La clase trabajadora de Argentina ante la pandemia

Por: Andrés Carminati

Sin dudas atravesamos un período dramático para los sectores subalternos. Después de cuatro años signados por el ajuste, la destrucción de puestos laborales, los tarifazos y el aumento de la pobreza y la indigencia, nos topamos de frente con una pandemia de carácter global que ha profundizado todos los males anteriores. Si el mundo ya estaba atravesando los efectos de la crisis capitalista y la guerra comercial, la extensión de la pandemia llevó la paralización económica a cifras impensadas y sólo comparables con la depresión de los años ‘30 del siglo XX.

En Argentina, cuando se implementó el Aislamiento Social Preventivo y Obligatorio, se revelaron rápidamente los números brutales de la tercerización, el monotributismo e informalidad que cunden en los sectores trabajadores. Cuando el gobierno aprobó el Ingreso Familiar de Emergencia (IFE), para intentar paliar la situación de quienes no tenían ingresos fijos, el programa estaba pensado para llegar a unos 3 millones de aspirantes, se inscribieron más de 8 millones. La pifiada gruesa le terminó costando el cargo a quien fuera director de ANSES, Alejandro Vanoli.

Mientras tanto, en los sectores formales han abundado las suspensiones, cesantías, junto a diversas maniobras empresariales tendientes a volcar los costos de la pandemia sobre la clase trabajadora. Luego del fracaso del decreto anti despidos, el gobierno lanzó el Programa de Asistencia de Emergencia al Trabajo y la Producción (ATP), pensando en asistir a las PyME, donde el estado se compromete a cubrir el 50% de los salarios de los empleados del sector privado. La presión de los sectores concentrados forzaron la inclusión de las grandes empresas, e incluso filiales de multinacionales. Al mes siguiente las noticias dieron cuenta que muchos CEOS habían cobrado la mitad de sus ingresos a través del ATP, es decir del estado, mientras muchos aspirantes a la IFE habían quedado afuera.

En el AMBA la flexibilización de la cuarentena está llevando a multiplicar los contagios en el mundo laboral. Ya han saltado casos en varias empresas privadas, mientras que el personal de la salud es proporcionalmente uno de los más afectados del mundo. En la mayor parte de los espacios de trabajo se denuncia el incumplimiento de los protocolos, la indiferencia frente a las denuncias de casos sospechosos y la falta de cuidados. Las ganancias capitalistas siguen siendo más importantes que las vidas de lxs trabajadorxs.

Un capítulo aparte merece el trabajo docente, en sus diferentes niveles, donde la mezcla de improvisación, exigencias oficiales, dificultades y desigualdades técnicas han redundado en una multiplicación exponencial de las horas trabajadas, niveles de stress crecientes y un deterioro salarial acuciante. Experiencias similares han vivido todos aquellos sectores que pudieron adaptarse a formas de trabajo a distancia. La irrupción del tiempo del trabajo en los hogares ha roto la intimidad y quebró los límites de la jornada laboral.  

En los sectores más vulnerables de la clase trabajadora, se multiplicaron las ollas populares. Espacios que habían estado cerrados por años debieron volver a abrir. Los que estaban abiertos debieron multiplicar las raciones, valiéndose de donaciones particulares y reclamos a los diversos niveles estatales. La prohibición de circular afectó a miles que viven de diferentes «changas». Y en este sentido se visibilizaron las abismales diferencias sociales a la hora de cumplir con el «quedate en casa».

Los aciertos sanitarios del gobierno se ven limitados por la incapacidad de afectar, mínimamente, los intereses de la gran burguesía. Los costos de la crisis, penden cada día más sobre las cabezas de quienes vivimos del trabajo, mientras los más poderosos, con fortunas inconmensurables, se niegan a hacer una contribución mínima. Y pretenden mantener la producción y circulación de mercancías y servicios a costa de nuestra salud. Resulta imperioso construir otra agenda, donde la vida digna ocupe el centro de la política. Donde la riqueza social sea repartida de una forma justa. 

Vivimos un capítulo de una crisis global, que promete extender sus consecuencias en el largo plazo. Todo hace prever que sus efectos sociopolíticos y económicos no se diluirán rápidamente con el descubrimiento de la vacuna, todo lo contrario.

Finalmente, durante la pandemia ha quedado patente que no hay máquinas que trabajan solas, capital financiero que se auto valoriza, ni empresarios que «hacen que las cosas sucedan». El trabajo humano, en sus diversas formas, sigue siendo la fuente de riqueza, lo que mueve al mundo. Esta fenomenal lección práctica no debe pasar desapercibida para quienes vivimos del trabajo. La denominada «nueva normalidad», que emerja después de la crisis actual, no puede hacernos olvidar las profundas enseñanzas que dejan estos días. Y en nuestras prácticas futuras recordar qué trabajos son verdaderamente esenciales, la importancia y centralidad de las tareas de cuidados, la necesidad de sistemas de salud públicos y universales, la futilidad de un mundo articulado alrededor del consumo suntuario, y la urgencia de reconstruir nuestra subsistencia como especie de una manera más armónica con la naturaleza.