Acerca de Pablo Suárez

Lic. Pablo Ernesto Suárez, (1968) Licenciado en Historia por la Universidad Nacional de Rosario, Santa Fe, Argentina.

Un pasado para los millennials

Destacado

por Pablo Suárez

Hubo un tiempo en que las personas usaban diccionarios. Diccionarios impresos. Algunos de esos diccionarios incluían en sus últimas páginas: mapas, las banderas y “voces latinas”. Y ahí aprendíamos cosas como “alea jacta est”, “veni vidi vici” “res non verba” “sui géneris”, entre otras.

Días atrás, en el trabajo recibimos una gacetilla de prensa de un grupo de rock que informaba sobre su trayectoria. Allí, como es habitual en una banda “chica” se mencionaban las bandas con las que habían compartido escenario y apareció una que nos llamó la atención: “Box day”. Al pronunciarlo mentalmente nos quedó claro que la transmisión oral había jugado una mala pasada a la lengua viejo imperio romano, en beneficio de la nueva Roma, quedando claro para los más viejos que la banda en cuestión era Vox Dei, la legendaria banda argentina de Soulé, Quiroga y Basoalto. Si hubiera pasado hace unos años, está claro que incluso alguien que no conociera “Cuero caliente” o “Jeremías pies de plomo” hubiera escrito “vox dei” al escuchar ese nombre. 

Lección número uno: queda claro que en la lengua cotidiana, los espacios que quedan vacantes o incógnitos, los llena el inglés. 

Pero tuve una sensación rara: me di cuenta de que estaba mejor preparado para asumir la jubilación de Vox Dei (la banda) que la de las -por cierto más antiguas- expresiones latinas más célebres.

Quien cometió ese error, evidentemente ha cortado unos lazos con el pasado, lazos que nosotros todavía mantenemos. Con un pasado cercano y con uno lejano, al que muchos de nosotros creíamos eterno, secula seculorum.

Y ahí nomás se me ocurrió esta teoría: con la aparición de los millennials, estamos ante la primera generación de la historia que cree saber más acerca del futuro que acerca del pasado.

Atención, no dije “que se identifica más con el futuro, o que se siente más cerca del futuro que del pasado”, lo cual sería una actitud compartida con muchas generaciones o muchas personas en la historia de la humanidad; simplemente creo que como resultado de ciertas construcciones discursivas que circularon fuerte en la sociedad reciente, no sólo se interesan más en el porvenir que en lo ya sucedido, sino que tienen para sí que efectivamente conocen más el futuro, podrían describirlo con mayor precisión y detalles, que lo que podrían decir de un pasado que no sólo ignoran, sino que además creen innecesario conocer.

El pasado

La primera operación fue degradar el pasado. En la voz de un liberalismo que (astutamente) se borró del relato para exculparse de las cosas que salieron mal, el pasado quedó asociado a la decadencia, a lo que se hizo mal, o a lo que se hizo bien pero salió mal. Allá lejos quedó, como una serie de fracasos amontonados. El desarrollo tecnológico y sus notables cambios recientes arrojan sobre los objetos pasados, incluso por ejemplo sobre celulares “antiguos”, una pátina de vejez que da ternura, nostalgia… y lástima por nosotros y nuestras carencias de entonces -que en definitiva no eran tales-.

El toque meritocrático vino a culminar la operación, haciendo creer a muchos de estos jóvenes que todo lo que tienen (ojo, tampoco es que son líderes de la galaxia) es lo que ellos mismos pudieron procurarse, entonces ¿para qué estuvo el pasado? para generar un piso inestable donde esta generación de emprendedores autofundados no puede hacer pie, para dejar una sarta de trastos inservibles que será necesario remover para poder avanzar. 

Aunque no es generalizable (obviamente), incluso algunas expresiones de la cultura política de estos años han procedido de un modo no menos particular: van al pasado a buscar un par de reliquias, las cuelgan en el espejito retrovisor, como íconos, pero desconocen las experiencias pasadas y abordan áreas de acción como si nunca nadie hubiera transitado ese camino. Reconocemos desde ya que efectivamente hay formatos que son absolutamente nuevos, y que la renovación es total y frenética; facebook ya es viejo, twitter también, y en cualquier momento, Instagram sucumbirá a manos de otro invento. Pero hay muchas cosas que siguen siendo iguales, sólo hay que mirarlas bien.

Las clases medias de los países periféricos como el nuestro, que pretenden vivir subidas al tren del consumo, viven condenadas a ser testigos de la brutal rapidez con que el presente se hace pasado incluso en objetos de uso cotidiano. Es verdad que no se puede vivir del pasado evocativo, pero hay que asumir que para muchos jóvenes es duro vivir en un capitalismo que los condena a vivir un presente demorado, que no es lo mismo que un futuro.

_Pude comprar la Play Station.

_¡qué bien!

_La cuatro.

_¡qué mal!

Pero atención, ignorar sobre nuestro pasado no está mal, ni es sancionable moralmente. Conocerlo ni siquiera blinda la posibilidad de repetir malos caminos transitados. Está ahí, más vivo de lo que muchos creen, pero sólo responde a quienes lo interrogan, como dijo José Luis Romero. Pero es algo de lo que podemos prescindir

El futuro

Por otro lado, hay una gran variedad de discursos sobre el futuro que han logrado arraigar en muchos encuadres culturales, algunos con gran presencia mediática. Las ficciones basadas en mundos futuros no son una idea nueva, pero creo que han logrado investirse de un carácter “prefigurativo” del que antes carecían. La rapidez y profundidad de las innovaciones tecnológicas ha demolido la incredulidad y ya todo parece posible. La publicidad ha ayudado a instalar el porvenir como un valor positivo per se; “el futuro” no solo es inevitable, sino que va a ser mejor que este presente y si las empresas que ya llegaron son exitosas y triunfadoras, pues parece que eso no está en discusión. 

Quizás la rapidez de la evolución tecnológica ha hecho que la depreciación del pasado haya logrado instalar a este presente como un futuro ya no relativo sino absoluto. Este es el futuro, por eso lo conocemos mejor, porque estamos dentro y  porque lo estamos viviendo. Esta percepción puede funcionar como una traba a las perspectivas de cambio en el sentido en que si “ya llegamos” al futuro, ¿qué sentido tiene imaginarlo abierto a las transformaciones? 

Por eso es necesario dejar abiertos todos los debates sobre los futuros. Para recuperar la dimensión histórica de la vida y la capacidad transformadora de la humanidad. Ahí está el libro de Ezequiel Gatto que compila muchas de las ideas al respecto, incluyendo las suyas propias en un libro orientado más bien a aportar a ciertos debates políticos. Pero de alguna manera, a ese libro no dejo de verlo como un programa “de máxima”, como se decía -perdón- antes.

Como historiadores hay algo que debemos preguntarnos ¿Cómo debemos encarar la comunicación de la historia en este contexto? Si esta generación y las que vienen -como propongo provisionalmente- cree saber más sobre el futuro que sobre el pasado, en algún momento, debemos incluir el futuro en nuestra secuencia y en nuestra Historia (con mayúsculas), suspender un momento la búsqueda de “las raíces” de un presente tan duro, crítico y por momentos, caótico. Quizás en una triangulación con el futuro, podamos hacer más cordial una vuelta al pasado, con una mirada crítica, o hipercrítica si queremos, pero con la esperanza puesta en que de ese “rebote” surja una mirada sobre la sociedad en que vivimos y las formas en que ha llegado a ser lo que es. Conjugar esos vectores de ida y vuelta en el tiempo será una tarea necesaria si queremos construir debates y opiniones por fuera del ghetto académico o de los núcleos de nostalgiosos evocativos que abundan en las redes.

América Latina entre la reforma y la revolución: de las independencias al siglo XXI

Destacado

América Latina entre la reforma y la revolución: de las independencias al siglo XXI, de Marta Bonaudo, Diego Mauro y Silvia Simonassi, es un libro recientemente editado por la Editorial Síntesis de Madrid. En esta obra pretendimos recuperar –para un público amplio- los hilos que recorren las experiencias de reformas y revoluciones que atravesaron América Latina en un período amplio, entre las independencias del siglo XIX hasta los denominados “gobiernos progresistas” de principios del siglo XXI.

En ese transcurrir, las sociedades latinoamericanas estuvieron atravesadas por grandes cambios que analizamos en los seis capítulos que componen la obra: los avatares de la ruptura del orden colonial, los momentos de aceleración de reformas políticas democráticas, la expansión de las conquistas sociales y laborales, las grandes transformaciones en los procesos de acumulación y los estallidos revolucionarios que, desde la Revolución Mexicana a principios de siglo hasta la Sandinista de 1979, pasando por la Boliviana de 1952 y la Cubana de 1959, reconfiguraron de diversas y múltiples maneras a sus respectivas sociedades.

El proceso revolucionario cubano resulta uno de los puntos de inflexión en la historia de las revoluciones latinoamericanas, pues, recuperando tradiciones y legados, hizo posible la instalación del socialismo en la isla, abriendo una etapa de radicalización política e intensa movilización social que impulsó la conformación de organizaciones armadas, la expansión de luchas obreras, tomas de tierras y sindicalización campesina, debates políticos ideológicos originales y novedosos, en diversas regiones latinoamericanas. En esos sitios, las lecciones de la revolución cubana se leyeron también en clave de las propias tradiciones heredadas, de las huellas del pasado en ese presente de optimismo por la transformación social que contagiaba Cuba.

El libro repone también las diversas respuestas que las clases dominantes y las potencias hegemónicas desplegaron contra los procesos de reforma o revolución, mucho antes de que el “peligro” se instalara a pocas millas de Estados Unidos, con la revolución cubana declarada socialista. Pero a partir de entonces, las reacciones devinieron en una escalada represiva que con diferentes ritmos y bajo disímiles modalidades, recorrió el subcontinente. Así, la Alianza para el Progreso como modo de anticiparse a los estallidos revolucionarios y como política de disciplinamiento y control; la Doctrina de la Seguridad Nacional y la Escuela Francesa adiestrando a las Fuerzas Armadas latinoamericanas que desplegaron inusitadas dosis de terror y represión estatal y el neoliberalismo, que desde el Pinochetismo en adelante procuró disciplinar y modificar las relaciones entre el Estado y la sociedad y la correlación de fuerzas entre las clases, resultaron poderosos intentos por frenar la lucha, la movilización y la organización de los sectores populares.

El libro deja abiertas reflexiones en torno al carácter de los movimientos sociales y los gobiernos “progresistas” que se instalaron en América Latina a principios del Siglo XXI, algunos de los cuales hunden sus raíces en las movilizaciones contra el neoliberalismo y sus trágicas consecuencias para amplias capas de la población latinoamericana. Abre interrogantes sobre el carácter novedoso de algunas prácticas, pero permite visualizar también las continuidades en tradiciones de lucha, en acumulación de fuerzas y experiencias del pasado traducidas a los nuevos contextos. Muestra que, a pesar del relativamente escaso tramo de siglo transcurrido, las reformas impulsadas por algunos de esos movimientos sociales y organizaciones políticas han sido ferozmente respondidas, como es el caso de Brasil y Bolivia.

El libro muestra también que por momentos la historia se acelera, el tiempo histórico se torna impredecible y los cambios escasamente imaginados o largamente perseguidos se tornan posibles. Algo de esto acontece en la coyuntura en la cual el libro se presenta en sociedad: en el momento en que la derecha golpista boliviana fue derrotada en las urnas tras lacerar al pueblo indígena y campesino. Y cuando se cumplió un año del inicio de la revuelta que exhibió el hartazgo del pueblo chileno contra décadas de neoliberalismo, sintetizado en la consigna: “no son treinta pesos, son treinta años”, haciendo alusión al hecho puntual que dio origen al salto de molinetes en el metro de Santiago de Chile y que se convirtió velozmente en una impugnación total al régimen heredado de la dictadura de los setenta.

Para más detalles:

https://www.sintesis.com/temas%20de%20historia%20contempor%C3%A1nea-310/am%C3%A9rica%20latina%20entre%20la%20reforma%20y%20la%20revoluci%C3%B3n-ebook-2867.html

La buena educación, la buena civilización, y la guillotina islamista

Destacado

por Marco Anglese

Leía, hace unos días -en parte por twitter, y en parte por Infobae y Página 12 (que por momentos son bastante menos rigurosos que la red del pajarito)– la noticia del docente decapitado en Francia.

Por defecto profesional, me tomé la molestia de buscar en medios franceses –Le Monde, Liberation, entre otros– algo mas sobre el caso. En todos se llega a la misma conclusión: el docente “modelo” que, dando una clase sobre “libertad de expresión” ante alumnos de un cuarto año -y previa invitación a retiro a los piadosos (porque, además, la bonhomía del difunto llegaba hasta ese tipo de particular sensibilidad)-, fue primero criticado abiertamente por un comité de padres –inclusive algún que otro exaltado-, luego “traicionado” por alumnos que lo identificaron, y finalmente asesinado por un inmigrante checheno de 18 años que no tenía conexiones con el establecimiento –y que había admitido orgullosamente el crimen por redes sociales-. La conclusión –provisoria, a la luz del rosario de erupciones islamistas de los últimos años en el Hexágono (donde entran los sucesos de Charlie Hebdo y Bataclan, entre otros)– está en la muerte del homicida por las fuerzas del orden y la detención del padre exaltado, de algún predicador de banlieue, de la caza de islamismos críticos y de los consabidos sambenitos de Macron sobre el laicismo y el antiterrorismo, las condenas a la barbarie, las juras y perjuras sobre la luminosa civilización francesa –que parecen salidos de Tin Tin-, etcétera etcétera.

Varias reflexiones a contrapelo me surgen, pero trataré de de condensarlas en dos.

La primera, es cómo ciertos medios entienden la educación menos como transmisión de sus propios imaginarios a sujetos dóciles, que como el contraste y el conflicto entre diversos imaginarios y realidades[1]. O, siendo mas prosaico: ¿porque los docentes que explicaban la desaparición de Santiago Maldonado y la cuestión mapuche por fuera de conspiranoias eran “militantes” o “lavadores de cerebros”; mientras que un docente que problematiza la libertad de expresión con una caricatura burlona y una concepción de la religiosidad digna de un ateo de mira estrecha[2], resultaría un docente “ejemplar”? Quizás la docencia consista no en transmitir un saber impoluto o en relativizar, sino en dialogar críticamente, en pensar y enseñar a pensar al mismo tiempo. Algo que, por lo visto, le cruje a un laicismo asediado por el hecho de que entre ellos y sus desamparados se genera una grieta cada vez mas profunda –no es casualidad el ascenso de ciertas religiosidades con el asedio a las condiciones de vida y de trabajo de muchos sectores sociales, tanto nativos como inmigrantes, tanto en Medio Oriente como en Europa-.

La segunda consiste en repensar la entrada –o permanencia, dado que Huntington parece renuente al retiro, a pesar de maldecir a los Bush y los Trump del mundo– del “choque de civilizaciones”. Porque, amén de que se puede hablar sobre libertad de expresión con algo mas interiorizable, menos clasista[3] y con mayor potencia crítica que una mala caricatura sobre un referente religioso del siglo VII, la pregunta por el lugar de enunciación tiene lugar. Y no sólo porque Francia es una productora ingente de literatura académica sobe islamismo mucho mas edificante que una mala viñeta; sino por el lugar dado a esa producción. Si la Ilustración da vueltas, reflexiones y giros sobre la comprensión de un suceso, para que luego la educación –y su supuesto conductor, el “docente ejemplar”– se haga con los criterios de una madrasa pakistaní, me temo que todo el cacareo sobre los valores de Occidente termine como el final de Planet Of The Apes.


[1]    Acá vino muy bien la lectura de https://fuelapluma.com/2020/10/19/vicios-del-debate-educativo-en-los-medios-de-comunicacion/ . Por supuesto, la libertad de interpretación y los vicios subsiguientes son de mi exclusiva responsabilidad.

[2]    Me refiero a cierto ateísmo que, no conforme con la definición llana del término –es decir, la del no creyente en Dios-, necesita reafirmar cierto identitarismo a partir de la caricaturización del otro: en este caso, vía oposición entre el ateo “racional” y “lógico” frente al creyente “irracional”, “ignorante” y supersticioso. Francamente, creo que la diferencia entre ese tipo de ateo dawkinista, el liberaludo que cree refutar con “datos puros” y el islamista que cita profusamente el Corán para autojustificarse, resulta mas de forma que de fondo.

[3]    Cuando hablo de clasismo en este caso, hablo de cierto tipo de crítica que apunta –bajo el mismo tamiz de “racionalidad”– mas a la creencia cotidiana del común que hacia las responsabilidades instiutucionales. Por ejemplo, sería mucho mas edificante tratar las relaciones entre islamismo y libertad de prensa pensando en las contradicciones económicas de quienes controlan al actual multicampeón de la Ligue 1 y actual subcampeón de la Champions League masculina –empezando por la tensión entre la creación de Al Jazeera y la existencia de una legislación basada en la sharia-. Quizás una crítica plausible al docente –que no tiene porqué significar un irrespeto a un asesinado– podría ir, como en el caso de Charlie Hebdo, hacia gente que resulta menos “librepensadora” que unos vulgares bufones de poderes establecidos -con el agravante, en este caso, que el docente se supone exhortado a fomentar una reflexión mas fecunda que la de una publicación satírica, por una cuestión profesional-.

Macri para historiadores

Destacado

Pablo Ernesto Suárez (Publicado originalmente en Rosario/12)

Nos guste o no el sentido en que las políticas del gobierno de Macri transformaron al país, no caben dudas de que se dejaron un país distinto. No sólo cambiaron el país tangible de las estadísticas, sino también el país hablado o pensado, a partir de algunas de las significaciones socialmente compartidas, o imaginarios sociales que desató.

En el primer aspecto se puede señalar rápidamente: apertura indiscriminada a los mercados, desindustrialización, desempleo, reprimarización productiva; en el segundo el pastiche “filosófico” compuesto por una mezcla de emprendedurismo, racismo y unas dosis no menores de ese subgénero de la literatura de shopping que es la filosofía de autoayuda junto con algunas presencias doctrinales tipo “arte de vivir” que puede leerse y escucharse en cada discurso oficial.

Como algunas ranas o batracios, los historiadores tenemos la lengua larga. Y aunque  nuestros detractores estén pensando en otra cosa, me la juego por este sentido de la analogía: en muchas charlas cotidianas los historiadores -los que tienen una vida fuera de la academia, claro- estamos quietos, callados con los ojos semicerrados esperando que un objeto de nuestro interés se pose al alcance de nuestra lengua. Y cuando eso ocurre ¡zas! lanzamos el chicotazo y capturamos el tema en nuestras fauces y lo masticamos frente a la audiencia que mira sorprendida. Una vez deglutido el tema, volvemos a nuestros Braudeles, Hobsbawms y Halperines, hasta que otro tema entre en zona de alcance. Y es más o menos así como justificamos nuestra presencia en las reuniones sociales.

Pero atenti, colegas, el gobierno de Macri nos presentó una agenda con la cual los historiadores podemos dialogar, y a la cual podemos tomar como herramienta para instalar on topic nuestros embolantes temas de siempre: la larga duración, los procesos, el “es más complejo”, o “esto es igual a coso”

Todavía no sabemos a qué es igual, (las cosas tienen movimiento), pero nos interesa destacar algunos de los temas afines a la disciplina histórica que han sido instalados en el centro de la escena en estos años, para que los historiadores demostremos de una vez que lo que estudiamos está efectivamente relacionado con la realidad.

Pero como siempre “es más complejo”, realizaremos una enumeración que evite la asociación directa con el período menemista. Que remita a un “más lejos” para eludir el ataque que consiste en decir que estamos politizando la cosa.

La vida personal.

El mismo personaje Mauri es un tópico caro a los historiadores por cuanto su trayectoria de vida es muy paradigmática del siglo XX argentino. Su novela familiar, incluye como si fuera un ejemplo de manual (una vara de lienzo, ponele), a personajes que encarnan un proceso social o en sí mismos. Su padre es un inmigrante italiano, -una macana que no haya sido pobre, sino seria el modelo perfecto- se casa con una joven (dije joven: 15 años contra 28 de Franco) hija de una familia de alcurnia, pero venida a menos de la provincia de Buenos Aires. Nacido en ese próspero entorno y a la sombra de los negocios de su padre que se multiplicaron lindo durante la dictadura, hizo pareja con modelos y niñas ricas de su ambiente, y hoy el destino lo une a la portadora de otro destino icónico: la hija de un empresario sirio, con una empresa familiar dedicada ¡a la indumentaria!

Tags: empresarios, matrimonios por conveniencia, jet set, burguesía, diversificación por matrimonio, contratistas.

La conquista del desierto

El desafortunado orador Esteban Bullrich es el ejemplo más claro de alguien que leyó el índice sin leer el libro. Por eso habló de una “Segunda Campaña del Desierto”, que esta vez sería con la educación, y no con la espada como su predecesora. A su manera, creo que quiso decir “¿ven que no somos tan malos? Entre las dos opciones elegimos la más cool”.

A favor de Tebi podemos decir que él ignora por completo lo que pasó en la primera: está clarísimo que cualquier alumno de los nuestros hubiera mencionado el Remington y no la espada. Pero el tema tuvo su instalación en la prensa, y ahí se abre una puerta del “upside down” para que dejemos nuestro mensaje esclarecedor.

Tags: Conquista del desierto, genocidio, Sarmiento, Patagonia.

Identidad de los mapuches

La desaparición forzada y posterior asesinato de Santiago Maldonado a manos de Gendarmería, desató mil debates en la sociedad argentina, muchos de los cuales remiten a la historia -siniestra- más o menos reciente. Pero les propongo elegir el tema de la nacionalidad de los mapuches. ¿Cuándo volverá a abrirse la agenda para que hablemos de las comunidades que habitaban la Patagonia antes de la/s conquista/s? Lo veo difícil. En esos días mucha gente estaba ávida por creer que los mapuches (chilenos) habían atacado a los tehuelches (argentinos) y estaban más preocupados por los los tehuelches del siglo XIX que por el Maldonado de 2017.

Que en todo nuestro nordeste y Paraguay -mucho más cercano a nosotros- se hable el guaraní no movilizó ni una neurona de muchos de nuestros dialogadores de almacén, que soñaban con ver a los mapuches fuera de Argentina y a Chile fuera del mundial.

Tags: mapuches, tehuelches, fronteras, Patagonia, exterminio, migraciones, pueblos originarios, traidores (?)

El 2×1 a los genocidas

Cuando muchos creíamos que había un consenso firme y asentado respecto de lo apropiado de la cárcel para que vivan su resto de vida los genocidas de la última dictadura cívico militar, el intento de la Corte Suprema (respaldada por Avruj) de aplicar la ley de 2×1 en beneficio de condenados por crímenes de lesa humanidad, nos recordó que la historia nunca se consolida en un lugar fijo. Y aunque muchos historiadores disfruten holgando en el pasado inofensivo, éste puede salir de su escondite y exigirnos opiniones comprometidas respecto de temas de alta densidad. Otra vez a hablar de crímenes aberrantes, otra vez a decir “nunca más”, cuando ese pleito ya estaba liquidado.

Tags: genocidio, dictadura, justicia, complicidad.

La deuda externa

Este tema es distinto. Porque si bien es añejo, cada tanto los gobiernos argentinos se deliran en deudas impagables que generan enormes negocios especulativos para algunos. A diferencia del ítem anterior, nadie creyó que ya estaba liquidado y resuelto. Pero si somos originales, podemos hablar de los hermanitos Baring. Sobre todo por un asunto táctico: si elegimos una referencia cercana estaríamos po-li-ti-zan-do la charla y eso no le gusta al gran pueblo argentino salud! Entonces, si hablamos de deudas, hablemos de Rivadavia y el largo sufrimiento del pueblo argentino, sangre, sudor y lágrimas, Earth wind & Fire y todo lo que costó pagar esa deuda. “¿siglo XX? ¿Menem? no sé de qué me estás hablando, yo manejo todo lo que es siglo XIX”. Mostrarnos alejados, puede acercarnos.

Tags: deuda externa, hasta las manos, entrega, colonia, Rivadavia y Baring Brothers

La sociedad Rural en el ministerio de Agricultura

Vos sabés que esto me suena… para que me fijo en el libro de Rock… o en el de Botana, o en el de Sábato. Pará… aca tá. Sí es increíble. Las otras dos veces que un capo de la SRA había sido Ministro de Agricultura, había sido la época bien específicamente de garcas… Uno justo en la época de Roca (sí, el de la primera campaña del desierto) y el otro durante el fraude patriótico. Zarpadas coincidencias. En este caso, con hacer la plancha y tirar un par de imágenes en blanco y negro es suficiente…: gobiernos de ricos, el pueblo no votaba, todos los muñequitos esos de galera y levita, Peña es Peña Braun, Bullrich es Bullrich Pueyrredón, Pinedo es Pinedo y todo así. Dejalo fluir, acompañá la charla y se entiende enseguida.

Tags: garcas, vacas, trigo, tractores, fraude electoral.

Es así, queridos amigos. Muchas veces nos cuesta meter los temas, porque la agenda esquiva nos esquiva. Pero ese gobierno y su pretendido discurso de mirar hacia adelante y hacer tabla rasa del pasado, nos confrontó a cada momento con algunos temas de la historia argentina que parecían olvidados (¡incluso increíblemente omitidos en los mismos programas de las carreras!).

Te cambio la analogía: pensemos a la historia como si fuera un perro. Algunos se la compran de raza, la alimentan con balanceado, la peinan y la lucen en exposiciones siempre con bozal de diseño. Saquémosla a pasear, llevémosla al parque a que corra un rato, se revuelque en el barro y cada tanto, se eche una meadita en un árbol, para marcar territorio.

Cambia, todo cambia (o casi todo). Notas para pensar los catolicismos contemporáneos (y los pañuelos celestes)

Destacado

Diego Mauro

Investigador del CONICET y docente y coordinador del Doctorado en Historia de la UNR. https://www.ishir-conicet.gov.ar/mauro-diego-alejandro/

Cuando hablamos de la Iglesia católica o del catolicismo solemos presuponer que se trata de un actor homogéneo y, en consecuencia, construimos sentencias del tipo: la Iglesia dice o la iglesia hace, el catolicismo quiere o el catolicismo rechaza… etc. Pero, en realidad, la Iglesia y el catolicismo están lejos de constituir una entidad uniforme. Si tuviera que definirlos rápidamente diría que son, más bien, una constelación de actores, atravesados por ideologías, tendencias teológicas, espiritualidades y concepciones sociales y políticas distintas, incluso contrastantes. Un terreno, además, en el que esas diferencias –a veces solapadas, a veces estridentes– se transforman frecuentemente en disputas y conflictos. Dicho de otra manera: un campo donde sus participantes luchan y dirimen cotidianamente la definición de las fronteras y los contenidos del catolicismo. El Papa existe, claro está, y tiene autoridad, no estoy negando eso. La Iglesia contemporánea, a diferencia de la medieval o la colonial, es efectivamente una institución centralizada, burocratizada y con una cierta capacidad de control y disciplinamiento. Pero, de nuevo, insisto, no hay que perder de vista dos cosas: primero que la autoridad –incluida la del Papa– no deja de ser recurrentemente cuestionada o, lo que es más frecuente,  desobedecida sin mayores explicaciones; segundo, que el Papado es la cabeza de la Iglesia pero también, al mismo tiempo, uno más de los actores que disputan espacios y poder en el mundo católico. Un actor importante, no hay dudas de ello, pero no necesariamente el más importante siempre ni siquiera en cuestiones dogmáticas. Desde ya, incapaz de imponer su voluntad a ese universos de grupos, tendencias, episcopados, comisiones, congregaciones, órdenes, asociaciones, universidades, ateneos, ONGs, etc. que forman parte de las estructuras institucionales de la Iglesia o se reconocen católicas. Veamos un ejemplo concreto en el marco de la pandemia. Desde Roma, Francisco pidió acompañar las medidas sanitarias de los Estados. Él mismo apoyó en Italia las políticas del gobierno. Sin embargo, ese pedido no le impidió al arzobispo emérito de La Plata, Héctor Aguer, o a la Corporación de Abogados Católicos, por mencionar dos casos, acusar al gobierno argentino de estar limitando la libertad religiosa y de adoptar posiciones autoritarias. La postura de Aguer, por otro lado, no le impidió al obispo de San Justo, Eduardo García, considerar que las católicos que pedían volver a misa tenían una fe débil, que necesitaba de los sacramentos como si fueran un Redoxon espiritual. Tampoco le impidió acusarlos de egoístas y cuestionar su pertenencia a la Iglesia puesto que pedían por las misas pero no por la educación, la salud y la ayuda a los pobres. Además, en dicha declaración, agregaba, “de muy poco servirá la reapertura gradual de los templos si no hay una reapertura radical de la Iglesia de cara a la realidad, sin ombliguismos pseudo religiosos de autocomplacencia”.

Si nos remontamos a los años setenta las grietas se escribían incluso con sangre: el provicario castrense monseñor Victorio Bonamín, por ejemplo, alentaba ideológicamente y ofrecía contención espiritual a quienes se encargaban de torturar y asesinar a otros miembros de la Iglesia. Ambos, obviamente, se reivindicaban católicos y tenían sus razones. Con esto, a lo que quiero llegar, es que uno de los principales desafíos que enfrenta cotidianamente la Iglesia católica contemporánea como institución global es justamente la de la unidad. Una unidad que damos por supuesto cuando predicamos inocentemente cosas que pensamos hace o dice la Iglesia y/o los católicos.

Cambios y permanencias

Otro obstáculo importante para entender el mundo católico es el supuesto de la permanencia. La idea harto repetida de los “2000 años de historia”. Es cierto que desde lejos puede parecer que las cosas no cambian mucho en la Iglesia, en parte porque los Papas y los obispos se encargan de repetirlo. Pero basta mirar con atención cualquier aspecto institucional, teológico o incluso doctrinal para que dicha ilusión se disipe. Sin ir más lejos, durante la segunda mitad del siglo XIX, el matrimonio civil fue decididamente combatido por obispos y sacerdotes para luego, sencillamente, ser aceptado, al punto que hoy es algo que ni siquiera se les ocurriría considerar cuestionable a la mayoría de las y los católicos. De igual manera, por entonces se consideraba que el Estado moderno y el nacionalismo era enemigos feroces que había que enfrentar sin concesiones. Solo unas pocas décadas después, en uno de los virajes sin dudas más impresionantes en la historia del catolicismo contemporáneo, fueron aceptados y, de hecho, se convirtieron en aliados estrechos en muchos países. En el terreno de la cuestión social, por su parte, los cambios fueron igualmente acentuados: de combatir toda organización sindical se pasó en poco más de medio siglo, tras el papado de León XIII, a alentar el sindicalismo católico y a aceptar el derecho de huelga. Por supuesto, en coexistencia con sectores que, en cada caso, siguieron defendiendo las ideas precedentes sin por ello dejar de ser parte de la Iglesia. Por otro lado, si miramos la posición de la Santa Sede y de los episcopados nacionales sobre los partidos políticos católicos a lo largo del siglo XX, las posturas se multiplican al infinito: si, no, a veces, nunca, un poco, jamás, de vez en cuando, si pasa tal cosa, si pasa tal cosa pero no pasa tal otra, etc.  Un último ejemplo más reciente: como arzobispo de Buenos Aires, Bergoglio consideró hace apenas diez años que la ley de matrimonio igualitario era parte de un plan del Diablo. Solo unos años después, como Papa, comenzó a abogar por una postura de comprensión hacia la comunidad LGTB. Asimismo, a lo largo de estos años, las diferentes posturas al respecto, no impidieron –más allá de resistencias y objeciones–  que se avanzara con una pastoral específica para mujeres trans.

A todo esto, las y los especialistas –historiadores, sociólogos, antropólogos– le llamamos secularización interna que quiere decir, sencillamente, que las instituciones religiosas cambian en diálogo y en interacción con las sociedades de las que forman parte. Dicho con total simpleza: que tienen historia, como cualquier otro fenómeno, y que esa historia no es hegeliana o escatológica –es decir, no sigue un plan de Dios o un sentido lineal y trascendente–. Es, en todo caso, el resultado de una infinidad de vectores que es preciso desentrañar en cada caso.

Por tanto, uno de los principales desafíos cotidianos de la Santa Sede es encontrar, frente a tantos cambios y tanta diversidad interna, algunos mojones que delimiten una identidad, tracen una frontera y generen un sentido de pertenencia. De nuevo: con esto no estamos negando la existencia de un fondo doctrinal y ritual específico sino su insuficiencia para dar encarnadura a una identidad más o menos definida en la vida cotidiana. Un católico puede ser y hacer casi cualquier cosa. Puede ser de izquierda o de derecha, escuchar chamamé, jazz, cumbia o tango. Puede ir a misa todos los días, los domingos o nunca. Puede ayudar a los demás o quedarse en su casa. Puede recibir los sacramentos con regularidad o en contadas ocasiones. Puede apoyar la intervención del Estado en la economía o exigir la total desregulación de los mercados. Puede ver filmes de acción y/o comedias románticas. Puede rezarle a María, a Jesús y/o a algún santo tanto como puede invocar al Gauchito Gil, a la Energía o a la Difunda Correa. Puede no rezar en absoluto. Puede creer que los milagros forman parte de la vida cotidiana o puede considerar que son fenómenos totalmente excepcionales. Puede casarse o permanecer soltero. Puede tener muchos hijos, pocos o ninguno. Es cierto que el uso de la mayoría de los métodos anticonceptivos no es doctrinalmente aceptable, pero para el grueso de los fieles y también del clero se trata de algo permitido… y así podríamos seguir…

El problema entonces es, una vez más, cómo se delimita lo católico. Qué quiere decir ser católico hoy en día.

Una piedra firme para edificar “una” Iglesia. La interrupción voluntaria del embarazo (IVE) y la unidad del catolicismo

Los últimos años demostraron que la oposición a la ley de la IVE es considerablemente popular entre las y los católicos. Obviamente, hay excepciones y, claro está, las mujeres católicas también abortan. Acompañadas, en muchos casos, incluso, por laicos, curas, religiosos y religiosas. Pero en términos de posicionamiento se trata de un tema en el que, a diferencia de tantos otros, predominan las coincidencias. En todo caso, las diferencias son de énfasis y de forma más que de fondo.  Hay quienes mantienen una postura condenatoria y estigmatizante, y quienes, por el contrario, acompañan y alientan una actitud más comprensiva y moderada, en sintonía con la posición de Francisco. De hecho, desde 2016, la Santa Sede introdujo un cambio importante: el aborto dejó de ser un pecado que debía ser absuelto por un obispo o un delegado especial para pasar ser una falta perdonada por cualquier sacerdote. Un cambio que, desde la otra orilla puede parecer cosmético, pero que en realidad implica una transformación sustantiva en la forma en que las mujeres católicas sobrellevan la realidad de sus abortos. En este sentido, la posición misericordiosa y menos estigmatizante que impulsó Francisco implica flexibilizar el perdón y adaptar la Iglesia frente a una realidad innegable y a una batalla que se sabe perdida. No obstante, al mismo tiempo, dicha postura no deja de subrayar la gravedad de la falta y de esa manera la convierte en una de las pocas cosas aceptadas por el grueso de la feligresía y, más importante aún, por la mayoría de los sectores y tendencias dentro de la Iglesia. No deja de haber voces disidentes, claro está, como ocurre con las Católicas por el derecho a decidir o con algunas teólogas feministas, también con algunos fieles, pero en líneas generales el rechazo a la IVE es por ahora considerablemente generalizado y funciona, en cierto modo, como una poderosa fuerza centrípeta que unifica y mantiene cohesionada la constelación de grupos y tendencias: desde los Curas en opción por los pobres, de posiciones sociales y económicas en muchos casos de izquierda, hasta los sectores más tradicionalistas que quieren volver a celebrar la misa en latín y defienden las posturas pro mercado de Juan Pablo II. Se trata, además, de una bandera que ha vuelto a poner a los católicos en las calles y a movilizar a muchísimas jóvenes católicas que encuentran allí una bandera para agitar con orgullo, una marca de identidad que se yergue con fuerza frente a unos otros que, ahora sí, se dibujan con más nitidez. Se lo vio en las movilizaciones del 2018 y en los congresos y encuentros de la juventud organizados en Argentina desde entonces. Se trata, además, de una disputa en la que, simbólicamente, los católicos han logrado construir consignas potentes como “A favor de la vida” o “Defendiendo la vida”. Por supuesto, todo esto no quiere decir que, en el futuro, este fervor no pueda declinar o que la postura doctrinal de la Santa Sede no cambie, como ha ocurrido tantas veces, pero, de momento, me inclino por pensar que la lucha contra la IVE seguirá en pie y se mantendrá en un lugar relevante. Entre otras cosas, porque se trata de una batalla que va mucho más allá de la cuestión del aborto en sí mismo. Mirada en perspectiva histórica, se trata una lucha estratégica para la cohesión de la Iglesia. Un combate decisivo para doblegar, hacia adentro, la tensa diversidad que constituye al catolicismo. Muy pocas cosas pueden cumplir esa función centrípeta. Parece poco probable que quienes ocupan la silla de Pedro renuncien a ella, al menos mientras haya tantos, laicos, clérigos, religiosos y religiosas dispuestos a llevar en alto el pañuelo celeste.    


Manuel Gálvez y el revisionismo popular

Destacado

Entrevista a Eduardo Toniolli

Doctor en Ciencia política y docente en la facultad de Humanidades y Artes. Tiene una larga y reconocida militancia en la ciudad. Es militante peronista y Secretario General del PJ de la ciudad. Actualmente es concejal en la ciudad de Rosario. En 2018 publicó su tesis doctoral con el título “Manuel Gálvez una historia del nacionalismo argentino”.

¿Cómo creés que influyó Manuel Gálvez en el revisionismo anterior al peronismo?

Creo que enormemente y de dos maneras. Una, en la evolución de al menos una parte del revisionismo, hacia una perspectiva de un revisionismo popular, por decirlo de alguna manera. Donde empieza a tener cierto peso es a partir de la obra de Gálvez (pero no solamente, con los Irazusta de algún modo también, con su libro “La Argentina y el imperio británico”), cuando Gálvez construye la figura de Rosas como líder popular o un líder antiimperialista por sobre la figura de Rosas como el hombre de orden, que era mucho más propia de la lectura de Ibarguren entre otros.

En el segundo aspecto de la influencia de Gálvez en el revisionismo tiene que ver y creo que ahí es superlativa su actuación (y creo que es la más importante en este sentido) es con la popularización de los tópicos del revisionismo histórico en general a nivel masivo. Es decir, particularmente con obras como la biografía de Rosas el revisionismo empieza a circular en el gran público lector mucho más que con otro tipo de obras de otros autores revisionistas, que circulaban por espacios más reducidos.

¿Cuánta de esa influencia siguió vigente en los historiadores más identificados con el revisionismo luego de que este recibiera la influencia del peronismo?

Yo creo que la influencia de Gálvez es determinante en el revisionismo en esa perspectiva de un revisionismo más popular el revisionismo peronista, etc.

Tan es así que yo el primer conocimiento de tengo el primero de los acercamientos de tengo a Gálvez es por boca de viejos peronistas. Que tomaban a Gálvez como como una fuente de formación y su lectura de Hipólito Yrigoyen, La vida de Rosas, entre otros. Y además lo reivindicaban como un historiador revisionista peronista, cuando Gálvez no era peronista particularmente. Más allá de que tuvo un eventual acercamiento a la figura de Perón y al peronismo, es sabido que después tuvo su ruptura, obvia, por la quema de las iglesias. Pero incluso en sus memorias, en su biografía dice barbaridades de Perón… pero sí se presenta él mismo como precursor del justicialismo, en este idea que el justicialismo es orden más justicia social no.

¿Qué quiero decir con esta anécdota de los viejos peronistas? Que su influencia es tan importante que incluso llegan a mezclarse o confundirse por parte de sus lectores, las obras de Gálvez, con el mismo revisionismo peronista cuando no lo era. 

¿Cómo se presenta en Gálvez la relación entre Historia y Política?

La relación que establece Gálvez entre historia y política es en realidad la relación que Gálvez establece entre la historia como parte de su obra y la política o en realidad entre su obra y la política. Yo en el libro planteo que hay una vocación meta-política por parte de Gálvez. Porque combina cierta desconfianza hacia la política práctica con cierta vocación por establecer el estado de conciencia masivo y fundado en la defensa de lo nacional cierta idea vindicativa en términos sociales, es decir un nacionalismo con contenido social, etc. al que se llegaría generando conciencia de su necesidad de él en las masas y la población en general. Y ahí el escritor tiene un rol fundamental. El escritor que es historiador en su caso pero también es literato ensayista, periodista ¿por qué no?. Y de esa tarea es donde la historia tiene un rol fundamental porque incluso su rol de literato, hace novela histórica o novela de ambiente histórico. El escritor tiene un rol central; es decir la pluma tiene un rol central a la hora de la generación de esos estados de conciencia colectivo, de ahí esta idea de un rol meta-político.

¿Por qué razones le recomendarías a aun historiador (de cualquier palo) que lea los libros de Gálvez? Sólo le caben lecturas “arqueológicas”?

Bueno entiendo que es la imagen o la deriva revisionista que más persistió o la que persistió con más fuerza, por supuesto después con el aporte del revisionismo forjista, del revisionismo peronista con José María Rosa, Fermín Chávez, y otros; sin un difusor privilegiado de la figura de Gálvez hubiera sido imposible haber alcanzado los niveles de inserción social esa imagen de revisionismo, de esa deriva del revisionismo de ese revisionismo más popular sin la obra de Gálvez. En ese sentido me parece que revisarlo leerlo no es una tarea de arqueológica, más allá de que quizás alguna de su obra novelística pueda haber quedado vetusta no cierto según parámetros estéticos actuales e incluso puede llegar a ser farragosa en algún caso para su lectura. Me parece que en lo que tiene que ver con el aspecto de revisión histórica me parece que es una obra fundante. No porque haya sido el primero sino fundante por el nivel de difusión que logró ¿no es cierto? Puede ser considerado en su momento en un best seller y el responsable último de la popularización de ese revisionismo de ese tipo revisionismo que ha hecho otras cosas que sea, entiendo yo, el único que ha pervivido con algún grado de de de vigencia, a diferencias de otras lecturas revisionistas

Borges para historiadores

Destacado

entrevista a Marcelo Costa

Marcelo Costa es un gran comunicador de literatura. Los programas “Pichincha” (LT8) y también “Texto Sentido” en Radio Nacional fueron lugares donde pudo compartir con sus audiencias su pasión por los textos y la lectura.
Desde hace unos años coordina grupos de lectura y opinión sobre la obra de Jorge Luis Borges. Aprovechamos eso (y que nos une una larga amistad) para charlar sobre los cruces entre el hermano de Norah y los temas que nos interesan a los historiadores.

Borges tiene muchos relatos que se cruzan o rozan algunos hechos históricos ¿Tiene lugares o momentos de preferencia? Hechos, momentos o escenas de la historia argentina

Hay un cuento de él que nos puede ayudar para comenzar. Se llama Tema del traidor y del héroe y está incluido en Ficciones, uno de sus libros clave. Ahí se cuenta de una conspiración para derrotar a un movimiento revolucionario en Irlanda y dice, como quien no quiere la cosa, que todo lo acontecido ocurrió en una fecha precisa: el 6 de agosto de 1824. Y si uno revisa la historia de Irlanda, ese día no pasó nada digno de ser consignado. Pero la sorpresa ocurre cuando recurrimos a Google, ponemos esa fecha en el buscador y nos anoticiamos de que ese fue el día de la batalla de Junín, la penúltima de la Independencia de América del Sur, donde combatieron chilenos y peruanos y derrotaron, contra todos los pronósticos, a los españoles, mejor entrenados y pertrechados, dueños además de una caballería legendaria. El que comanda la caballería criolla es Isidoro Suárez, bisabuelo materno de Borges. Era el padre de Leonor Suárez Haedo, que viviría muchos años con Borges, sus padres y su hermana, y nada cuesta suponer que ésta debe haber sido una de las historias que el niño Borges habrá escuchado casi hasta el hartazgo. Piense el lector si no le ha ocurrido lo mismo, eso de escuchar historias protagonizadas por nuestros mayores, casi seguro que no tan importantes como lo fue la liberación de América, pero que nos dan un poquito de orgullo. Este hecho también lo refleja Borges en un poema de Fervor de Buenos Aires, su primer libro, titulado Inscripción sepulcral. Del lado de la madre hay varios héroes de las luchas de la independencia, y del lado del padre hereda la biblioteca y la lengua inglesa, aunque también hay algún que otro militar, como por ejemplo su abuelo Francisco Borges, que murió en las guerras civiles entre Avellaneda y Mitre, y que también recoge en algún poema.

Estos nombres, estos antepasados que Borges rescata del olvido, estaban destinados a ser una nota erudita en algún libro de historia, y hoy no se hubiesen podido relacionar con nada. Lo que hace Borges es restituirles una vibración en un presente, que no es el presente del tiempo en el que se vive la experiencia, sino el eterno presente de la literatura. Como parte de la elite criolla (no económicamente, pero sí por abolengo), Borges tiene la posibilidad biográfica de inscribir la historia de su familia. Y la operación literaria que hace es construir héroes que luego van a ser arquetipos de buena parte de su obra. Inventa un pasado – no porque la batalla de Junín no haya tenido lugar – para darle un escenario estético e ideológico a su literatura.

Y él se sabe heredero de sus mayores, y está orgulloso, pero a la vez se siente en deuda, en algún punto siente que les falló, ya que, como dice en un poema, está confinado a ser el que cuenta vanamente las sílabas. No sabe pelear, no sabe andar a caballo. Algo le falta. Y la forma de suplir esa carencia es construir un pasado, una historia casi siempre imaginaria. No se puede estudiar historia del siglo XIX con Borges, como sí puede hacerse con Sarmiento.

¿Cómo es el siglo XIX de Borges? La gauchesca, el compadrito. ¿Cómo aparecen en su obra?

Hay algo de la modernidad (no sé si es la palabra exacta, llamémosle así para que se encuadre en lo que quiero decir) de las instituciones que a Borges decididamente no le gusta. Ahora el honor no necesita ser satisfecho por las acciones de los que han sostenido la afrenta, hay instituciones que median sobre esto. No hay venganza, hay justicia. Hoy, si alguien mancha tu buen nombre, vas y lo denunciás ante un juez. No es necesario tener coraje, y de hecho, está penado tenerlo, la ley castiga otro tipo de soluciones que no sean las legales. Esta institución del duelo funcionó en algunos lugares de la campiña hasta no hace mucho, allá por 1920; por ejemplo, Alfredo Palacios, el primer diputado socialista de América, fue un gran duelista. Hoy no existe la obligación de ser valiente; como decíamos, la justicia viene del lado de lo legal, de las instituciones. Y es en aquel mundo donde Borges encuentra a sus mayores, y es allí donde va a configurar a sus compadritos. Ese mundo de una necesaria violencia. La modernidad nos abre un tiempo sin aventuras ni asombro, ha dicho y escrito Borges más de una vez, por lo tanto, no hay héroes, no hacen falta. El coronel Isidoro Suárez, Francisco Borges iban, a lo sumo, a ser nombres de calles y nada más. Y él se rebela contra esto. Tiene que restituirles la dimensión épica a sus precursores.

Hay un poema en uno de sus libros tardíos, El oro de los tigres, donde dice “no haber caído como otros de mi sangre en la batalla / ser, en la vana noche, el que cuenta las sílabas”. Nos tocó una época de pasiones mitigadas, pareciera decir. Se perdió el saber pasional del cuerpo. Hemos dejado de ser héroes para convertirnos en ciudadanos y si me apuran, más que en ciudadanos, en consumidores. Y esto a Borges no le gusta.

Él trabaja con el compadrito, que es el hijo del gaucho, y lo sitúa en las orillas, en el sur, donde ocurre la barbarie. Los cuentos de compadritos los sitúa siempre hasta el año 1900, contraponiendo esa ciudad mítica con la ciudad de la inmigración, que es la ciudad con la que se encuentra luego del viaje que realiza con su familia a Europa, entre 1914 y 1921, y que tampoco le gusta, aunque esto no está muy explícito en su obra. 

No sabe pelear, no sabe andar a caballo. Algo le falta. Y la forma de suplir esa carencia es construir un pasado, una historia casi siempre imaginaria. No se puede estudiar historia del siglo XIX con Borges, como sí puede hacerse con Sarmiento.

Martin Fierro / Facundo

Dice Borges en 1970: “Una curiosa convención ha resuelto que cada uno de los países en que la historia y sus azares ha dividido fugazmente la esfera tenga su libro clásico”, en el prólogo de la antología El matrero. Luego nos da una lista de autores de tales libros nacionales: Shakespeare, Goethe, Cervantes son sus obvios autores, y luego concluye: “En lo que se refiere a nosotros, pienso que nuestra historia sería otra y sería mejor, si hubiéramos elegido, a partir de este siglo, el Facundo y no el Martín Fierro

En un prólogo a Facundo, de 1974, insistirá: “No diré que el Facundo es el primer libro argentino; las afirmaciones categóricas no son caminos de convicción sino de polémica. Diré que si lo hubiéramos canonizado como nuestro libro ejemplar, otra sería nuestra historia y mejor”.

Y en una Postdata de 1974 a los tres prólogos del Martín Fierro publicados en Prólogos con un prólogo de prólogos: “El Martín Fierro es un libro muy bien escrito y muy mal leído. Hernández lo escribió para mostrar que el Ministerio de Guerra (…) hacía del gaucho un desertor y un traidor; Lugones exaltó ese desventurado a paladín y lo propuso como arquetipo. Ahora padecemos las consecuencias”.

Las fechas lo explican todo: desde 1970 que se avizoraba el regreso del peronismo al poder, ya Montoneros, organización fácilmente identificable y asimilable a los gauchos y a los mazorqueros, hizo su presentación en sociedad. Hay olor a peronismo, que siempre le nubló el razonamiento, que hizo salir su costado vulgar (sus textos menos logrados son los que se refieren aunque sea tangencialmente a este movimiento) pero también existe una especie de mea culpa; en algún rincón se sentirá responsable, no del retorno del peronismo, desde luego, pero sí de la exaltación de la figura del gaucho matrero, pues fue él que, con su mitología de malevos y cuchilleros de los suburbios, refrendó la veneración del Martín Fierro y se propone corregirse, como intenta en el Epílogo a las Obras Completas de – también – 1974, en el cual se refiere a sí mismo con estas palabras: “Pensaba que el valor es una de las pocas virtudes de las que son capaces los hombres, pero su culto lo llevó, como a tantos otros, a la veneración atolondrada de los hombres del hampa. (…) Su secreto y acaso inconsciente afán fue tramar una mitología de una Buenos Aires que jamás existió. Así, a lo largo de los años, contribuyó sin saberlo y sin sospecharlo a esa exaltación de la barbarie que culminó en el culto del gaucho, de Artigas y de Rosas”.

Muchas veces sus historias comienzan con el famoso “me contaron” y después lanza algo que quizás para el resto se considera un “hecho histórico”. ¿Forma parte de la historia? ¿o del anecdotario familiar? Esto último sería una forma de ratificar la importancia de su linaje. ¿no?

Borges nunca sabe, siempre le contaron, es un narrador que no está seguro, da la sensación de que nunca sabe todo. Y en los relatos derivados del linaje materno, de la épica, los cuentos de cuchilleros, siempre la voz oral tiene preeminencia sobre el relato escrito. “A mí, tan luego a mí, hablarme del finado Francisco Real”, así comienza Hombre de la esquina rosada, el relato que inicia la serie. En el cuento El desafío dice “hay un relato legendario o histórico que prueba el culto al coraje. De los orales, el primero que oí”. O sea que ya se coloca como quien está atento a esa mitología. También podemos notar otra cosa: la épica siempre abreva en las fuentes de la oralidad, y eso es desde los tiempos de Homero hasta hoy. Tengo para mí que es más veraz y fiable la confidencia al oído que si te cuentan lo mismo por escrito: tendemos a creerle más al discurso oral. Después, cuando describe quienes son los que construyen esa mitología dice: “Tendríamos pues a hombres de pobrísima vida, a gauchos y orilleros de las regiones ribereñas del Plata y del Paraná, creando sin saberlo una religión con su mitología y sus mártires. La dura y ciega religión del coraje y vivida en esta región por pastores, matarifes, troperos, prófugos y rufianes”. Claramente, los protagonistas del culto al coraje son los marginales.

Y también está “Esa voz, que desde adentro de la sangre me llega”, como dice en Página para recordar al coronel Suárez, vencedor de Junín, en El otro, el mismo. Es el linaje lo que le da la voz argentina.

Borges además encuentra en la lengua oral lo que toma de la gauchesca, la de la voz autorizada que va construyendo una historia, como ocurre por ejemplo en el Martín Fierro.

En varios relatos de Borges aparece el tema de lo heroico. ¿Cómo es el héroe borgiano? es un “no me quedó de otra” fui un “juguete del destino”?

Hay una idea que Borges trabaja en algunos de sus relatos más emblemáticos, que es la siguiente: hay un instante, muchas veces póstumo, en el que el hombre sabe quién es. En el cuento que más me gusta, El Sur, Dählmann recoge del suelo el cuchillo que alguien le alcanza y es ahí, cuando está cifrada la pelea, que descubre quién es. También en Biografía de Tadeo Isidoro Cruz, cuando el sargento abandona la partida y se pone del lado del perseguido. El héroe, o más aún, el protagonista de sus relatos casi siempre actúa en forma individual. Borges, ante lo colectivo, no puede evitar sentir una especie de escozor. Dice en Anotación al 23 de agosto de 1944 (Otras inquisiciones): “Esa jornada populosa me deparó tres heterogéneos asombros: el grado físico de mi felicidad cuando me dijeron la liberación de París; el descubrimiento de que una emoción colectiva puede no ser innoble; el enigmático y notorio entusiasmo de muchos partidarios de Hitler (…)”. Se ve que la multitud, el disfrute popular de la masa, no le gusta mucho que digamos. Pero ya que nos desviamos para el lado más político, aún en ese terreno es difícil de encasillar Borges: fue partidario de la revolución rusa, condenó el golpe de Yrigoyen, escribió el prólogo de un libro de Jauretche (que en Prólogo con un prólogo de prólogos no figura, obvio) e incluso en plena dictadura firmó solicitadas pidiendo por los desaparecidos, aunque la figura de sus últimos años, que el cultivó bastante, ensombrece esto que recién dijimos. Pero así y todo, fue el que más se preguntó cómo es la forma de la literatura en estos confines donde no había nada, alejado de las culturas preponderantes y sin un pasado colonial como sí hubo México y Perú. Es, en suma, un escritor hondamente argentino.

La historia cantada

Destacado

Entrevista a Ariel Mamani

Ariel Mamani (Universidad Nacional de Rosario – Universidad Autónoma de Entre Ríos) Historiador argentino, ha concentrado su trabajo historiográfico en los vínculos entre cultura, arte y política en la 2ª mitad del siglo XX, realizando tareas de investigación sobre temas específicos de Chile y Argentina.
También ha realizado estudios musicales de nivel superior, especializándose en música
latinoamericana y argentina, realizando investigaciones de carácter musicológico y de historia de la música. Recientemente ha publicado un artículo en “Ahí donde todo comienza. Indagaciones sobre la Cantata Santa María de Iquique”, editado por Libros Corrientes (España).

A partir de tu trabajo sobre la Cantata de Santa María de Iquique, queríamos preguntarte si hay otras experiencias de un hecho histórico -relativamente contemporáneo- sobre el que se hayan compuesto canciones

La Cantata tiene ciertas particularidades en sí misma que le dan realce. Por un lado porque es una obra muy bien pensada y creada, y eso le da un plus sobre otros intentos, anteriores y posteriores. Es la síntesis de lo que podría ser un rescate histórico de un acontecimiento a partir de una obra poético-musical de largo aliento. Conjuga poesía, música, una cierta reflexión filosófica, una narratividad con una trama y, al mismo tiempo, no es una canción solamente sino una obra extensa.

Por otro lado, además de las particularidades propias de la obra, la Cantata tiene algunos elementos que son muy significativos y que la colocan en otro plano.

El primero de ellos es que rescata un acontecimiento absolutamente negado por la historiografía tradicional y por la clase política. De hecho, la invisibilización de la masacre parte del propio estado chileno, y los historiadores acompañaron, al menos durante un tiempo largo. La obra despertó el interés de los historiadores pero a partir de la Cantata. No hay casi ninguna obra o historiador serio que se haya dedicado al estudio de la masacre antes del estreno de la Cantata, pero sí los hay posteriores, eso le da un significado especial a la obra.

Al mismo tiempo su estreno en 1970 fue muy significativo, semanas previas al triunfo de Salvador Allende y en el medio de una campaña electoral muy polarizada y con mucha movilización. En los 3 años de la Unidad Popular se consolidó como una obra muy emblemática y cobró también mucha trascendencia.

El tercer punto es que su canción final, y al mismo tiempo el Pregón que inicia la obra, convirtieron a la Cantata en una obra presentista, con cierto aire premonitorio (si bien eso es claramente una construcción, porque no se podía preveer nada de lo que ocurriría). Lo que ocurrió es que se puso en práctica una asimilación entre los acontecimientos de 1907 y lo que estaba sucediendo con la represión en Chile a partir de 1973. A su vez la Cantata fue tomada por el exilio chileno como un emblema y era una obra muy significativa para todo el contexto latinoamericano.

¿Quizás aquí en Argentina nos inclinamos por los caudillos o en individuos, pienso en “Chacho Peñaloza”, o “Mujeres argentinas”. Creo que hechos similares (la Semana trágica o los fusilamientos del 56) quizás no merecieron ni un tango. Quizás la Cantata Montonera sí se ubique ahí…

Como vos mencionás, en el caso argentino hay muchísima referencia a procesos históricos a partir de la música, en dos formatos, como canción única y conformando obras de largo aliento. El Romance de la muerte de Juan Lavalle (de Sabato y Falú), Los caudillos, Mujeres argentinas (ambas de la dupla Luna-Ramírez), El Chacho (de León Benarós interpretada por Cafrune) o el Canto Monumento (una cantata al Manco Paz de Carlos Di Fulvio) y algunas obras más son ejemplos de obras similares. Canciones sueltas también hay, a patadas. Pero como mencionás, son obras que remiten más a un pasado un poco más lejano, tal  vez menos incómodo. Tiene que ver con una particularidad argentina, de que ese tiempo es el de las disputas y los debates en torno de la creación de la nación. Más allá de que haya otros acontecimientos importantes en la historia argentina, se recurrió más en estos relatos musicales al siglo XIX, donde creo que estaban más cómodos. A su vez, el vehículo musical por excelencia para este tipo de narración del pasado parecía ser la canción de raíz folklórica, porque si había que hablar del origen de la nación, las figuras gauchescas y caudillescas cuajaban muy bien. Por eso no hay tantas referencias históricas en el tango, y mucho menos en el rock, que no se dedicaron tanto a los relatos del origen de la nación en esa misma clave.

El rock tenia esa pretensión universalista… pienso en la biblia de Vox Dei

Sí, es así. No obstante hay algunos ejemplos raros, como la Cantata Montonera de 1973. Esta obra de Huerque Mapu es claramente un ejemplo más, aunque es una obra con mucha menos circulación, y más sesgada, porque entra en juego ser una obra abiertamente militante y absolutamente identificada con una tendencia, lo que le quitaba algo de masividad o de recorrido. Creo que en ese sentido, la cantata de Santa María si bien estaba ejecutada por un conjunto como Quilapayún, adscripto al Partido Comunista, su compositor (Luis Advis) era alguien que no tenía una participación política explícita y podría haber sido un típico votante de la Democracia Cristiana. En la Cantata Santa María lo genérico está muy presente, y ello es propicio para que se lo apropie alguien sin ningún tipo de bandería partidaria. Sergio Ortega, otro compositor chileno, probó con un formato similar. Compuso “La fragua” que es una obra que intenta contar la historia del PC junto con la historia de Chile, y es una operación que tiene varios condicionantes. La obra es un poco más desprolija y más ambiciosa. Sin embargo, al estar identificada con el PC perdió fuerza con el resto de las militancias. Además, se estrenó en 1973 y no tuvo posibilidad de recorrido como tuvo la Cantata.

En relación a las masacres o matanzas obreras en el caso argentino, sé que hay una obra que no sé si nació como cantata o fue una puesta en escena, sobre los fusilamientos de la Patagonia. No estoy seguro si basado en los textos de Bayer o venía por otro lado. Si se puede mencionar a La Forestal (de Ielpi-Bollea-Cánepa) como un ejemplo de rescate de las luchas y matanzas obreras en nuestro país, aunque es ya de los años 80.

En ese mismo arco temporal, si se quiere, se puede pensar también en Taky Ongoy, de Victor Heredia, aunque como parte de un rescate de una especie de genocidio más antiguo como el caso de la invasión y conquista europea. En el mismo plano, hay una obra de Patricio Manns, muy anterior y que no tiene mucho recorrido, que se llama “El Sueño Americano” que es una especie de relato sobre la historia americana. Es decir, que el caso argentino queda medio circunscripto a la idea de los caudillos o de la independencia y demás. Me parece que ese es el tópico.

Como conjetura se puede decir que tal vez lo que seduce a los músicos y poetas que elaboraron estas obras es el momento liminar de la nación, ese mito fundacional. En el caso argentino sería la independencia y las luchas entre caudillos, pero que en el caso chileno ese mito fundacional estaría en el Norte Grande, ese espacio arrebatado en la Guerra del Salitre a Bolivia y Perú, luego chilenizado, y fuente de los recursos económicos. Ese espacio sometido a un fuerte proceso de re-territorialización fue también un foco de conflictividad social. Creo que eso es importante, ese espacio es la cuna del Movimiento obrero chileno. Es por ello que los núcleos temáticos presentes en las obras musicales “históricas” muchas veces se han buscado en diálogos (y tensiones) con los discursos historiográficos y como parte de la construcción de una identidad con que se quiere dotar a la nación. 

México es un país que tiene más tradición en referenciar las canciones con hechos históricos realmente ocurridos. Aunque no como parte de un “programa de canción política” sino como un hecho popular auténtico y espontáneo (Los corridos) ¿Por qué pensás que acá no se dió así?

Sí, hay una diferencia en relación a México, que tiene una tradición más vinculada a la canción como hecho popular y a su recorrido dentro de ese marco. Por otro lado, la canción argentina o chilena es más una cuestión programática en clave política, muy vinculada en este caso a la militancia. Tiene que ver justamente con el nacimiento de estos movimientos musicales muy relacionados con una renovación en la cual aparecía implícita también la agenda política, y las obras son puestas en ese plano. La otra cara de la moneda (porque es discutible la identificación abiertamente militante de Ariel Ramírez, de Carlos Di Fulvio o  del propio Félix Luna, que está muy presente en todas esas obras) es que estos artistas vienen de la mano de una pretensión de generar un discurso musical más ilustrado, si se quiere, mejor elaborado musical y poéticamente. Quisieron romper con la idea de lo popular sin elaboración. No porque desdeñaran lo popular, sino porque creían que era el tiempo de una maduración diferente del artista con raíces folklóricas. En eso creo que se inscriben muchas de esas obras, algunas grandilocuentes, como Los Caudillos que fue un completo fracaso, básicamente por lo exagerado del formato.

¿Creés que la canción-histórica tiene futuro, o ya es en sí misma una pieza del pasado?

Es muy difícil de proyectar. Estos son los temas que yo trabajo específicamente y lo que estoy intentando armar para seguir estudiando y produciendo. Si tengo que decirlo así, a boca de jarro, muchas de estas obras parecen piezas de museo. Me ha pasado de presentar las obras en algún curso o charla y se nota la dureza de su audición. Yo como trabajo estos temas tengo una familiaridad que me hace perder esa perspectiva muchas veces. Por ejemplo “El romance de la muerte de Juan Lavalle” es una gran obra, muy bonita musicalmente, con profundidad literaria (más allá del análisis historiográfico). Sin embargo, la voz de Sábato leyendo y los acordes de Falú, definitivamente son de otro tiempo y es que ya hace más de 50 años de su estreno. Se nota mucho ese paso del tiempo. Hay otras obras que gozan de mayor jovialidad. Puede ser el caso de Taki Ongoy y el de la Cantata Santa María. Esas son obras que se resemantizan constantemente, incluso con sus propias aporías. El caso de Taky Ongoy es paradigmático porque solamente habla de los pueblos indígenas andinos y hace una mezcla bastante rara de pueblos, momentos y períodos. Es muy discutible desde el punto de vista historiográfico, sin embargo a la obra se la han apropiado los sectores populares, las comunidades indígenas, todo aquel que reivindica la lucha contra la opresión. Aparece como una idea de contrafestejo a propósito del 12 de octubre. Se sigue presentando y participan comunidades indígenas, como los mapuches, que ni siquiera están nombrados en la obra, una cosa muy loca. Es decir, se suman a una obra que reivindica a (ciertos) pueblos indígenas pero que nomina solo a algunos de ellos en una construcción muy discutible. Taki Ongoy es un recorte muy sesgado de lo que entendía un porteño en la década del 80 sobre el mundo indígena americano. Pero tampoco pretendo invalidar esos rescates. Si funcionan por algo es. A través de esa obra, plagada de contradicciones, errores y estereotipos, se logró otorgar cierto sentido a la identidad indígena, luego de cinco siglos de negación, y eso es rescatable. 

En el caso de la Cantata a Santa María, también se resignifica por los distintos sucesos que yo mencionaba antes, el golpe, la represión, etc. Como obras muy particulares tienen un revival o pueden ser escuchadas hoy. De hecho, la cantata Santa Maria tiene una versión rock, que intentó aggiornar su sonido a otras orejas. Otras obras, por más que a mí me pese, están quedando como piezas de museo. Y los intentos por revitalizarlas, en algunos casos, no sé si han sido del todo buenos. Por ahí Ramírez intentó con Patricia Sosa revivir “Mujeres argentinas” y ahora lo está haciendo la Bruja Salguero, pero esas son obras más populares e imperecederas. El resto, la gran cantidad, me parece que no han quedado un poco atrás, como testimonios de otro tiempo.

1975. ¿Prólogo o epílogo?

Destacado

Días atrás, a partir de un posteo de Esteban Pontoriero sobre el Operativo Independencia, nos quedó la gran duda sobre la potencialidad del año 1975 para explicar lo que vendría. Un año que fue como una versión beta del 76 y también una resaca del 74. Aunque se intentara sostenerlos, los perfiles institucionales se fueron desdibujando: tanto en los acuerdos internos del peronismo como en el accionar de las fuerzas represivas.

Entonces dijimos: vamos a convocar al mismo Esteban Pontoriero y a Laura Pasquali para hablar de ese año tan especial que ha quedado sandwicheado entre dos pesos pesados. En un punto, se le parece a 1944, por poner un ejemplo, un año bisagra, de apertura entre dos escenarios muy distintos.

A 45 años: el “momento 1975” y los orígenes del terrorismo de Estado en la Argentina

Esteban Pontoriero (UNTREF/IDAES-UNSAM/CONICET)

Cuando esto ocurre [la suspensión total del orden jurídico vigente], es evidente que mientras el Estado subsiste, el derecho pasa a segundo término. Como quiera que el estado excepcional es siempre cosa distinta de la anarquía y del caos, en sentido jurídico siempre subsiste un orden, aunque este orden no sea jurídico. La existencia del Estado deja en este punto acreditada su superioridad sobre la validez de la norma jurídica. La “decisión” se libera de todas las trabas normativas y se torna absoluta, en sentido propio. Ante un caso excepcional, el Estado suspende el Derecho por virtud del derecho a la propia conservación.1

El 16 de febrero de 1975 en la plaza de armas del Regimiento Patricios de Mendoza se llevó a cabo el velatorio del capitán Héctor Cáceres, muerto unos días antes en el monte tucumano durante un enfrentamiento con miembros del Ejército Revolucionario del Pueblo (ERP). El hecho se produjo en un contexto particular: desde los inicios de ese mes el Ejército argentino se encontraba realizando una acción represiva y de exterminio en gran escala para eliminar el “foco rural” que esa organización político-militar había establecido en la provincia de Tucumán. En el funeral del oficial muerto, el general Leandro Anaya, Comandante en Jefe del Ejército, expresó:

El 29 de mayo próximo, al conmemorarse el aniversario de la fuerza, manifestaré: “el país ha definido claramente la forma de vida dentro de la cual desea desenvolverse. El gobierno, respaldado por los sectores más representativos del quehacer nacional, ha adoptado la firme determinación de hacer efectivo dicho mandato” […]. Dije en una oportunidad: “el Ejército está preparado para caer sobre la subversión, cuando el pueblo así lo reclame a través de sus legítimos representantes”. El pueblo lo ha reclamado. El Ejército cumplió.2

Lo señalado hasta aquí plantea una serie de interrogantes en torno a esa coyuntura: ¿cómo y por qué el arma terrestre llegó a ocuparse de la realización de tareas represivas? ¿Cuál fue el papel que cumplieron las autoridades políticas en ese proceso? ¿Por medio de qué marco legal se habilitó el uso del Ejército en el orden interno? ¿A quién o a quiénes habían definido como el enemigo los hombres de armas y el gobierno? ¿En qué tipo de conflicto interno creían estar involucrados los actores políticos y militares?

Hacia fines de 1975 ya estaban disponibles dos factores centrales de la represión clandestina que ejecutarían las Fuerzas Armadas con el Ejército a la cabeza: un abordaje para la guerra interna y un marco legal que habilitaba un estado de excepción. Se contaba con una teoría y una práctica para la contrainsurgencia desde los años finales de la década del cincuenta. A su vez, el gobierno peronista de María Estela Martínez de Perón (1974-1976) dictó un conjunto de decretos que edificaron una creciente excepcionalidad jurídica. Este proceso poseía importantes antecedentes en las dictaduras militares de la “Revolución Libertadora” (1955-1958) y de la “Revolución Argentina” (1966-1973) y en las presidencias constitucionales de Arturo Frondizi (1958-1962) y de Arturo Illia (1963-1966). Durante el mandato de Martínez de Perón se dictaron el estado de sitio en noviembre de 1974 y los decretos “de aniquilamiento de la subversión” al año siguiente.

En los primeros días de febrero de 1975, el Poder Ejecutivo convocó al arma terrestre para darle la mayor responsabilidad en materia represiva: lograr la derrota y el exterminio del “foco guerrillero” que el ERP había instalado en una zona rural de la provincia de Tucumán desde algunos meses atrás. Luego del ataque de la organización político-militar peronista Montoneros al Regimiento de Infantería de Monte 29 en la provincia de Formosa en octubre, aquella responsabilidad tomó un carácter nacional mediante el decreto 2772. Las autoridades políticas y militares consideraban que en la coyuntura de 1975 la defensa y el resguardo de la República justificaban la suspensión de partes sustanciales del orden jurídico para garantizar su supervivencia ante una amenaza caracterizada por ambos actores como “subversiva”.

¿Por qué el Ejército recurrió a prácticas represivas clandestinas que no figuraban o estaban prohibidas en los reglamentos elaborados por la propia institución desde la incorporación de las nociones contrainsurgentes? La respuesta a esa pregunta debería tomar en cuenta una serie de factores: la influencia ejercida por el pensamiento contrainsurgente y las prácticas criminales que éste avalaba; la amnistía generalizada de los presos políticos capturados y juzgados durante la “Revolución Argentina” ocurrida durante la presidencia de Héctor Cámpora (mayo a julio de 1973); la situación ventajosa que le daría a los militares desde el punto de vista operativo, asegurando la efectividad y la impunidad por las tareas ilegales que éstos realizaran; la probada eficacia del terror entendido como un arma de guerra contra los opositores políticos y, por último, la masacre debía esconderse para el resto del mundo y especialmente frente a los eventuales reclamos que pudiera realizar la Iglesia Católica como ya había ocurrido con las ejecuciones que tuvieron lugar en la dictadura del general Augusto Pinochet en Chile (1973-1990).

El Ejército condensó una serie de principios para guiar su accionar contra los opositores políticos o aquellos individuos o colectivos percibidos como tales. Se había definido un enemigo, la “subversión”, caracterizado por estar oculto entre la población, su extremismo ideológico y de métodos, operar en varios frentes y buscar la toma del poder para transformar de raíz los supuestos fundamentos políticos, culturales, religiosos y económicos de la Argentina. Se había delineado una estrategia represiva y de aniquilamiento que, entendida como una “guerra antisubversiva”, se basaba en la conducción centralizada y la ejecución descentralizada: esto brindaba ciertos niveles de autonomía a las jerarquías inferiores. Estos principios fueron la culminación de un recorrido formativo y de elaboración doctrinaria iniciado en 1955.

Las máximas autoridades de la fuerza habían decidido el exterminio del enemigo. Desde el “Operativo Independencia”, el concepto de “aniquilamiento” se convirtió en el ordenador de las prácticas represivas. No obstante, los militares en soledad no hubiesen podido imponer sus ideas y encarar la “lucha antisubversiva” si no hubieran contado con el aval político que solamente las máximas autoridades del gobierno les podían otorgar.

Los secuestros, las torturas, los centros clandestinos, los asesinatos masivos, las desapariciones, las variadas formas de destruir o esconder los cuerpos –es decir, una gran parte de las prácticas asociadas con el terror estatal– no figuran en las fuentes militares, como por ejemplo las directivas o los reglamentos. Por esto mismo, los límites de una empresa historiográfica que se proponga el análisis de las normativas, reglamentos, cursos, y demás fuentes militares escritas se establecen en el momento en el que se intenta traspasar su contenido al mundo de las prácticas de violencia criminal desplegadas por el Ejército.

A pesar de estas dificultades se constata que muchas de las ideas contenidas en esos materiales parecen haber servido para la organización de la masacre. Esto se refuerza si se tiene en cuenta que para los militares los reglamento imponían cursos de acción obligatorios antes que sólo sugerencias y recordando siempre la importancia de la instancia de apropiación e interpretación por parte de los soldados.

Para que los militares pudieran llevar adelante su accionar debieron releer esos documentos y los aprendizajes realizados a la luz de su situación concreta en 1975, momento en el que se procesó y realizó un primer balance de la experiencia vivida desde el retorno democrático de 1973. Es plausible imaginar que los hombres de armas hayan podido encontrar en los textos y conocimientos de varios años antes una serie de lineamientos teóricos y prácticos para su objetivo criminal.

El “momento 1975” refiere al punto en el que un conjunto de elementos diacrónicos confluye con otros de tipo sincrónico. Una serie de procesos de largo plazo (desarrollos doctrinarios, jurídicos, de imaginarios, de estructuras organizativas y de prácticas) se imbricaron con otros de corta duración (un diagnóstico de coyuntura, usos, apropiaciones, prácticas represivas, una convocatoria presidencial a la “lucha antisubversiva” y un contexto de crisis política, económica e intragubernamental) dando lugar al surgimiento de un determinado fenómeno histórico, en este caso la represión clandestina y su cara más brutal: el exterminio secreto.

En los prolegómenos del golpe militar de 1976 la seguridad interna se hallaba completamente integrada a la esfera de la defensa nacional, más que en ninguna de las otras coyunturas previas aquí estudiadas. La lógica del estado de excepción, existente en diferentes momentos entre 1955 y 1976, creó una situación compleja respecto del marco constitucional. La incorporación de las FF.AA. a la esfera de la seguridad interna para ejecutar tareas represivas se realizó mediante una legislación de defensa atravesada por el imaginario de la “guerra contrainsurgente” que permitía suspender una parte de las garantías constitucionales y que avalaba la implementación de un conjunto de prácticas represivas sostenidas en ese marco legal de emergencia. Por consiguiente, desde la lógica castrense no existía una ruptura entre el orden legal y la acción clandestina: la introducción de un marco de excepción les daba a los militares la primacía en la represión y exterminio de la “subversión”. Una serie de decretos confirmaba la percepción del Ejército de estar inmerso en una guerra que –es importante remarcarlo– implicaba la realización de acciones criminales.

Los pares dicotómicos estatalidad/paraestatalidad y acción pública/acción clandestina en un marco de excepción también pierden su operatividad para el análisis histórico: deben abordarse considerando sus cruces y porosidades. Para finalizar, a partir de 1975 la acción represiva y de exterminio se movieron en una “tierra de nadie” creada por la combinación de la excepcionalidad jurídica con la contrainsurgencia. Este proceso tuvo como condición de posibilidad los desarrollos doctrinarios y gubernamentales previos.

Bibliografía recomendada:

Águila, Gabriela, Garaño, Santiago y Scatizza, Pablo, comps (2016). Represión estatal y violencia paraestatal en la historia reciente argentina. Nuevos abordajes a cuarenta años del golpe de Estado, pp. 129-158. La Plata: Universidad Nacional de La Plata, en línea en: http://www.libros.fahce.unlp.edu.ar/index.php/libros/catalog/book/63.

D’Antonio, Débora, comp (2018). Violencia, espionaje y represión estatal. Seis estudios de caso sobre el pasado reciente argentino. Buenos Aires: Imago Mundi.

Franco, Marina (2012). Un enemigo para la nación: orden interno, violencia y “subversión”, 1973-1976. Buenos Aires: Fondo de Cultura Económica.

Novaro, Marcos y Palermo, Vicente (2006). Ladictaduramilitar19761983:delgolpedeEstadoala restauración democrática. Buenos Aires: Paidós.

Ranalletti, Mario (2009). “Contrainsurgencia, catolicismo intransigente y extremismo de derecha en la formación militar argentina. InfluenciasfrancesasenlosorígenesdelterrorismodeEstado(1955-1976)”. En Feierstein, Daniel, comp. TerrorismodeestadoygenocidioenAméricaLatina, pp. 249-281. Buenos Aires: Prometeo Libros.

Robin, Marie-Monique (2005). Escuadrones de la muerte: la escuela francesa. Buenos Aires: Sudamericana.

Scatizza, Pablo (2016). Un Comahue violento: dictadura, represión y juicios en la Norpatagonia Argentina. Buenos Aires: Prometeo Libros.

1 Carl Schmitt. Teología política. Cuatro ensayos sobre la soberanía. Buenos Aires, Struhart & Cia, 2005, p. 30.

2 Clarín, 17 de febrero de 1975, p. 5.