Sobre el significado histórico de la experiencia macrista

por Javier Trímboli

La cuestión de los “cortes” en la historia, se sabe, es siempre ardua. Esquiva y equívoca. Inevitable añadir, porque al menos así parece, que lo es aun un poco más en la historia argentina, en su experiencia. Decimos esto en el último tramo de julio de 2020, cuando la pandemia pone ante los ojos escenas inimaginables hasta hace apenas unos meses y nos involucra en situaciones cotidianas que suponíamos reservadas a las películas distópicas. Entre paréntesis: desde ya que este corte tampoco es limpio, quirúrgico; sin ir demasiado lejos, zoom -o sus variantes- y el e commerce ya existían desde hace rato, al igual que wasap, motivos entramados que nos ponen cerca de confirmar aquello que señalaba Marx, que “la humanidad sólo se plantea tareas que puede resolver”. Ahora bien, aunque fuera furiosamente nuevo el mundo que ya empezamos a conocer, en nuestras particulares coordenadas sudamericanas seguiremos en desacuerdo al viejo estilo. No es una mistificación, no es mero imaginario, tampoco es capricho del orden caricaturizado del relato. Tiene efectos prácticos, incluso contantes y sonantes. Desacuerdo, por ejemplo, alrededor del peronismo. Y, no obstante sean legión los que prefieren tratarlo como un accidente, el peor que padecimos, en su nombre zarandeado se anuda un montón de historia previa, de la más visible y de la invisibilizada, toda una sensibilidad. O todo por dos, justamente ése es el problema: en plan reivindicativo, amoroso, o de defenestración. El macrismo, claro, articuló a esa legión que sobre todo se constituye como tal en la trabazón con los medios de comunicación, pues a través de ellos se expresa y amplifica.

En la prosa específicamente argentina una y otra vez se ha pretendido protagonizar una ruptura, iniciar algo radicalmente nuevo y que, por lo tanto, entierre bien enterrado a lo que se quiere dejar atrás. A una cosa o a la otra. Al caudillismo, a las minorías y sus privilegios, al desierto, a la oligarquía, a las dictaduras, al neoliberalismo; por supuesto, al peronismo. Esto no ha funcionado. O pocas veces, muy pocas, logró sus cometidos, para dejarnos ante un desteñido de todas esas presencias, las de siempre. El macrismo se calzó, eufórico, el traje de lo nuevo que por fin con él advendría, al punto de que buscó desprenderse de toda filiación histórica. Pero se enchastró. Una heterogénea fuerza, más social que política, puso un poquito de arena para que así fuera, para que fracasara en su gestión de gobierno. Porque básicamente se enchastró sólo, lo que corrobora incapacidades heredadas o indica que el experimento, en lo que tuvo de debut, precisa de ajustes. Aunque algo más reducida, esa misma fuerza ni por un momento dudó que la voluntad de corte del macrismo obraba en el sentido más… ¿reaccionario o, al revés, moderno? Es decir, ¿frenando las tendencias más anónimas y a la vez determinantes de la época, sino de la historia, o en esa dirección, alentándolas? Como sea, con plena certeza de que buscaba profundizar todo lo que el mundo atrapado por el capitalismo tiene de inhumano -o de lo peor de lo humano-, que pretendía destripar, para volverla figurita tan tonta como cruel, a la idea y a la práctica de una patria. Pero nos complicamos: porque si bien no fue reelecto y rápido tuvo que abandonar la Casa Rosada y Olivos, también la residencia de La Plata que nunca habitó, en poco tiempo y sin genocidio produjo un tendal de desastres dificilísimos de componer, empezando con lo económico con sus tantas implicancias. O sea, el macrismo no fue el corte que quiso ser pero tampoco es un simple bache en una autopista que, en la invitación que me hacen a escribir estas líneas, llaman “populista”. Aunque sea otro problema, tampoco sabemos muy bien a dónde conduce, cosa que tendremos que conversar. Tentados estamos de reflotar lo del “empate hegemónico” pero, sin ser en sí mismo un dato halagüeño que exista tal cosa, sería confuso acudir a esa figura, como si estuviéramos salteando algunos capítulos de la historia que siguió a cuando se la propuso con tanto éxito. O lo de la “larvada guerra civil” que, escribía Halperin Donghi, se había iniciado en 1930 y auguraba -corrían los primeros sesentas- no iba a quedar más que topar contra la pared del callejón….

Santiago Cafiero, apenas unos días después de las P.A.S.O. de agosto del año pasado, daba esta definición: “Apetencias de consumo de mayor nivel. El macrismo es producto de ese aspiracional de consumo. Macri y Awada andando en bicicleta por el Centra Park. Esa foto es un anhelo en toda la zona conurbana, no sólo de la provincia de Buenos Aires, sino del gran Mendoza, del gran Rosario, etcétera.” Una entrevista en la revista Crisis. ¡Qué linda la politología y sus análisis! El kirchnerismo había hecho posible una calidad de vida, incluso en áreas conurbanas, que en 2001 no localizaba ni el radar más optimista; el macrismo prometió llevarla un poco más allá, bicicletas en el Central Park. Un nuevo horizonte con el que el kirchnerismo ya no se conjugaba bien, o virtuosamente como se gusta decir. Después de las elecciones de 2017 esto se desbarranca, por lo tanto la aspiración pasa a ser otra, más modesta, retrocede escalones y ahí se apela nuevamente al peronismo. ¿Será acertado lo que diagnosticaba quien unos meses después pasaría a ser jefe de gabinete del presidente Alberto Fernández? La impresión es que no le falta razón, al menos una buena pizca, lo que no morigera las ganas de pegarse un corchazo, pues si la política se ha convertido en el arte de vehiculizar de mejor forma el deseo de llegar al Central Park, estamos más complicados que lo imaginado. O estábamos, porque la “gran manzana” se alejó un poco más, un montón. Pero se trata de otra cosa. Macrismo más o menos explícito, o como se lo llame, por todo lados. Por lo tanto, decidimos mantenernos en pie con argumentos que se escapan a este razonamiento de Santiago Cafiero politólogo. Si no se lo puede ignorar, manteniéndolo a raya.

Por otra parte, aunque la crisis prepandemia -convendría no olvidarla- había limitado a diestra y siniestra “el aspiracional de consumo”, los votos y la adhesión que concitó el macrismo no mermaron ni por asomo en la misma proporción. Obvio de toda obviedad: el 40 por ciento cosechado en las elecciones últimas jamás se podría explicar por los beneficiados económicamente. Alain Badiou, que se resiste a hablar de neoliberalismo, remarca que el “deseo de Occidente” configura una subjetividad expandida, tautológica, nihilista. “El deseo de Occidente, a saber, la idea de que no hay otro objetivo en el mundo más que encontrar un lugar -el mejor lugar posible- en este agenciamiento del capitalismo globalizado”. Oscila: afirma que es una subjetividad poderosa pero también que es la liquidación de toda subjetividad. Es una mezcla de apetencias de consumos, defensas de libertades que no son mucho más que salir a correr y a vitrinear, como dicen en Chile; o manifestar odio frente a los planeros, ignorantes, delincuentes. Y contra los políticos, corruptos. Una idea de la república que si existió en el siglo XIX no fue en el nuestro, aérea como decía Bolívar. Badiou es más conciso, incorrecto también: con Occidente se remite a las sociedades liberales que apuntalan “modos de vida que permiten a las personas hacer lo que quieran, en un cierto orden de ideas: la liberación sexual, el reconocimiento de las minorías, el parlamentarismo, las elecciones, todo eso.” (Acerca del fin. Conversaciones) Viene bien que se resista a hablar de neoliberalismo porque lleva a recordar que en este rincón austral de América Latina, ese “deseo de Occidente” no es nuevo, fue poderosísimo entre las elites del siglo XIX, como fuga de una realidad hostil, como fabricación e implantación de un ideal que la niegue. El mundo como un espacio limpio, higiénico, pulcro, sin dolor. Mientras no sea así, rienda suelta a la violencia -de un tipo, de otro, de ambos- contra los que impiden la realización de ese deseo.  El macrismo fue la fórmula que encauzó en el terreno político a un movimiento de masas que liga a las clases más beneficiadas fundamentalmente con las clases medias en todos sus estratos. Movimiento que lo antecedió y que, si él se desmorona como arquitectura política, lo sobrevivirá. Si hay una novedad, entendemos que la hay, radica en esta situación que hizo posible que empresarios exitosos, CEOs, apellidos de alcurnia llegaran al gobierno sin recurrir a un golpe de Estado. El macrismo articuló el “deseo de Occidente” en la conjugación de masas que viene tomando forma desde las últimas décadas del siglo pasado. La pesadilla del kirchnerismo fue su último golpe de horno. La impresión, lo confirma una nota de La Nación de estos días que vuelve a la carga con la “fuga” de argentinos que no soportan los fracasos a los que se ven condenados en su país, es que ni siquiera la muy crítica hora que vive “Occidente” desalentará a esa posición que ya no es de minorías. Si a la crisis se la afronta con más capitalismo, barroco y a la vez puro, más goce encontrarán.

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