Apuntes para pensar la historia del trabajo doméstico

Por Inés Pérez (CONICET-UNMdP)

Si hubiera escrito este texto hace algunos años, probablemente hubiera empezado con una pregunta acerca de qué es el trabajo doméstico. La fuerza que ganó el feminismo en el último tiempo hace que hoy esta categoría circule en distintos ámbitos y que, entonces, ese inicio ya no sea necesario. Actualmente es poco frecuente que alguien ponga en duda que cocinar, limpiar o cuidar a otrxs sea “trabajo”, aún si quien realiza esas tareas no recibe una remuneración a cambio, porque demandan tiempo y esfuerzo, y porque son necesarias para sostener la vida. Sin embargo, sí es habitual que se lo piense a partir de dos imágenes que lo deshistorizan. En la primera, se lo presenta como una actividad siempre igual a sí misma. En la segunda, se supone que, gracias al desarrollo tecnológico, progresivamente nos acercamos a un mundo sin trabajo doméstico. ¿Qué limitaciones traen estas miradas? ¿Qué implica pensar el trabajo doméstico desde una perspectiva histórica?

En la primera imagen, las mujeres siempre nos ocupamos del trabajo reproductivo, desde las sociedades preindustriales al capitalismo postindustrial, permitiendo así que los varones pudieran realizar otras actividades socialmente consideradas más valiosas. La acentuación de las continuidades redunda en que perdamos de vista cambios sustantivos que hacen tanto a la noción de trabajo como a la de domesticidad. Aquello que consideramos “doméstico” no estuvo separado del resto de las actividades hasta los tiempos modernos. Tanto en términos físicos como conceptuales, la división de las esferas “productiva” y “reproductiva” solo se produjo con el capitalismo. También fue solo en ese marco que el trabajo -realizado en el mercado- ganó una valoración positiva, y el salario se volvió el canal central de acceso a los bienes necesarios para subsistir y, aún más, a los derechos vinculados a la seguridad social. Cuando hacia fines de la década de 1960 distintas feministas comenzaron a problematizar la división sexual del trabajo y a difundir consignas como la de “salarios para las amas de casa”, lo que estaban cuestionando era la exclusión de una gran masa de mujeres del mercado laboral y, por tanto, de los derechos reconocidos a “los trabajadores”. Pensar el trabajo doméstico en clave histórica requiere situarlo en contextos específicos, en relación a actividades realizadas contemporáneamente por distintos actores sociales y a las desigualdades estructuradas en torno de su categorización.

La segunda imagen presenta una evolución lineal del trabajo doméstico que también le quita historicidad. De acuerdo a esa lectura, gracias a la incorporación de electrodomésticos, productos de limpieza y alimentos precocidos, estamos recorriendo un camino que llevará a la liberación de la pesada carga del trabajo del hogar. Sin dudas, las condiciones materiales en las que se realiza el trabajo doméstico han cambiado sustancialmente a lo largo de los últimos dos siglos, aunque esos cambios hayan tenido menos que ver con la incorporación de esos productos que con las transformaciones en los modos de habitar y la provisión de servicios como la electricidad o el agua corriente. Ahora bien, si la historia del trabajo doméstico es la de sus condiciones materiales, se trata de una historia de profundas desigualdades. La provisión de servicios disminuyó el esfuerzo requerido por estas tareas, pero su extensión estuvo atravesada por fuertes asimetrías sociales y regionales, que aún se observan en el presente. En Argentina, la red de electricidad se extendió más rápidamente que la de otros servicios, como el gas natural o el agua corriente, alcanzando al 69% de los hogares para 1960. Sin embargo, casi veinte años después, en 1979, mientras aproximadamente el 32% de la población de la provincia de Buenos Aires contaba con agua corriente, solo el 17% de la de la provincia del Chaco estaba cubierta por este servicio (1). 

De todos modos, las tecnologías domésticas solo afectaron los tiempos de trabajo de manera marginal. El acceso masivo a los electrodomésticos se produjo entre mediados de los años cincuenta y mediados de los setenta, de la mano de discursos que, al tiempo que prometían que los nuevos bienes aliviarían a las amas de casa, les demandaban una mayor dedicación al hogar. Un manual de instrucciones para el uso de un secarropas publicado en 1974 resulta ilustrativo. Allí se prometía a la flamante compradora que gracias a este producto “durante mucho, mucho tiempo solo tendr[ía] satisfacciones… y mucho, mucho más tiempo libre para dedicarlo a los suyos”(2). El tiempo “liberado” debía ser utilizado en el hogar, en buena medida, porque la incorporación de los nuevos artefactos fue de la mano de un aumento en los estándares a partir de los que se evaluaba el trabajo doméstico y de los que, en buena medida, dependía la respetabilidad del hogar y el estatus social de sus integrantes. La difusión de los lavarropas, por ejemplo, conllevó la expectativa de que la ropa se lavara con mayor frecuencia. Muchas veces, además, las tareas que los electrodomésticos evitaban eran relativamente pocas: hasta la aparición de los automáticos, usar un lavarropas requería cargar y desagotar el agua, tanto para lavar como para enjuagar la ropa, y luego escurrirla manualmente. Finalmente, hay tareas que requieren una fuerte implicancia personal de quien lo realiza, como el cuidado, y por tanto son difícilmente mecanizables(3).

Si hay algo que permitió reducir el tiempo dedicado al trabajo doméstico fue la posibilidad de compartirlo o delegarlo en otras mujeres, y eso, las más de las veces, a costa de una fuerte desigualdad no solo entre varones y mujeres, sino también entre mujeres. Como ha mostrado Dolores Hayden, hacia fines del siglo XIX y comienzos del XX, distintas mujeres diseñaron espacios domésticos que permitían una mayor socialización del trabajo doméstico, con cocinas colectivas en las que las mujeres se turnaban para preparar los alimentos de varias familias, aumentando así la productividad del trabajo realizado(4). Esos diseños domésticos, sin embargo, no llegaron a concretarse y, en cambio, triunfó un modelo de vivienda unifamiliar que limitó la posibilidad de socializar el trabajo doméstico y disminuir, así, el tiempo individualmente empleado por cada mujer en esa actividad. 

Por otro lado, la provisión pública de cuidado aún hoy es muy insuficiente. La Ley de Contrato de Trabajo, sancionada en 1974, preveía la creación de salas maternales en aquellos establecimientos que emplearan a más de cincuenta trabajadoras. Sin embargo, esa disposición nunca fue reglamentada. En los últimos años, el feminismo logró instalar el cuidado en la agenda pública, pero esto, al menos por ahora, no se ha traducido en políticas integrales de cuidado. En ese contexto, la posibilidad de reducir el tiempo dedicado al trabajo doméstico estuvo -y está- fuertemente marcada por la clase social: quienes pueden pagarlo, recurren a servicios privados de cuidado; quienes no, recurren a sus redes familiares y personales sostenidas, por lo general, por adultas mayores o a niñas y jóvenes(5). Solo quienes pueden el tiempo dedicado al trabajo doméstico y los cuidados a un costo razonable tienen una posibilidad real de participar en el mercado de trabajo que, además, no es el mismo para todas. Para aquellas que, por cuestiones de clase, origen migratorio, edad, solo pueden acceder a empleos que pagan lo mismo que cuesta el cuidado que realizan de modo no remunerado, la ausencia de opciones públicas de cuidado por lo general redunda en un razonamiento -el de que están “cambiando la plata”- que las aleja de la posibilidad de un salario y de los derechos a los que -cada vez menos- da lugar. En 2017, las mujeres participaban del mercado de trabajo un 31% menos que los varones y, en cambio, un 54% más que ellos en el trabajo no remunerado(6).

Ahora bien, ¿quiénes son las mujeres en las que se delega el trabajo doméstico y los cuidados? Se trata, centralmente, de trabajadoras del hogar. El concepto de “trabajo doméstico” fue clave para subrayar el aporte de las mujeres a la economía, explicar que su menor participación en la esfera pública no respondía a elecciones individuales sino a limitaciones estructurales, y mostrar el sustento material de las desigualdades de género(7). El hecho de que actualmente el uso de esta noción sea más corriente, sin embargo, no se ha traducido en un reparto más igualitario del trabajo, ni en un reconocimiento de derechos para las personas que lo realizan. Nos acostumbramos a llamar “trabajo” a esas tareas pero sin pensar en las implicancias de esa denominación. 

La historia del trabajo doméstico es también la historia de los derechos y las condiciones de trabajo de quienes lo realizan a cambio de un salario. En Argentina, la Ley de Accidentes de Trabajo en 1915 fue la primera que reconoció la desigualdad de las partes que contratan cuando el objeto de la negociación es la fuerza de trabajo. A partir de entonces, se legislaron diferentes normativas que incorporaron distintos derechos laborales al ordenamiento legal. Las trabajadoras de casas particulares fueron tardía y limitadamente incluidas en buena parte de ellos. La sanción en 1956 del Estatuto que reguló esta actividad hasta hace pocos años no hizo sino cristalizar esas limitaciones, justificadas en una definición del trabajo doméstico que lo caracterizaba como no productivo, no calificado y realizado en el mundo privado, una suerte de “no trabajo”. Solo en 2013 se aprobó una nueva ley para el sector que buscó equiparar sus derechos con los de los demás trabajadores. Sin embargo, las altas tasas de informalidad aún siguen restringiendo fuertemente el acceso de las trabajadoras a esos derechos(8).

Hay múltiples aristas que hacen a la historia del trabajo doméstico: la de su conceptualización, su relación con otras actividades, las condiciones materiales en las que era realizado, los derechos a los que daba o no lugar, las desigualdades que lo atravesaban. Su análisis permite alejarse de imágenes simplificadas que, al sacarlo de la historia, nos impiden identificar la especificidad de las desigualdades que lo estructuran en la actualidad y pensar los modos de desarticularlas.

Notas

(1) Estos porcentajes son aproximados. Surgen del cruce de la población cubierta por el servicio de agua corriente indicado en el Anuario Estadístico de la República Argentina 1979-1980 y el Censo Nacional de Población y Vivienda de 1980.

(2) Manual de instrucciones para el buen uso de la secadora Koh-I-Noor, 1974.

(3) Inés Pérez, El hogar tecnificado. Familias, género y vida cotidiana (1940-1970). Buenos Aires: Biblos, 2012.

(4) Dolores Hayden, The Grand Domestic Revolution. A History of Feminist Designs for American Homes, Neighborhoods, and Cities. Cambridge and London: MIT Press, 1981.

(5) Una problematización de las desigualdades que surgen de esa distribución del trabajo puede verse en Hilda Habichayn, “Género, edad avanzada y pobreza”, Zona Franca, Año XIII, No. 14, 2005.

(6) “Mujeres en el mercado de trabajo argentino”, Equipo de Mercado de Trabajo. Dirección General de Estudios Macroeconómicos y Estadísticas Laborales, Ministerio de Trabajo, Empleo y Seguridad Social de la Nación, 2018.

(7) Susan Himmelweit, ““El descubrimiento del trabajo no pagado. Las consecuencias de la expansión del trabajo”, en Dinah Rodríguez y Jennifer Cooper (comps.), El debate sobre el trabajo doméstico. Antología. México, UNAM, 2005.

(8)  Inés Pérez, Romina Cutuli y Débora Garazi, Senderos que se bifurcan. Servicio doméstico y derechos laborales en la Argentina del siglo XX. Mar del Plata: Eudem, 2018.

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