Pandemia y desdicha

Por: Miguel Mazzeo

Lo diremos con sincera aspereza: en muy poco tiempo los lugares comunes sobre la pandemia alcanzaron las cimas del paroxismo. ¿Qué se puede decir sobre la pandemia que no se haya dicho? Desde la izquierda y el campo popular hemos decodificado la pandemia como un contexto que nos acerca a la confirmación de nuestras certezas respecto de la inviabilidad histórica del sistema capitalista. Apelamos a unos usos oportunistas de la pandemia: nos sirve para demostrar que tenemos razón. Y no falta quien la considere como una ocasión para “acumular”.

En efecto, cada día se torna más evidente que la fórmula “capitalismo salvaje” es un pleonasmo, lo mismo ocurre con expresiones tales como “caos neoliberal”. Esa constatación reduce los niveles de contingencia. Entonces, nos recostamos en las consignas, mantenemos los rituales, nos afincamos en un espacio de interpretación del mundo (que nos brinda seguridad ontológica) y caemos en la trampa de lo absoluto, en los automatismos y las conductas repetitivas, en la escisión de la interpretación y la acción. Generamos un saber que una vez anunciado se torna inerte. El pensamiento deviene meditación. El análisis deviene parálisis. La cuarentena, la separación, la pesadez, la ansiedad, el repliegue individual, la desintegración psicosomática, hacen su parte.   

Pero el capitalismo no tiene conciencia de su decadencia y aunque nosotros y nosotras podamos acceder a esa conciencia; la verdad, triste e irrevocable, es que, en medio de la peste, no estamos en condiciones de anunciar ningún advenimiento. Somos malos y malas profetas de la catástrofe. Malos y malas, porque nuestras profecías sólo remiten a unos análisis de larga duración que, por más lúcidos que sean, no restituyen ningún sentido en el abajo. Nuestras palabras resuenan en un mundo sin eco. Nuestros espacios, aunque sean formidables reservorios de dignidad, siguen siendo pobres en materia de promesa. ¿Para qué sirve la lucidez desencantada?

Detectamos la responsabilidad del capitalismo en la producción y en la administración desquiciada de la pandemia. Percibimos con toda claridad el conflicto capital-vida. Pero ¿cuál es nuestra propuesta para contrarrestar el dominio apabullante del primero? ¿Cómo ayudamos a que ese conflicto adquiera más visibilidad de la que tiene? Lo más importante: ¿cómo hacemos de la vida una fuerza social y política?

Hace ya muchos años que convivimos con tres crisis que se retroalimentan: una crisis de carácter sistémico y civilizatorio del capitalismo, una crisis de la idea que plantea una alternativa viable (y deseable) al capitalismo y la crisis de los viejos significados del socialismo. Identificamos los signos de un mundo que desfallece, pero… ¿acaso sabemos cuánto tiempo se prolongará la sombría tristeza de ese crepúsculo? ¿Qué hacer para que el sistema exhale el último suspiro? ¿Acaso el sistema podrá producir nuevas devociones? ¿Qué vendrá en su reemplazo? ¿Qué alternativa tenemos para ofrecer? ¿Qué nuevos significados del socialismo proponemos? 

La pandemia nutre los géneros apocalípticos que dejan ver su marca en los relatos menos atados al “pensamiento mágico”. Estos géneros, lo reconocemos, son los más adecuados. Porque no quedan demasiadas dudas: de cara a lo que está por venir, esto es sólo un pequeño adelanto.

Ahora bien, ¿de qué sirve constatar la desnudez del rey si éste reina en un campo nudista? Nuestra clarividencia, pues, no sirve para nada. Mientras leemos artículos que hablan del estallido de las contradicciones inherentes al capitalismo, en el seno mismo de las clases subalternas y oprimidas se multiplican los signos del pragmatismo o del escepticismo. La racionalidad neoliberal sigue haciendo su trabajo de zapa, colonizando las subjetividades.  Entonces, para evitar un escenario de barbarie, para evitar que frente a la barbarie respondamos únicamente con el espanto y el horror… ¿no deberíamos reconocer, apesadumbrados y apesadumbradas, que lo mejor sería que las contradicciones no estallen por ahora?  

La función del pensamiento crítico es exagerar la verdad. Y la verdad es que seguimos subordinados a la racionalidad de capitalismo, sin darnos cuenta la reproducimos. La verdad es que no tenemos idea de cómo empezar a desestructurar las relaciones sociales capitalistas. Que no sabemos cómo empezar a erigir una sociedad sin explotación y sin dominación. La verdad es que, por ahora, no tenemos estrategia. No tenemos relato emancipatorio convincente y capaz de masificarse. No tenemos lenguaje común.

Entonces, mañana, cuando la pandemia termine, todo seguirá igual en un plano fundamental. Todo volverá a la “normalidad”, a una normalidad hecha de “anomalías normales”. Probablemente se pondrá a prueba, nuevamente, la enorme capacidad de regeneración de la concepción burguesa del mundo que arruina el mundo. Y, tal vez, nosotros seguiremos recostados en nuestras consignas y cómodamente instalados en nuestro espacio de interpretación del mundo, creyendo que la razón puede mover algo por sí misma, dedicados a romantizar fragmentos desinfectados, aferrándonos a las partes menos contaminadas, practicando otro tipo de aislamiento.

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