La experiencia histórica de los laburantes pospandemia

Por: Antonio Oliva

Mas allá de que el preciso momento de salida del riesgo de contagio pandémico no está claro aún, se podría pensar que los y las trabajadoras de nuestro país vamos a experimentar un cambio histórico tanto en las condiciones de trabajo, como en la percepción que tenemos de nuestra actividad en la vida cotidiana. Por un lado, la crisis socieconómica se refleja en que aquellos que no han podido sostener trabajos que antes eran estables, en caso de que el mercado de trabajo los vuelva a absorber, una vez terminadas las restricciones de cuidado, dichos trabajos tendrán una situación de aumento de la productividad del trabajo en términos absolutos y relativos en condiciones de contratación más precaria, de mayor inestabilidad en el empleo y menor cobertura social alrededor de los mismos. Por otro lado, una gran masa de trabajadoras/es se verán obligados a cambiar de actividad de manera mucho más constante que antes, tendiendo mucho más que antes a una expectativa de trabajo polivalente (de un enorme abanico de tipos de trabajo) en donde se abandona (aún más) la formación experiencial en un trabajo concreto, mientras que se rota tiempos más breves de un trabajo a otro sin arraigar identidades en ninguno. El tercer aspecto, concierne a que el teletrabajo vino para quedarse, y la experiencia nos dice que esta demanda de home office, divide aún más las desigualdades de acceso al mismo que existían antes del ciclo pandémico, ya que se calcula hoy que el 70% de la fuerza laboral carece de medios técnicos o de los saberes formativos necesarios para trabajar virtual o remotamente. En general, el pensamiento abstracto que vemos en los medios de comunicación nos pinta una situación del teletrabajo en términos de oportunidades ventajosas en donde “las posibilidades de actividad y de búsqueda de empleo ya carece de fronteras geográficas a los fines de encontrar contrataciones, porque el teletrabajo nos abre posibilidades de trabajar globalmente”; lo cierto es que además de agrandar la brecha salarial y de oportunidades de empleo entre los que trabajan con esta modalidad y los que no pueden realizarlo, en la práctica, eximen al capital de proveer los medios de producción con los que las y los trabajadoras/es realizan sus tareas, y debería ser agenda del movimiento obrero (inexistente hasta el momento) exigir que el capital se haga cargo de ser capital en el campo laboral del teletrabajo. Finalmente, la pandemia y su “excepcionalidad” nos coloca en el desafío de pensar hasta qué punto los derechos tradicionales alrededor de la remuneración salarial van a mantenerse en el futuro, convirtiendo lo excepcional en estructural. El límite del capital de mantenimiento de los contratos salariales prexistente se ha roto con el aval de las organizaciones gremiales en su inmensa mayoría, y no vemos razones históricas para que luego de liberados de la situación de aislamiento y distanciamiento social, no se pretenda seguir horadando los techos laborales existentes. 

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