Cambia, todo cambia (o casi todo). Notas para pensar los catolicismos contemporáneos (y los pañuelos celestes)

Diego Mauro

Investigador del CONICET y docente y coordinador del Doctorado en Historia de la UNR. https://www.ishir-conicet.gov.ar/mauro-diego-alejandro/

Cuando hablamos de la Iglesia católica o del catolicismo solemos presuponer que se trata de un actor homogéneo y, en consecuencia, construimos sentencias del tipo: la Iglesia dice o la iglesia hace, el catolicismo quiere o el catolicismo rechaza… etc. Pero, en realidad, la Iglesia y el catolicismo están lejos de constituir una entidad uniforme. Si tuviera que definirlos rápidamente diría que son, más bien, una constelación de actores, atravesados por ideologías, tendencias teológicas, espiritualidades y concepciones sociales y políticas distintas, incluso contrastantes. Un terreno, además, en el que esas diferencias –a veces solapadas, a veces estridentes– se transforman frecuentemente en disputas y conflictos. Dicho de otra manera: un campo donde sus participantes luchan y dirimen cotidianamente la definición de las fronteras y los contenidos del catolicismo. El Papa existe, claro está, y tiene autoridad, no estoy negando eso. La Iglesia contemporánea, a diferencia de la medieval o la colonial, es efectivamente una institución centralizada, burocratizada y con una cierta capacidad de control y disciplinamiento. Pero, de nuevo, insisto, no hay que perder de vista dos cosas: primero que la autoridad –incluida la del Papa– no deja de ser recurrentemente cuestionada o, lo que es más frecuente,  desobedecida sin mayores explicaciones; segundo, que el Papado es la cabeza de la Iglesia pero también, al mismo tiempo, uno más de los actores que disputan espacios y poder en el mundo católico. Un actor importante, no hay dudas de ello, pero no necesariamente el más importante siempre ni siquiera en cuestiones dogmáticas. Desde ya, incapaz de imponer su voluntad a ese universos de grupos, tendencias, episcopados, comisiones, congregaciones, órdenes, asociaciones, universidades, ateneos, ONGs, etc. que forman parte de las estructuras institucionales de la Iglesia o se reconocen católicas. Veamos un ejemplo concreto en el marco de la pandemia. Desde Roma, Francisco pidió acompañar las medidas sanitarias de los Estados. Él mismo apoyó en Italia las políticas del gobierno. Sin embargo, ese pedido no le impidió al arzobispo emérito de La Plata, Héctor Aguer, o a la Corporación de Abogados Católicos, por mencionar dos casos, acusar al gobierno argentino de estar limitando la libertad religiosa y de adoptar posiciones autoritarias. La postura de Aguer, por otro lado, no le impidió al obispo de San Justo, Eduardo García, considerar que las católicos que pedían volver a misa tenían una fe débil, que necesitaba de los sacramentos como si fueran un Redoxon espiritual. Tampoco le impidió acusarlos de egoístas y cuestionar su pertenencia a la Iglesia puesto que pedían por las misas pero no por la educación, la salud y la ayuda a los pobres. Además, en dicha declaración, agregaba, “de muy poco servirá la reapertura gradual de los templos si no hay una reapertura radical de la Iglesia de cara a la realidad, sin ombliguismos pseudo religiosos de autocomplacencia”.

Si nos remontamos a los años setenta las grietas se escribían incluso con sangre: el provicario castrense monseñor Victorio Bonamín, por ejemplo, alentaba ideológicamente y ofrecía contención espiritual a quienes se encargaban de torturar y asesinar a otros miembros de la Iglesia. Ambos, obviamente, se reivindicaban católicos y tenían sus razones. Con esto, a lo que quiero llegar, es que uno de los principales desafíos que enfrenta cotidianamente la Iglesia católica contemporánea como institución global es justamente la de la unidad. Una unidad que damos por supuesto cuando predicamos inocentemente cosas que pensamos hace o dice la Iglesia y/o los católicos.

Cambios y permanencias

Otro obstáculo importante para entender el mundo católico es el supuesto de la permanencia. La idea harto repetida de los “2000 años de historia”. Es cierto que desde lejos puede parecer que las cosas no cambian mucho en la Iglesia, en parte porque los Papas y los obispos se encargan de repetirlo. Pero basta mirar con atención cualquier aspecto institucional, teológico o incluso doctrinal para que dicha ilusión se disipe. Sin ir más lejos, durante la segunda mitad del siglo XIX, el matrimonio civil fue decididamente combatido por obispos y sacerdotes para luego, sencillamente, ser aceptado, al punto que hoy es algo que ni siquiera se les ocurriría considerar cuestionable a la mayoría de las y los católicos. De igual manera, por entonces se consideraba que el Estado moderno y el nacionalismo era enemigos feroces que había que enfrentar sin concesiones. Solo unas pocas décadas después, en uno de los virajes sin dudas más impresionantes en la historia del catolicismo contemporáneo, fueron aceptados y, de hecho, se convirtieron en aliados estrechos en muchos países. En el terreno de la cuestión social, por su parte, los cambios fueron igualmente acentuados: de combatir toda organización sindical se pasó en poco más de medio siglo, tras el papado de León XIII, a alentar el sindicalismo católico y a aceptar el derecho de huelga. Por supuesto, en coexistencia con sectores que, en cada caso, siguieron defendiendo las ideas precedentes sin por ello dejar de ser parte de la Iglesia. Por otro lado, si miramos la posición de la Santa Sede y de los episcopados nacionales sobre los partidos políticos católicos a lo largo del siglo XX, las posturas se multiplican al infinito: si, no, a veces, nunca, un poco, jamás, de vez en cuando, si pasa tal cosa, si pasa tal cosa pero no pasa tal otra, etc.  Un último ejemplo más reciente: como arzobispo de Buenos Aires, Bergoglio consideró hace apenas diez años que la ley de matrimonio igualitario era parte de un plan del Diablo. Solo unos años después, como Papa, comenzó a abogar por una postura de comprensión hacia la comunidad LGTB. Asimismo, a lo largo de estos años, las diferentes posturas al respecto, no impidieron –más allá de resistencias y objeciones–  que se avanzara con una pastoral específica para mujeres trans.

A todo esto, las y los especialistas –historiadores, sociólogos, antropólogos– le llamamos secularización interna que quiere decir, sencillamente, que las instituciones religiosas cambian en diálogo y en interacción con las sociedades de las que forman parte. Dicho con total simpleza: que tienen historia, como cualquier otro fenómeno, y que esa historia no es hegeliana o escatológica –es decir, no sigue un plan de Dios o un sentido lineal y trascendente–. Es, en todo caso, el resultado de una infinidad de vectores que es preciso desentrañar en cada caso.

Por tanto, uno de los principales desafíos cotidianos de la Santa Sede es encontrar, frente a tantos cambios y tanta diversidad interna, algunos mojones que delimiten una identidad, tracen una frontera y generen un sentido de pertenencia. De nuevo: con esto no estamos negando la existencia de un fondo doctrinal y ritual específico sino su insuficiencia para dar encarnadura a una identidad más o menos definida en la vida cotidiana. Un católico puede ser y hacer casi cualquier cosa. Puede ser de izquierda o de derecha, escuchar chamamé, jazz, cumbia o tango. Puede ir a misa todos los días, los domingos o nunca. Puede ayudar a los demás o quedarse en su casa. Puede recibir los sacramentos con regularidad o en contadas ocasiones. Puede apoyar la intervención del Estado en la economía o exigir la total desregulación de los mercados. Puede ver filmes de acción y/o comedias románticas. Puede rezarle a María, a Jesús y/o a algún santo tanto como puede invocar al Gauchito Gil, a la Energía o a la Difunda Correa. Puede no rezar en absoluto. Puede creer que los milagros forman parte de la vida cotidiana o puede considerar que son fenómenos totalmente excepcionales. Puede casarse o permanecer soltero. Puede tener muchos hijos, pocos o ninguno. Es cierto que el uso de la mayoría de los métodos anticonceptivos no es doctrinalmente aceptable, pero para el grueso de los fieles y también del clero se trata de algo permitido… y así podríamos seguir…

El problema entonces es, una vez más, cómo se delimita lo católico. Qué quiere decir ser católico hoy en día.

Una piedra firme para edificar “una” Iglesia. La interrupción voluntaria del embarazo (IVE) y la unidad del catolicismo

Los últimos años demostraron que la oposición a la ley de la IVE es considerablemente popular entre las y los católicos. Obviamente, hay excepciones y, claro está, las mujeres católicas también abortan. Acompañadas, en muchos casos, incluso, por laicos, curas, religiosos y religiosas. Pero en términos de posicionamiento se trata de un tema en el que, a diferencia de tantos otros, predominan las coincidencias. En todo caso, las diferencias son de énfasis y de forma más que de fondo.  Hay quienes mantienen una postura condenatoria y estigmatizante, y quienes, por el contrario, acompañan y alientan una actitud más comprensiva y moderada, en sintonía con la posición de Francisco. De hecho, desde 2016, la Santa Sede introdujo un cambio importante: el aborto dejó de ser un pecado que debía ser absuelto por un obispo o un delegado especial para pasar ser una falta perdonada por cualquier sacerdote. Un cambio que, desde la otra orilla puede parecer cosmético, pero que en realidad implica una transformación sustantiva en la forma en que las mujeres católicas sobrellevan la realidad de sus abortos. En este sentido, la posición misericordiosa y menos estigmatizante que impulsó Francisco implica flexibilizar el perdón y adaptar la Iglesia frente a una realidad innegable y a una batalla que se sabe perdida. No obstante, al mismo tiempo, dicha postura no deja de subrayar la gravedad de la falta y de esa manera la convierte en una de las pocas cosas aceptadas por el grueso de la feligresía y, más importante aún, por la mayoría de los sectores y tendencias dentro de la Iglesia. No deja de haber voces disidentes, claro está, como ocurre con las Católicas por el derecho a decidir o con algunas teólogas feministas, también con algunos fieles, pero en líneas generales el rechazo a la IVE es por ahora considerablemente generalizado y funciona, en cierto modo, como una poderosa fuerza centrípeta que unifica y mantiene cohesionada la constelación de grupos y tendencias: desde los Curas en opción por los pobres, de posiciones sociales y económicas en muchos casos de izquierda, hasta los sectores más tradicionalistas que quieren volver a celebrar la misa en latín y defienden las posturas pro mercado de Juan Pablo II. Se trata, además, de una bandera que ha vuelto a poner a los católicos en las calles y a movilizar a muchísimas jóvenes católicas que encuentran allí una bandera para agitar con orgullo, una marca de identidad que se yergue con fuerza frente a unos otros que, ahora sí, se dibujan con más nitidez. Se lo vio en las movilizaciones del 2018 y en los congresos y encuentros de la juventud organizados en Argentina desde entonces. Se trata, además, de una disputa en la que, simbólicamente, los católicos han logrado construir consignas potentes como “A favor de la vida” o “Defendiendo la vida”. Por supuesto, todo esto no quiere decir que, en el futuro, este fervor no pueda declinar o que la postura doctrinal de la Santa Sede no cambie, como ha ocurrido tantas veces, pero, de momento, me inclino por pensar que la lucha contra la IVE seguirá en pie y se mantendrá en un lugar relevante. Entre otras cosas, porque se trata de una batalla que va mucho más allá de la cuestión del aborto en sí mismo. Mirada en perspectiva histórica, se trata una lucha estratégica para la cohesión de la Iglesia. Un combate decisivo para doblegar, hacia adentro, la tensa diversidad que constituye al catolicismo. Muy pocas cosas pueden cumplir esa función centrípeta. Parece poco probable que quienes ocupan la silla de Pedro renuncien a ella, al menos mientras haya tantos, laicos, clérigos, religiosos y religiosas dispuestos a llevar en alto el pañuelo celeste.    


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