya no se conjugaba bien, o virtuosamente como se gusta decir. Después de las elecciones de 2017 esto se desbarranca, por lo tanto la aspiración pasa a ser otra, más modesta, retrocede escalones y ahí se apela nuevamente al peronismo. ¿Será acertado lo que diagnosticaba quien unos meses después pasaría a ser jefe de gabinete del presidente Alberto Fernández? La impresión es que no le falta razón, al menos una buena pizca, lo que no morigera las ganas de pegarse un corchazo, pues si la política se ha convertido en el arte de vehiculizar de mejor forma el deseo de llegar al Central Park, estamos más complicados que lo imaginado. O estábamos, porque la “gran manzana” se alejó un poco más, un montón. Pero se trata de otra cosa. Macrismo más o menos explícito, o como se lo llame, por todo lados. Por lo tanto, decidimos mantenernos en pie con argumentos que se escapan a este razonamiento de Santiago Cafiero politólogo. Si no se lo puede ignorar, manteniéndolo a raya.

Por otra parte, aunque la crisis prepandemia -convendría no olvidarla- había limitado a diestra y siniestra “el aspiracional de consumo”, los votos y la adhesión que concitó el macrismo no mermaron ni por asomo en la misma proporción. Obvio de toda obviedad: el 40 por ciento cosechado en las elecciones últimas jamás se podría explicar por los beneficiados económicamente. Alain Badiou, que se resiste a hablar de neoliberalismo, remarca que el “deseo de Occidente” configura una subjetividad expandida, tautológica, nihilista. “El deseo de Occidente, a saber, la idea de que no hay otro objetivo en el mundo más que encontrar un lugar -el mejor lugar posible- en este agenciamiento del capitalismo globalizado”. Oscila: afirma que es una subjetividad poderosa pero también que es la liquidación de toda subjetividad. Es una mezcla de apetencias de consumos, defensas de libertades que no son mucho más que salir a correr y a vitrinear, como dicen en Chile; o manifestar odio frente a los planeros, ignorantes, delincuentes. Y contra los políticos, corruptos. Una idea de la república que si existió en el siglo XIX no fue en el nuestro, aérea como decía Bolívar. Badiou es más conciso, incorrecto también: con Occidente se remite a las sociedades liberales que apuntalan “modos de vida que permiten a las personas hacer lo que quieran, en un cierto orden de ideas: la liberación sexual, el reconocimiento de las minorías, el parlamentarismo, las elecciones, todo eso.” (Acerca del fin. Conversaciones) Viene bien que se resista a hablar de neoliberalismo porque lleva a recordar que en este rincón austral de América Latina, ese “deseo de Occidente” no es nuevo, fue poderosísimo entre las elites del siglo XIX, como fuga de una realidad hostil, como fabricación e implantación de un ideal que la niegue. El mundo como un espacio limpio, higiénico, pulcro, sin dolor. Mientras no sea así, rienda suelta a la violencia -de un tipo, de otro, de ambos- contra los que impiden la realización de ese deseo.  El macrismo fue la fórmula que encauzó en el terreno político a un movimiento de masas que liga a las clases más beneficiadas fundamentalmente con las clases medias en todos sus estratos. Movimiento que lo antecedió y que, si él se desmorona como arquitectura política, lo sobrevivirá. Si hay una novedad, entendemos que la hay, radica en esta situación que hizo posible que empresarios exitosos, CEOs, apellidos de alcurnia llegaran al gobierno sin recurrir a un golpe de Estado. El macrismo articuló el “deseo de Occidente” en la conjugación de masas que viene tomando forma desde las últimas décadas del siglo pasado. La pesadilla del kirchnerismo fue su último golpe de horno. La impresión, lo confirma una nota de La Nación de estos días que vuelve a la carga con la “fuga” de argentinos que no soportan los fracasos a los que se ven condenados en su país, es que ni siquiera la muy crítica hora que vive “Occidente” desalentará a esa posición que ya no es de minorías. Si a la crisis se la afronta con más capitalismo, barroco y a la vez puro, más goce encontrarán.

(Una) Guía para periodizar la historia del agro pampeano

Destacado

POR MIGUEL CATALÁ

En el campo argentino de la región pampeana, donde no todo es lo mismo, las relaciones sociales y económicas de producción no tienen pasado ni futuro. Están en un eterno presente. Hubo sí cambios en la tecnología, devenidos, a su vez, de dos vertientes: una la experiencia de los agricultores que diseñaba, probaba y  corregía diseños de maquinaria y estrategias para combatir plagas e inclemencias climáticas, otra la inventiva industrial que pensaba artefactos, productos químicos, experimentos biológicos y  sistemas que se pudieren aplicar al aumento en la cantidad y calidad de los granos  y ganados.

Nos serviremos de los cambios en la aplicación de la ciencia y la técnica en el agro pampeano para periodizar etapas en su historia. Lo haremos, no sin antes advertir, siguiendo a Jürgen Habermas sobre los peligros que encierran la ciencia y la técnica en tanto ideología. Lo haremos no sin antes recordar, como enseño Alfredo Pucciarelli  que la renta de la tierra es una ficción nacida de una estafa que la burguesía de la primera hora se hace a si misma toda vez que opto por negociar con la nobleza en cambio de borrarla de la faz de la tierra.

Al principio fue la ganadería.

De mulas y caballos en la colonia

De vacas en la zona liberada de la colonia y negociada con Inglaterra, en la que Rosas, López y Urquiza, por ejemplo, se peleaban por el negocio.  Y en la zona no tenida en cuenta por la colonia donde Rosas se desesperaba por ganarle a Calfucurá tierras y vacas. Me atrevería a decir: vacas y tierras, mientras Sarmiento soñaba con la granja agrícola.

Luego de la conquista del desierto financiada por la Sociedad Rural Argentina  y posibilitada por dos grandes avances de la ciencia y la técnica (¿como ideología?): el telégrafo y el fusil a repetición y merced a la división internacional del trabajo nació el famoso modelo agro-exportador (palabra que la técnica informática –en tanto ideología pura que homologa el conocimiento y posibilita la instalación del pensamiento único no permite escribir sin separar) cuyo primer objetivo fue mejorar la calidad y aumentar la cantidad de vacas. A los gauchos, ex “campesinos y soldados” se los convirtió en peones de campo  y se trajo, para arar y sembrar, a los inmigrantes. Nació entonces el chacarero arrendatario y se convirtió en motor principal del mentado modelo.

El chacarero arrendatario formalizaba un contrato con un terrateniente según el cual podía hacer uso de una parcela para sembrar bajo determinadas condiciones y pagando una renta en especie.

De la injusticia de implícita en esos contratos y teniendo como detonante una situación de endeudamiento continuado debido a que en el año 1911 no había habido buenos rindes y en el año 1912 el maíz no tenía buen precio surgió el grito de Alcorta.

Con esa revuelta agraria, suerte de carta de presentación de ese principal actor de la agricultura pampeana,  se inicia una etapa de reclamos por leyes de arrendamiento que tendrá su primer éxito  a inicios de la década del 20 con la primera ley de arrendamientos producto del abrazo al Congreso de la Nación que detonado por las revueltas con epicentro en Firmat tuvo como protagonistas a cientos de chacareros de toda la región. La etapa de reclamos por mejores leyes de arrendamiento cierra en pleno estancamiento del negocio agropecuario en 1948-49 con la ley de arrendamientos y aparcerías rurales número 13246. Esta ley es, a su vez, el corolario de los esfuerzos de Perón por mejorar la vida en el agro, cruzada que el general había iniciadao desde la Secretaría de trabajo y Previsión con el estatuto del peón rural. 

El actor chacarero arrendatario  es arrancado de cuajo de los campos de la región pampeana en la década del 60 con el invento y aplicación de la revolución verde que diseño un paquete tecnológico innovador para la producción agropecuaria en un momento clave para la recuperación del negocio internacional de los granos y carnes. La herramienta legal para expulsar a los chacareros y dejar las tierras libres de ocupantes y en manos directas de los herederos de la otrora oligarquía quienes reconstituyeron rápido las unidades de explotación agropecuaria, fue la ley Raggio o de desalojo hecha por el ministro de agricultura de Onganía (sí, el que paseo por la Exposición Rural de Palermo en carroza) en 1966. En ese marco los descendientes de los chacareros pasaron a engrosar las filas de los peones rurales que lejos del estatuto (por otra parte muy poco aplicado aun en su tiempo de esplendor) volvieron, en su conjunto a ser la mano de obra de un trabajo que, mejor o peor remunerado, siempre fue a destajo. 

De allí en más todo fue revolución verde y una permanente renovación del paquete tecnológico que tuvo un salto grande en la incorporación de la soja como estrella central del agro-negocio argentino, y que fue presentado en sociedad con bombos y platillos como el campo en el conflicto que posibilito, por error, el primer gobierno de Cristina Fernández  en 2008.

Los peones rurales de hoy siguen a destajo

El pueblo, los pueblos,  no vive del campo. Los pobres de los pueblos, o sea “el pueblo” viven de lo que puedan ganar en cualquier trabajo, están cada vez más despojados de los recursos para una sobrevivencia rural, acuden a la asistencia pública que representan las intendencias y comunas. De allí que el tiempo en el agro pampeano es uno: el de una explotación capitalista incompleta.   

El COVID-19 y la experiencia de los trabajadores

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En la historia de los trabajadores, hay muchos sucesos o momentos que han dejado su huella en la memoria colectiva. A menudo se ha intentado construir la historia a partir de los hitos y las “enseñanzas” que hayan dejado. Así, veremos mucho desarrollo de trabajos dedicados a esos acontecimientos o escenarios críticos: la Semana Trágica, la crisis del ’30, el 17 de octubre, las tomas de fábrica del 64, etc.

La crisis generada por la pandemia de COVID-19 ha alterado todo y entre esas cosas, obviamente el mundo del trabajo sufrió un fuerte impacto. Pero esas consecuencias no se verán solamente en estos años inmediatos, sino que suponemos podrán dejar marcas en la experiencia histórica de los trabajadores y sus organizaciones

Nos comunicamos con algunos historiadores dedicados a Historia del Movimiento obrero y los trabajadores para que nos den su visión acerca del impacto que tendrá esta crisis en el futuro de los trabajadores y de qué forma marcará su experiencia.

El “mendoexit” y la historia

En función de los delirantes dichos de un diputado mendocino le hicimos algunas preguntas a Eugenia Molina, que gentilmente se prestó a contestarlas. Y aquí están

Eugenia Molina es Doctora en Historia por la Universidad Nacional de La Plata, es investigadora de CONICET y docente en la Universidad Nacional de Cuyo. Sus investigaciones abordan las configuraciones del orden político en el Río de la Plata durante la primera mitad del siglo XIX.

¿Podrías hacer una pequeña reseña de la relación entre Mendoza y el colectivo Provincias Unidas / Confederación?

Mendoza fue ciudad cabecera del Corregimiento de Cuyo (es decir que San Juan y San Luis eran ciudades subordinadas en ese marco), primero dependiente de la gobernación de Santiago de Chile y luego de Buenos Aires cuando se creó el Virreinato del Río de la Plata en 1776. Un tiempo después, entre 1784 y 1785 comienza a aplicarse la Real Ordenanza de Intendentes por la cual la ciudad de Mendoza pasaba a formar parte de la gobernación intendencia de Córdoba como ciudad subalterna, es decir, igual que San Juan y San Luis. Desde ese momento la élite reclama por está situar subordinación que de alguna manera rebajaba su liderazgo cuyano. De hecho, la adhesión a la opción de la Junta Revolucionaria estuvo atravesada por esto, en tanto significaba romper con la inmediata subordinación a Córdoba (que durante un tiempo reaccionó contra la Junta y su rol revolucionario). Los reclamos de la élite ante el gobierno porteño, sumado al rol estratégico de Mendoza debido a los pasos cordilleranos que articulaban la causa patriota rioplatense con la chilena, tuvieron sus frutos: a fines de 1813 se creaba la gobernación intendencia de Cuyo con sede cabecera en Mendoza. Pronto la estrategia política revolucionaria demostró ser buena porque a fines de 1814 la causa patriota chilena fue derrotada en Rancagua y la amenaza de una invasión realista desde el oeste apareció con fuerza. Por entonces ya San Martín era gobernador y logró armar la ciudad y la provincia primero para enfrentar una posible invasión (que no se produjo), y luego como base de la formación del Ejército de Los Andes. En 1820, no obstante se desintegró Cuyo y más allá de los intentos de tratados de alianza y colaboración cada una de las tres ciudades cuyanas se convirtió en provincia. La élite de Mendoza, con fuertes lazos letrados con la élite porteña pero también chilena, introdujo una serie de reformas políticas y culturales que la ponían a tono con la reforma rivadaviana en Buenos Aires. Esta tendencia a construir un orden propio siguió con los años, de hecho, en plena época de Rosas la provincia firmó un tratado de comercio Chile más allá de las restricciones que el gobernador de Buenos Aires imponía a las provincias de la Confederación. Luego la incorporación de Mendoza al estado nacional y la integración de su élite política en una dirigencia nacional fue un hecho fortalecido por alianzas políticas, partidarias y familiares, que hicieron que los vínculos se consolidaran  y reprodujeran.

¿Qué opinas de la situación generada por el llamado “mendoexit?

La actual propuesta de separación me parece más un discurso  de provocación politico-partidaria que una propuesta con algún tipo de fundamento jurídico-institucional o histórico. Respecto de lo primero, no soy especialista en derecho constitucional pero me parece que la constitución es bien clara respecto de la forma de gobierno. Somos un estado federal por tanto no habría procedimiento previsto para una secesión. Respecto del fundamento histórico, Mendoza es parte de una experiencia histórica regional y nacional indiscutible, es decir, nunca fuimos un marco administrativo separado/aislado, y aún durante el periodo 1820-1831 que podría considerarse el más desarticulado en cuanto a un orden “nacional “estable, no existió una situación de “independencia “ ya que no sólo Mendoza intentó restablecer los lazos con las otras dos provincias cuyanas a través de pactos, sino que desde 1824 a 1827 formó parte del intento de organización de un orden nacional.  De hecho, el pacto federal de 1831 organizó de forma sui generis un tipo de entramado confederal/federal que tejió y retejió los vínculos interprovinciales, aún cuando Mendoza como las otras provincias fueran ordenando sus instituciones o tratarán de establecer tratados comerciales favorables a su economía, como el fallido intento de hacerlo con Chile. No veo en la historia mendocina elementos de tradición autonómica o independentista que sustenten una separación.

¿Sobre qué pilares simbólicos se construye cotidianamente la identidad histórica mendocina?

Quizá la mendocinidad encuentre su elemento identitario más fuerte en lo sanmartiniano, es la impronta fuerte de lo local, pero eso es también un elemento fuerte de la historia de San Juan y de San Luis, porque también formaron parte del esfuerzo de formar y sostener el ejército de Los Andes. Otro elemento que suele destacarse en los relatos locales es el de la tradición ilustrada-letrada que habría hecho que Mendoza lograra un orden político estable entre 1820 y 1852, esta idea que un poco recupera la noción sarmientina de la ciudad agrícola , en la que el arduo cultivo de la vid y otros habría “civilizado “ a su élite. Sin embargo, ese también es un elemento compartido con San Juan, pues sus élites pero también la sociedad en general mantuvo y mantiene  muy estrechos vínculos desde las fundaciones de las ciudades mismas (de hecho, yo soy mendocina pero mi papá era sanjuanino…). En resumen, más allá de los aires de superioridad que ha solido tener la élite mendocina a veces, no se puede entender su historia sin su relación más que estrecha con las otras provincias  de la región y, desde 1776, claramente vinculada al espacio rioplatense, luego argentino.

Los años muertos de la historia

Cuando se construye una periodización es inevitable fijar algunos hitos en los cuales apoyarse para señalar puntos álgidos, de especial intensidad. Donde el desarrollo anterior parece tomar otro rumbo respecto de lo que venía pasando antes. En general se trata de acontecimientos que, probablemente exagerados en función de lo que se desea contar, condensan los elementos que caracterizaban a una etapa y abren paso a una nueva.

En algunos casos es difícil que una sociedad o un grupo humano (un país, una clase social, un partido político, etc), cambie radicalmente de un día para otro. Las grandes transformaciones sociales -acá somos hinchas de los procesos- difícilmente se puedan registrar en un año, o en un día, aunque sí podemos decir que el resultado de una batalla, la caída de un gobierno, la muerte de un persona puede alterar el equilibrio o las condiciones en que ese conglomerado social venía funcionando. 

Es hora de asumir que los procesos son una guarnición saludable con que los historiadores acompañan todas sus comidas, relegando a los acontecimientos al rol del snack como placer culposo. 

De todos modos, los historiadores seguimos construyendo cronologías y a veces los gestos de provocación consisten en bajar del pedestal a un año y condecorar a su año posterior o anterior con el mojón de la notabilidad. Quizás entre algunos historiadores de especialidades de larga duración -medievalistas o historiadores de la antigüedad, quizás colonialistas- esta operación se realice con los siglos, o quizás todo esto sea una idea mía. En tal caso, es momento de dejar de leer..

Hay algunos años que comparten su cucarda con el vecino. El año 1930, por ejemplo. “La crisis del 30”, puede aparecer como “la crisis del 29”, pero también puede leerse como “la crisis de la década del 30”.

Si no fuera suficiente con su monumental obra, Eric Hobsbawm invistió a los historiadores con el poder especial de hacer que un siglo dure lo que nosotros queramos. Humildemente, precursores como lo fuimos con el dulce de leche, el colectivo y la birome, los argentinos ya habíamos patentado que 13 años bien podían constituir una década. Y repetimos con los “noventa” argentinos, que comienzan en 1989 y terminan en 2001.

Pero no vengo a hablar hoy de esos años famosos, en los que todos más o menos coincidimos. 1810, Mayo; 1820, la anarquía; Caseros, 1852; Pavón, 1861; el 45, el 76, el 2001.

Vengo a hablar de esos años muertos, que tuvieron la desgracia de estar muy cerca de los años clave de las periodizaciones pero sin ocupar el sitial de privilegio. Sin ser recordados en las plaquetas conmemorativas, sin verse en letras de oro en las medallas o en las monedas. Incluso algunos con especial rencor. 1851, por ejemplo, que fue el año en que Urquiza lanzó su pronunciamiento, en el mes de mayo. Nadie lo recuerda. Si Urquiza se hubiera apurado un poco, teníamos batalla en diciembre ponele. No cambiaba nada, pero ¡ah, qué futuro distinto para el 51! Tengo para mí que la venganza de 1851 se dio cuando la constitución de 1853 se quedó con el protagonismo de la periodización, dejando a al año 1852 en una dualidad: para algunos duró sólo un día, ese 3 de febrero de la batalla de Caseros; para otros, comenzó ese día para terminar el 1 de mayo del año siguiente en que se proclamó la constitución. Como sea 1851, un año muerto.

1910, año del centenario, la Argentina oligárquica se luce ante el mundo, vino la infanta, Radowitzky puso la bomba, etc. 1912, El grito de Alcorta, la Ley Sáenz Peña, Menchaca Caballero y el radicalismo ganando su primera elección. ¿y qué pasó en 1911? nada.

1943 el golpe de estado de junio. Fin de la década infame, ascenso al poder del Perón y el grupo de oficiales. 1945, fin de la guerra, 17 de octubre, alto año. Más que una bisagra una tranquera que divide el mundo y el país en dos. ¿1944? Nada. Arrancó con un terremoto en San Juan que generó el encuentro entre Eva Duarte y Juan Perón. Durísimo. El 45 ni siquiera se perdió protagonismo con el hecho de que Perón ganó las elecciones en febrero de 1946.

El año 1975 -al que este blog le dedicó un artículo especial, en lo que prometía ser una serie de artículos- ha renacido ahora con la recomendable película sobre Isabel Perón, pero más allá del Operativo Independencia, su ubicación entre el 74, signado por la muerte del General y el 76 con su marca indeleble de tragedia, lo han relegado a un injusto olvido.

Es más: podríamos aventurar que en algunas periodizaciones construidas sobre tramos cortos, como por ejemplo la década del 60 argentina (que estaremos de acuerdo en decir que comienza en el 58) la secuencia de los golpes de 62 y 66 ha hecho pasar al olvido no a uno, ¡sino a dos años!, el 64 -con sus épicas tomas de fábricas- y el 65 con ningún acontecimiento -no familiar- que yo recuerde en este momento y la idea -ya te diste cuenta, lector- es prescindir de google. 

Difícilmente la historia encuentre en esos años perdidos las claves de una nueva periodización, una reescritura de la historia en la cual ganen protagonismo en desmedro de los consagrados. Quizás en alguna historia parcial, algún historiador pueda decir “la vuelta de Perón en el 72 es más importante que la del 73” y ahí está el “Día del militante” peleándole en inferioridad de condiciones el protagonismo a la jornada de Ezeiza.

Años relegados de la cronología, condenados a estigmas aburridos y repetidos como “la antesala de…” o “la paz que precede a la tormenta” o a la triste función de “incubadora”, casi como un vientre subrogado, donde crece y se forma el hecho histórico determinante (el que queda en los libros), para llevar alegrías a otros hogares.

Seguramente allí están esperando los detalles, las iluminaciones y prefiguraciones de lo que ocurrió después, o quizás también en esos otros años muertos, los siguientes, los que vienen después de los años fuertes de la cronología, (1811, 1891, 1946, etc) que es cuando “las cosas tienen movimiento” y comenzamos a conocer mejor las características del proceso que tuvo su punto clímax en ese año anterior.

Quizás recuperarlos sea algo más que una provocación a lo estatuido y en esos meses hasta hoy menospreciados puedan encontrarse nuevas texturas históricas para contar, sin la magnificencia de los grandes años, pero con la certeza de que allí también late uno de los pulsos de la historia.

Apuntes para pensar la historia del trabajo doméstico

Por Inés Pérez (CONICET-UNMdP)

Si hubiera escrito este texto hace algunos años, probablemente hubiera empezado con una pregunta acerca de qué es el trabajo doméstico. La fuerza que ganó el feminismo en el último tiempo hace que hoy esta categoría circule en distintos ámbitos y que, entonces, ese inicio ya no sea necesario. Actualmente es poco frecuente que alguien ponga en duda que cocinar, limpiar o cuidar a otrxs sea “trabajo”, aún si quien realiza esas tareas no recibe una remuneración a cambio, porque demandan tiempo y esfuerzo, y porque son necesarias para sostener la vida. Sin embargo, sí es habitual que se lo piense a partir de dos imágenes que lo deshistorizan. En la primera, se lo presenta como una actividad siempre igual a sí misma. En la segunda, se supone que, gracias al desarrollo tecnológico, progresivamente nos acercamos a un mundo sin trabajo doméstico. ¿Qué limitaciones traen estas miradas? ¿Qué implica pensar el trabajo doméstico desde una perspectiva histórica?

En la primera imagen, las mujeres siempre nos ocupamos del trabajo reproductivo, desde las sociedades preindustriales al capitalismo postindustrial, permitiendo así que los varones pudieran realizar otras actividades socialmente consideradas más valiosas. La acentuación de las continuidades redunda en que perdamos de vista cambios sustantivos que hacen tanto a la noción de trabajo como a la de domesticidad. Aquello que consideramos “doméstico” no estuvo separado del resto de las actividades hasta los tiempos modernos. Tanto en términos físicos como conceptuales, la división de las esferas “productiva” y “reproductiva” solo se produjo con el capitalismo. También fue solo en ese marco que el trabajo -realizado en el mercado- ganó una valoración positiva, y el salario se volvió el canal central de acceso a los bienes necesarios para subsistir y, aún más, a los derechos vinculados a la seguridad social. Cuando hacia fines de la década de 1960 distintas feministas comenzaron a problematizar la división sexual del trabajo y a difundir consignas como la de “salarios para las amas de casa”, lo que estaban cuestionando era la exclusión de una gran masa de mujeres del mercado laboral y, por tanto, de los derechos reconocidos a “los trabajadores”. Pensar el trabajo doméstico en clave histórica requiere situarlo en contextos específicos, en relación a actividades realizadas contemporáneamente por distintos actores sociales y a las desigualdades estructuradas en torno de su categorización.

La segunda imagen presenta una evolución lineal del trabajo doméstico que también le quita historicidad. De acuerdo a esa lectura, gracias a la incorporación de electrodomésticos, productos de limpieza y alimentos precocidos, estamos recorriendo un camino que llevará a la liberación de la pesada carga del trabajo del hogar. Sin dudas, las condiciones materiales en las que se realiza el trabajo doméstico han cambiado sustancialmente a lo largo de los últimos dos siglos, aunque esos cambios hayan tenido menos que ver con la incorporación de esos productos que con las transformaciones en los modos de habitar y la provisión de servicios como la electricidad o el agua corriente. Ahora bien, si la historia del trabajo doméstico es la de sus condiciones materiales, se trata de una historia de profundas desigualdades. La provisión de servicios disminuyó el esfuerzo requerido por estas tareas, pero su extensión estuvo atravesada por fuertes asimetrías sociales y regionales, que aún se observan en el presente. En Argentina, la red de electricidad se extendió más rápidamente que la de otros servicios, como el gas natural o el agua corriente, alcanzando al 69% de los hogares para 1960. Sin embargo, casi veinte años después, en 1979, mientras aproximadamente el 32% de la población de la provincia de Buenos Aires contaba con agua corriente, solo el 17% de la de la provincia del Chaco estaba cubierta por este servicio (1). 

De todos modos, las tecnologías domésticas solo afectaron los tiempos de trabajo de manera marginal. El acceso masivo a los electrodomésticos se produjo entre mediados de los años cincuenta y mediados de los setenta, de la mano de discursos que, al tiempo que prometían que los nuevos bienes aliviarían a las amas de casa, les demandaban una mayor dedicación al hogar. Un manual de instrucciones para el uso de un secarropas publicado en 1974 resulta ilustrativo. Allí se prometía a la flamante compradora que gracias a este producto “durante mucho, mucho tiempo solo tendr[ía] satisfacciones… y mucho, mucho más tiempo libre para dedicarlo a los suyos”(2). El tiempo “liberado” debía ser utilizado en el hogar, en buena medida, porque la incorporación de los nuevos artefactos fue de la mano de un aumento en los estándares a partir de los que se evaluaba el trabajo doméstico y de los que, en buena medida, dependía la respetabilidad del hogar y el estatus social de sus integrantes. La difusión de los lavarropas, por ejemplo, conllevó la expectativa de que la ropa se lavara con mayor frecuencia. Muchas veces, además, las tareas que los electrodomésticos evitaban eran relativamente pocas: hasta la aparición de los automáticos, usar un lavarropas requería cargar y desagotar el agua, tanto para lavar como para enjuagar la ropa, y luego escurrirla manualmente. Finalmente, hay tareas que requieren una fuerte implicancia personal de quien lo realiza, como el cuidado, y por tanto son difícilmente mecanizables(3).

Si hay algo que permitió reducir el tiempo dedicado al trabajo doméstico fue la posibilidad de compartirlo o delegarlo en otras mujeres, y eso, las más de las veces, a costa de una fuerte desigualdad no solo entre varones y mujeres, sino también entre mujeres. Como ha mostrado Dolores Hayden, hacia fines del siglo XIX y comienzos del XX, distintas mujeres diseñaron espacios domésticos que permitían una mayor socialización del trabajo doméstico, con cocinas colectivas en las que las mujeres se turnaban para preparar los alimentos de varias familias, aumentando así la productividad del trabajo realizado(4). Esos diseños domésticos, sin embargo, no llegaron a concretarse y, en cambio, triunfó un modelo de vivienda unifamiliar que limitó la posibilidad de socializar el trabajo doméstico y disminuir, así, el tiempo individualmente empleado por cada mujer en esa actividad. 

Por otro lado, la provisión pública de cuidado aún hoy es muy insuficiente. La Ley de Contrato de Trabajo, sancionada en 1974, preveía la creación de salas maternales en aquellos establecimientos que emplearan a más de cincuenta trabajadoras. Sin embargo, esa disposición nunca fue reglamentada. En los últimos años, el feminismo logró instalar el cuidado en la agenda pública, pero esto, al menos por ahora, no se ha traducido en políticas integrales de cuidado. En ese contexto, la posibilidad de reducir el tiempo dedicado al trabajo doméstico estuvo -y está- fuertemente marcada por la clase social: quienes pueden pagarlo, recurren a servicios privados de cuidado; quienes no, recurren a sus redes familiares y personales sostenidas, por lo general, por adultas mayores o a niñas y jóvenes(5). Solo quienes pueden el tiempo dedicado al trabajo doméstico y los cuidados a un costo razonable tienen una posibilidad real de participar en el mercado de trabajo que, además, no es el mismo para todas. Para aquellas que, por cuestiones de clase, origen migratorio, edad, solo pueden acceder a empleos que pagan lo mismo que cuesta el cuidado que realizan de modo no remunerado, la ausencia de opciones públicas de cuidado por lo general redunda en un razonamiento -el de que están “cambiando la plata”- que las aleja de la posibilidad de un salario y de los derechos a los que -cada vez menos- da lugar. En 2017, las mujeres participaban del mercado de trabajo un 31% menos que los varones y, en cambio, un 54% más que ellos en el trabajo no remunerado(6).

Ahora bien, ¿quiénes son las mujeres en las que se delega el trabajo doméstico y los cuidados? Se trata, centralmente, de trabajadoras del hogar. El concepto de “trabajo doméstico” fue clave para subrayar el aporte de las mujeres a la economía, explicar que su menor participación en la esfera pública no respondía a elecciones individuales sino a limitaciones estructurales, y mostrar el sustento material de las desigualdades de género(7). El hecho de que actualmente el uso de esta noción sea más corriente, sin embargo, no se ha traducido en un reparto más igualitario del trabajo, ni en un reconocimiento de derechos para las personas que lo realizan. Nos acostumbramos a llamar “trabajo” a esas tareas pero sin pensar en las implicancias de esa denominación. 

La historia del trabajo doméstico es también la historia de los derechos y las condiciones de trabajo de quienes lo realizan a cambio de un salario. En Argentina, la Ley de Accidentes de Trabajo en 1915 fue la primera que reconoció la desigualdad de las partes que contratan cuando el objeto de la negociación es la fuerza de trabajo. A partir de entonces, se legislaron diferentes normativas que incorporaron distintos derechos laborales al ordenamiento legal. Las trabajadoras de casas particulares fueron tardía y limitadamente incluidas en buena parte de ellos. La sanción en 1956 del Estatuto que reguló esta actividad hasta hace pocos años no hizo sino cristalizar esas limitaciones, justificadas en una definición del trabajo doméstico que lo caracterizaba como no productivo, no calificado y realizado en el mundo privado, una suerte de “no trabajo”. Solo en 2013 se aprobó una nueva ley para el sector que buscó equiparar sus derechos con los de los demás trabajadores. Sin embargo, las altas tasas de informalidad aún siguen restringiendo fuertemente el acceso de las trabajadoras a esos derechos(8).

Hay múltiples aristas que hacen a la historia del trabajo doméstico: la de su conceptualización, su relación con otras actividades, las condiciones materiales en las que era realizado, los derechos a los que daba o no lugar, las desigualdades que lo atravesaban. Su análisis permite alejarse de imágenes simplificadas que, al sacarlo de la historia, nos impiden identificar la especificidad de las desigualdades que lo estructuran en la actualidad y pensar los modos de desarticularlas.

Notas

(1) Estos porcentajes son aproximados. Surgen del cruce de la población cubierta por el servicio de agua corriente indicado en el Anuario Estadístico de la República Argentina 1979-1980 y el Censo Nacional de Población y Vivienda de 1980.

(2) Manual de instrucciones para el buen uso de la secadora Koh-I-Noor, 1974.

(3) Inés Pérez, El hogar tecnificado. Familias, género y vida cotidiana (1940-1970). Buenos Aires: Biblos, 2012.

(4) Dolores Hayden, The Grand Domestic Revolution. A History of Feminist Designs for American Homes, Neighborhoods, and Cities. Cambridge and London: MIT Press, 1981.

(5) Una problematización de las desigualdades que surgen de esa distribución del trabajo puede verse en Hilda Habichayn, “Género, edad avanzada y pobreza”, Zona Franca, Año XIII, No. 14, 2005.

(6) “Mujeres en el mercado de trabajo argentino”, Equipo de Mercado de Trabajo. Dirección General de Estudios Macroeconómicos y Estadísticas Laborales, Ministerio de Trabajo, Empleo y Seguridad Social de la Nación, 2018.

(7) Susan Himmelweit, ““El descubrimiento del trabajo no pagado. Las consecuencias de la expansión del trabajo”, en Dinah Rodríguez y Jennifer Cooper (comps.), El debate sobre el trabajo doméstico. Antología. México, UNAM, 2005.

(8)  Inés Pérez, Romina Cutuli y Débora Garazi, Senderos que se bifurcan. Servicio doméstico y derechos laborales en la Argentina del siglo XX. Mar del Plata: Eudem, 2018.

8M. La potencia feminista en clave histórica

Gisela Figueroa, Tania Corsetti y Luisina Agostini (Docentes de la UNR / Proyecto “Género y Trabajo. Abordajes feministas a estudios de caso en la historia reciente santafesina”)

Si bien la conmemoración del 8M viene desarrollándose de manera sistemática desde hace tiempo, y en los últimos años ha tomado un ritmo más intenso, los orígenes de esta celebración obedecen a una multiplicidad de hechos que deben articularse y leerse en contexto.

Yendo para atrás en el tiempo, el 8 de marzo de 1908 murieron 129 obreras de la fábrica textil Cotton de Nueva York. Sobre este hecho existen versiones contrapuestas, por un lado que fue resultado de un incendio provocado por el dueño de la misma en represalia a la huelga que habían iniciado, y por otro que el fuego fue producto de un accidente laboral cuya extinción fue muy dificultosa debido a que las puertas de la fábrica permanecieron cerrada como modo de prevenir robos. Más allá de cuáles fueron las causas reales, dicho acontecimiento constituyó un suceso trascendental en la historia del trabajo y de la lucha sindical y desató toda una serie de acciones que culminaron con la decisión de celebrar el Día Nacional de la Mujer el 28 de febrero de 1909 en Nueva York.

Al año siguiente, se celebró la Conferencia internacional de Mujeres en Copenhague. Allí la socialista alemana Clara Zetkin, líder del movimiento socialista de mujeres, propuso establecer un día de conmemoración, probablemente tomando como referencia las acciones que ya venían desarrollando las socialistas estadounidenses quiénes festejaban el “Women’s Day” como forma de reivindicar el voto femenino.

Si bien la decisión de establecer un día para conmemorar el Día Internacional de la Mujer era inobjetable, las fechas elegidas por cada país no coincidieron en un principio. La confluencia de dos factores hizo que el 8 de marzo pasara a constituir la fecha elegida a nivel internacional para la celebración. Por un lado, la decisión de las socialistas alemanas de tomar dicha fecha, y por otro el levantamiento de las mujeres rusas que tuvo lugar el 23 de febrero de 1917 según el calendario revolucionario, siendo el 8 de marzo en el calendario occidental. Más cerca en el tiempo, la ONU declaró oficialmente el Día Internacional de la Mujer en 1977, dándole un carácter oficial a una conmemoración que ya venía ocurriendo desde hacía tiempo en muchos países del mundo.

La consigna “Ni una menos” apareció por primera vez en Argentina a mediados del 2015 como forma de repudio a los femicidios, la forma más extrema de la violencia machista, y se materializó en una movilización masiva que inundó las calles, para luego extenderse a otros países de Latinoamérica y del mundo.

La fuerza del movimiento feminista fue penetrando cada vez más hondo en los partidos políticos y en las organizaciones sociales y sindicales, sacando a la luz las desigualdades ocultas durante años resultado de los acuerdos históricos que sus miembros varones venían sosteniendo. Como resultado, en 2017 se creó un Frente sindical que llevó a cabo el primer Paro Internacional de Mujeres donde participaron 55 países, interpelando todas las formas de explotación, racismo y crueldad, reivindicando la vida y demostrando que podían lograrse acciones coordinadas a escala global.

Las demandas que nutrieron las diferentes acciones desplegadas en el marco de la lucha feminista fueron diversas en función del contexto social y epocal en el que se expresaron, y en consonancia con la experiencia vital de quiénes encabezaban esas luchas. Mientras que en sus inicios el derecho al voto, a ocupar cargos de gobierno, a la educación y al trabajo productivo formaron parte de la agenda feminista, en los últimos años se sumaron otras demandas vinculadas a terminar con la violencia machista, como la lucha por la aplicación real de la Ley de Educación Sexual Integral para prevenir, sancionar y erradicar la violencia contra las mujeres, y además se libró una batalla incansable para garantizar condiciones de aborto seguro, legal y gratuito.

Los tiempos neoliberales tienen la particularidad de levantar banderas individualistas, meritocráticas y sexistas. En contrapartida, las tramas sociales tejidas por las mujeres en diferentes espacios barriales, laborales, públicos, privados, virtuales y presenciales para sostener y sostenerse en contextos de vulneración de derechos, de violencia machista y clasista agudizados por la pandemia, son las que batallan cotidianamente por el cumplimiento de los derechos adquiridos y por los nuevos a conseguir mediante la lucha colectiva. Resultado de esa agencia feminista es que las demandas cotidianas se organizan, se militan y se transforman en políticas públicas y agitan el tiempo neoliberal instalando discursos y agendas diferentes. Por ejemplo, la marea verde en Argentina resultado de la lucha constante durante 15 años de la Campaña Nacional por el Derecho al Aborto Legal, Seguro y Gratuito reclamó el tratamiento de la ley y festejó la concreción del derecho. 

No decimos que siempre los problemas cotidianos de las mujeres se traducen en legislación protectora ni en políticas públicas, decimos que es posible que eso suceda, no porque formulemos una propuesta esperanzadora y romántica de la militancia sino porque se han multiplicado las redes femeninas, las voces que ya no se silencian y los cuerpos que ocupan las calles, visibilizando que ya no es posible seguir reproduciendo el patriarcado. Como expresa nuestra canción “Ahora que somos muchas, ahora que sí nos ven, abajo el patriarcado se va a caer, se va a caer”