Respuesta

Por Ernesto Bohoslavsky 

Siempre es temerario hacer futurología, especialmente cuando estamos ante una situación sobre la cual parece haber bastante unanimidad de que tiene rasgos tan novedosos como globales, al punto de que las experiencias y los saberes acumulados parecen perder bastante de su capacidad para alimentar la imaginación sobre lo que vendrá.

En todo caso, me figuro que el impacto será eminentemente negativo sobre lxs trabajadorxs, por cuanto la salida de la cuarentena primero y de la pandemia finalmente, lxs dejará en peores condiciones en varias dimensiones. La primera y más evidente es que lxs trabajadrxs están viviendo y seguirán viviendo un proceso de empobrecimiento material a causa de que la recesión, el desempleo y la inflación se siguen descargando de manera especialmente duras sobre ellxs: y esto ocurre no luego de transitar unos años de vacas –relativamente- gordas sino el tiempo de la economía policía macrista, que les resultó crudamente lesiva. 

La segunda y quizás más relevante consecuencia que adivino tiene que ver con un incremento de la fragmentación y de los factores de diferenciación de la clase trabajadora, en desmedro de aquellos elementos –organizativos, identitarios, políticos, de consumo- que estimulaban, siquiera en el horizonte de lo imaginario, alguna forma de unidad. La pandemia reforzó la relevancia que para la vida de los trabajadorxs tiene su pertenencia a alguna rama específica de la actividad económica: alguien empleado en las tareas “esenciales” debía seguir asistiendo a sus ámbitos laborales, mientras que los que no pertenecían a esas tareas quedaron eximidos de desplazarse y de cumplir horarios. Lxs que tenían una relación formalizada de dependencia laboral siempre tuvieron –y ahora tienen comparativamente muchos más- derechos, ingresos y protección que quienes están en la intemperie regulatoria. Quienes cumplen con horarios fijados por la patronal (o al menos negociados con ella) no tienen las mismas condiciones que quienes descansan su supervivencia en la auto-explotación hasta el límite de las fuerzas. Las “nuevas oportunidades” laborales que  abrió la crisis muestran la peor cara de la flexibilización laboral (horaria, contractual, salarial, etc.) y es difícil de creer que sobrevendrá una rápida, y sobre todo, eficiente, tarea de inspección o de regulación estatal.

La tercera consecuencia que adivino remite al orden de las organizaciones colectivas. Las principales reacciones demandando que el Estado nacional o los gobiernos locales brinden algún tipo de protección no provinieron de los sindicatos, sino de movimientos sociales de base territorial (y de las corporaciones empresariales). Fueron principalmente organizaciones de residentes de barrios irregulares y marginales los que mostraron mayor capacidad para hacer escuchar su voz, y a la vez fueron los que peor la pasaron, los que vieron más de cerca la desidia estatal, el gatillo fácil y el desdén clasista. Los reclamos de ingresos básicos permanentes no han tenido mayor acogida entre los sindicatos y probablemente entre los trabajadores, que siguen confiando en obtener ventajas  sectoriales o corporativas más que en promover modelos alternativos de país. Pienso por ejemplo que la crisis desató buenas oportunidades para discutir dos grandes temas: ¿tiene sentido seguir sosteniendo un sistema de salud tan fragmentado y desigual a nivel territorial y social como el argentino?, ¿cuánto vamos a esperar para enfrentar el pavoroso problema del acceso a la vivienda que tiene nuestro país? El problema es que estos temas no parecen estar incorporados a las agendas de organizaciones de alcance nacional, con presencia territorial o peso político.  

Respuesta

Por Laura Pasquali

La experiencia del Aislamiento Social Obligatorio (ASO), quedará –entre otras cosas- sellado en la subjetividad de las y los trabajadores con la problemática de la organización.

¿Qué más, que encontrarnos cuerpo a cuerpo con nuestrxs compañerxs de trabajo, define al colectivo obrero? El aislamiento nos ha obligado, sin querer, desde el primer día a pergeñar cómo nos encontraríamos y a poco andar, a mirar con melancolía el calendario sindical de asambleas, reuniones de comisión interna y cronograma electoral.

Algunas, desde la virtualidad –vía plataformas de videoconferencias- y a sabiendas que la conectividad tiene muchas limitaciones fuimos construyendo un espacio, un lugar de encuentro para que el aislamiento social obligatorio no nos conmine al silencio.

La experiencia de las nuevas formas de organización será una novedad, un aprendizaje… y una carga para la clase obrera (consideración ampliada de clase obrera, tal como propone Antunes). Parafraseando a los movimientos antiglobalización, diremos: “que la organización sea tan virtual como la ofensiva patronal”, aunque ella lleve la delantera: el trabajo remoto no es primicia, como tampoco lo es la habilidad de las clases dominantes para incrementar la productividad del trabajo.

Para lxs activistas sindicales, el ASO traerá otras formas de militancia, otras estrategias para conquistar la voluntad de lxs compañerxs, pues la construcción colectiva es más necesaria que nunca: pasa frente a nosotrxs el tratamiento express de una ley que regule el “tele trabajo”. Mientras dirigentes políticxs y burócratas sindicales celebran a puertas cerradas la ausencia de miles de personas movilizadas en las calles, nosotras y nosotros, trabajadorxs “esenciales”, del Estado y del ámbito privado; docentes, migrantes, trabajadorxs de la economía social, de la salud, campesinxs y jornalerxs buscamos otras, nuevas, formas de organizarnos para resistir.

Finalmente, en caso de que ocurra alguna desmemoria, el aislamiento también viene a recordarnos que existe una dialéctica entre lo público y lo privado, lo personal y lo político…entre lo laboral y lo doméstico. Con toda brutalidad, el espacio del trabajo irrumpió en nuestros hogares y atender eso implica también otras estrategias de organización que en muchos casos sigue apelando a las redes de solidaridad.

Difícil escenario para pensar una prospectiva, pero no más que cada uno de los desafíos que históricamente afrontó la clase obrera.

Trabajo después de la pandemia

Por Paulo Menotti

Una pregunta que no deja de pasar por la cabeza de mujeres y hombres de nuestro presente es qué pasará con el trabajo una vez que termine la pandemia provocada por el Covid-19. Está claro que es imposible predecirlo al igual que la enfermedad que nos golpea, un año atrás, seis meses atrás a nadie se le hubiera ocurrido este escenario y, nadie tiene el diario del lunes que viene. Cualquier predicción es arriesgada e inútil pero está claro que hay escenarios que nos podemos imaginar de acuerdo a lo que vivimos o vivió la humanidad. No se debe perder de vista que la historia no es magistra vitae (maestra de vida) en el sentido que, tomando coyunturas o procesos históricos podemos armar un manual de cómo comportarnos en el futuro. Sin embargo, un ejercicio de reflexión nos podría plantear algunas alternativas. El primer ejemplo que se nos viene a la cabeza es el de la crisis de 1930 que golpeó de lleno a la estructura del capitalismo y requirió, para su recomposición, una reforma profunda. El ejemplo es válido porque el Crack de Wall Street castigó a la principal economía del mundo, Estados Unidos que tuvo, entre otras cosas unos 16 millones de desocupados. En estos días, ya suman más de 41 millones los desocupados en el país del norte y su presidente, Donald Trump festejó que el índice de desocupación no haya trepado al 13% y se haya frenado en un 9%, siendo que había partido del 4%. El célebre New Deal fue la salida a la crisis económica y, en pocas palabras eso significó la intervención del Estado en la economía al estilo norteamericano, con obra pública. ¿Cómo afectó la crisis del 30 a la Argentina? A pesar de haber incrementado sus exportaciones durante la década de 1920, la debacle del mercado mundial castigó a la economía nacional que estaba plenamente abierta. Un claro ejemplo es que el registró que anotó 300 barcos que exportaban e importaban desde el puerto rosarino antes de la crisis, contó durante los primeros años de la década del 30 apenas unas decenas. Cerca de 6.000 personas que trabajaban en ese sector rosarino, la cifra cayó a su décima parte. Se activaron ollas populares que daban de comer a 1.500 hombres. Se formaron caravanas de familias que acampaban en las afueras de las ciudades porque durante el día entraban a pedir limosnas. El Estado nacional garantizó la compra de productos locales para que los precios bajos no eliminen la producción con la Junta Nacional de Granos y la Junta Nacional de Carnes, entre otras. La Argentina, tras la crisis del 30 se quedó sin recursos para adquirir todo lo que antes importaba. Eso produjo la oportunidad de sustituir las importaciones con fabricación local. Eso, en lugar de la caída de la producción rural de materias primas, generó puestos de trabajo. Sin embargo, ese empleo fue mal remunerado y dio lugar a una larga lucha por los derechos de obreras y obreros. Tal vez, el futuro próximo venga de la mano de una reactivación que irá acompañada por una lucha por el reclamo de derechos laborales.

La clase trabajadora de Argentina ante la pandemia

Por: Andrés Carminati

Sin dudas atravesamos un período dramático para los sectores subalternos. Después de cuatro años signados por el ajuste, la destrucción de puestos laborales, los tarifazos y el aumento de la pobreza y la indigencia, nos topamos de frente con una pandemia de carácter global que ha profundizado todos los males anteriores. Si el mundo ya estaba atravesando los efectos de la crisis capitalista y la guerra comercial, la extensión de la pandemia llevó la paralización económica a cifras impensadas y sólo comparables con la depresión de los años ‘30 del siglo XX.

En Argentina, cuando se implementó el Aislamiento Social Preventivo y Obligatorio, se revelaron rápidamente los números brutales de la tercerización, el monotributismo e informalidad que cunden en los sectores trabajadores. Cuando el gobierno aprobó el Ingreso Familiar de Emergencia (IFE), para intentar paliar la situación de quienes no tenían ingresos fijos, el programa estaba pensado para llegar a unos 3 millones de aspirantes, se inscribieron más de 8 millones. La pifiada gruesa le terminó costando el cargo a quien fuera director de ANSES, Alejandro Vanoli.

Mientras tanto, en los sectores formales han abundado las suspensiones, cesantías, junto a diversas maniobras empresariales tendientes a volcar los costos de la pandemia sobre la clase trabajadora. Luego del fracaso del decreto anti despidos, el gobierno lanzó el Programa de Asistencia de Emergencia al Trabajo y la Producción (ATP), pensando en asistir a las PyME, donde el estado se compromete a cubrir el 50% de los salarios de los empleados del sector privado. La presión de los sectores concentrados forzaron la inclusión de las grandes empresas, e incluso filiales de multinacionales. Al mes siguiente las noticias dieron cuenta que muchos CEOS habían cobrado la mitad de sus ingresos a través del ATP, es decir del estado, mientras muchos aspirantes a la IFE habían quedado afuera.

En el AMBA la flexibilización de la cuarentena está llevando a multiplicar los contagios en el mundo laboral. Ya han saltado casos en varias empresas privadas, mientras que el personal de la salud es proporcionalmente uno de los más afectados del mundo. En la mayor parte de los espacios de trabajo se denuncia el incumplimiento de los protocolos, la indiferencia frente a las denuncias de casos sospechosos y la falta de cuidados. Las ganancias capitalistas siguen siendo más importantes que las vidas de lxs trabajadorxs.

Un capítulo aparte merece el trabajo docente, en sus diferentes niveles, donde la mezcla de improvisación, exigencias oficiales, dificultades y desigualdades técnicas han redundado en una multiplicación exponencial de las horas trabajadas, niveles de stress crecientes y un deterioro salarial acuciante. Experiencias similares han vivido todos aquellos sectores que pudieron adaptarse a formas de trabajo a distancia. La irrupción del tiempo del trabajo en los hogares ha roto la intimidad y quebró los límites de la jornada laboral.  

En los sectores más vulnerables de la clase trabajadora, se multiplicaron las ollas populares. Espacios que habían estado cerrados por años debieron volver a abrir. Los que estaban abiertos debieron multiplicar las raciones, valiéndose de donaciones particulares y reclamos a los diversos niveles estatales. La prohibición de circular afectó a miles que viven de diferentes «changas». Y en este sentido se visibilizaron las abismales diferencias sociales a la hora de cumplir con el «quedate en casa».

Los aciertos sanitarios del gobierno se ven limitados por la incapacidad de afectar, mínimamente, los intereses de la gran burguesía. Los costos de la crisis, penden cada día más sobre las cabezas de quienes vivimos del trabajo, mientras los más poderosos, con fortunas inconmensurables, se niegan a hacer una contribución mínima. Y pretenden mantener la producción y circulación de mercancías y servicios a costa de nuestra salud. Resulta imperioso construir otra agenda, donde la vida digna ocupe el centro de la política. Donde la riqueza social sea repartida de una forma justa. 

Vivimos un capítulo de una crisis global, que promete extender sus consecuencias en el largo plazo. Todo hace prever que sus efectos sociopolíticos y económicos no se diluirán rápidamente con el descubrimiento de la vacuna, todo lo contrario.

Finalmente, durante la pandemia ha quedado patente que no hay máquinas que trabajan solas, capital financiero que se auto valoriza, ni empresarios que «hacen que las cosas sucedan». El trabajo humano, en sus diversas formas, sigue siendo la fuente de riqueza, lo que mueve al mundo. Esta fenomenal lección práctica no debe pasar desapercibida para quienes vivimos del trabajo. La denominada «nueva normalidad», que emerja después de la crisis actual, no puede hacernos olvidar las profundas enseñanzas que dejan estos días. Y en nuestras prácticas futuras recordar qué trabajos son verdaderamente esenciales, la importancia y centralidad de las tareas de cuidados, la necesidad de sistemas de salud públicos y universales, la futilidad de un mundo articulado alrededor del consumo suntuario, y la urgencia de reconstruir nuestra subsistencia como especie de una manera más armónica con la naturaleza.

La experiencia histórica de los laburantes pospandemia

Por: Antonio Oliva

Mas allá de que el preciso momento de salida del riesgo de contagio pandémico no está claro aún, se podría pensar que los y las trabajadoras de nuestro país vamos a experimentar un cambio histórico tanto en las condiciones de trabajo, como en la percepción que tenemos de nuestra actividad en la vida cotidiana. Por un lado, la crisis socieconómica se refleja en que aquellos que no han podido sostener trabajos que antes eran estables, en caso de que el mercado de trabajo los vuelva a absorber, una vez terminadas las restricciones de cuidado, dichos trabajos tendrán una situación de aumento de la productividad del trabajo en términos absolutos y relativos en condiciones de contratación más precaria, de mayor inestabilidad en el empleo y menor cobertura social alrededor de los mismos. Por otro lado, una gran masa de trabajadoras/es se verán obligados a cambiar de actividad de manera mucho más constante que antes, tendiendo mucho más que antes a una expectativa de trabajo polivalente (de un enorme abanico de tipos de trabajo) en donde se abandona (aún más) la formación experiencial en un trabajo concreto, mientras que se rota tiempos más breves de un trabajo a otro sin arraigar identidades en ninguno. El tercer aspecto, concierne a que el teletrabajo vino para quedarse, y la experiencia nos dice que esta demanda de home office, divide aún más las desigualdades de acceso al mismo que existían antes del ciclo pandémico, ya que se calcula hoy que el 70% de la fuerza laboral carece de medios técnicos o de los saberes formativos necesarios para trabajar virtual o remotamente. En general, el pensamiento abstracto que vemos en los medios de comunicación nos pinta una situación del teletrabajo en términos de oportunidades ventajosas en donde “las posibilidades de actividad y de búsqueda de empleo ya carece de fronteras geográficas a los fines de encontrar contrataciones, porque el teletrabajo nos abre posibilidades de trabajar globalmente”; lo cierto es que además de agrandar la brecha salarial y de oportunidades de empleo entre los que trabajan con esta modalidad y los que no pueden realizarlo, en la práctica, eximen al capital de proveer los medios de producción con los que las y los trabajadoras/es realizan sus tareas, y debería ser agenda del movimiento obrero (inexistente hasta el momento) exigir que el capital se haga cargo de ser capital en el campo laboral del teletrabajo. Finalmente, la pandemia y su “excepcionalidad” nos coloca en el desafío de pensar hasta qué punto los derechos tradicionales alrededor de la remuneración salarial van a mantenerse en el futuro, convirtiendo lo excepcional en estructural. El límite del capital de mantenimiento de los contratos salariales prexistente se ha roto con el aval de las organizaciones gremiales en su inmensa mayoría, y no vemos razones históricas para que luego de liberados de la situación de aislamiento y distanciamiento social, no se pretenda seguir horadando los techos laborales existentes. 

Pandemia y desdicha

Por: Miguel Mazzeo

Lo diremos con sincera aspereza: en muy poco tiempo los lugares comunes sobre la pandemia alcanzaron las cimas del paroxismo. ¿Qué se puede decir sobre la pandemia que no se haya dicho? Desde la izquierda y el campo popular hemos decodificado la pandemia como un contexto que nos acerca a la confirmación de nuestras certezas respecto de la inviabilidad histórica del sistema capitalista. Apelamos a unos usos oportunistas de la pandemia: nos sirve para demostrar que tenemos razón. Y no falta quien la considere como una ocasión para “acumular”.

En efecto, cada día se torna más evidente que la fórmula “capitalismo salvaje” es un pleonasmo, lo mismo ocurre con expresiones tales como “caos neoliberal”. Esa constatación reduce los niveles de contingencia. Entonces, nos recostamos en las consignas, mantenemos los rituales, nos afincamos en un espacio de interpretación del mundo (que nos brinda seguridad ontológica) y caemos en la trampa de lo absoluto, en los automatismos y las conductas repetitivas, en la escisión de la interpretación y la acción. Generamos un saber que una vez anunciado se torna inerte. El pensamiento deviene meditación. El análisis deviene parálisis. La cuarentena, la separación, la pesadez, la ansiedad, el repliegue individual, la desintegración psicosomática, hacen su parte.   

Pero el capitalismo no tiene conciencia de su decadencia y aunque nosotros y nosotras podamos acceder a esa conciencia; la verdad, triste e irrevocable, es que, en medio de la peste, no estamos en condiciones de anunciar ningún advenimiento. Somos malos y malas profetas de la catástrofe. Malos y malas, porque nuestras profecías sólo remiten a unos análisis de larga duración que, por más lúcidos que sean, no restituyen ningún sentido en el abajo. Nuestras palabras resuenan en un mundo sin eco. Nuestros espacios, aunque sean formidables reservorios de dignidad, siguen siendo pobres en materia de promesa. ¿Para qué sirve la lucidez desencantada?

Detectamos la responsabilidad del capitalismo en la producción y en la administración desquiciada de la pandemia. Percibimos con toda claridad el conflicto capital-vida. Pero ¿cuál es nuestra propuesta para contrarrestar el dominio apabullante del primero? ¿Cómo ayudamos a que ese conflicto adquiera más visibilidad de la que tiene? Lo más importante: ¿cómo hacemos de la vida una fuerza social y política?

Hace ya muchos años que convivimos con tres crisis que se retroalimentan: una crisis de carácter sistémico y civilizatorio del capitalismo, una crisis de la idea que plantea una alternativa viable (y deseable) al capitalismo y la crisis de los viejos significados del socialismo. Identificamos los signos de un mundo que desfallece, pero… ¿acaso sabemos cuánto tiempo se prolongará la sombría tristeza de ese crepúsculo? ¿Qué hacer para que el sistema exhale el último suspiro? ¿Acaso el sistema podrá producir nuevas devociones? ¿Qué vendrá en su reemplazo? ¿Qué alternativa tenemos para ofrecer? ¿Qué nuevos significados del socialismo proponemos? 

La pandemia nutre los géneros apocalípticos que dejan ver su marca en los relatos menos atados al “pensamiento mágico”. Estos géneros, lo reconocemos, son los más adecuados. Porque no quedan demasiadas dudas: de cara a lo que está por venir, esto es sólo un pequeño adelanto.

Ahora bien, ¿de qué sirve constatar la desnudez del rey si éste reina en un campo nudista? Nuestra clarividencia, pues, no sirve para nada. Mientras leemos artículos que hablan del estallido de las contradicciones inherentes al capitalismo, en el seno mismo de las clases subalternas y oprimidas se multiplican los signos del pragmatismo o del escepticismo. La racionalidad neoliberal sigue haciendo su trabajo de zapa, colonizando las subjetividades.  Entonces, para evitar un escenario de barbarie, para evitar que frente a la barbarie respondamos únicamente con el espanto y el horror… ¿no deberíamos reconocer, apesadumbrados y apesadumbradas, que lo mejor sería que las contradicciones no estallen por ahora?  

La función del pensamiento crítico es exagerar la verdad. Y la verdad es que seguimos subordinados a la racionalidad de capitalismo, sin darnos cuenta la reproducimos. La verdad es que no tenemos idea de cómo empezar a desestructurar las relaciones sociales capitalistas. Que no sabemos cómo empezar a erigir una sociedad sin explotación y sin dominación. La verdad es que, por ahora, no tenemos estrategia. No tenemos relato emancipatorio convincente y capaz de masificarse. No tenemos lenguaje común.

Entonces, mañana, cuando la pandemia termine, todo seguirá igual en un plano fundamental. Todo volverá a la “normalidad”, a una normalidad hecha de “anomalías normales”. Probablemente se pondrá a prueba, nuevamente, la enorme capacidad de regeneración de la concepción burguesa del mundo que arruina el mundo. Y, tal vez, nosotros seguiremos recostados en nuestras consignas y cómodamente instalados en nuestro espacio de interpretación del mundo, creyendo que la razón puede mover algo por sí misma, dedicados a romantizar fragmentos desinfectados, aferrándonos a las partes menos contaminadas, practicando otro tipo de aislamiento.

El COVID-19 y la experiencia de los trabajadores

Destacado

En la historia de los trabajadores, hay muchos sucesos o momentos que han dejado su huella en la memoria colectiva. A menudo se ha intentado construir la historia a partir de los hitos y las “enseñanzas” que hayan dejado. Así, veremos mucho desarrollo de trabajos dedicados a esos acontecimientos o escenarios críticos: la Semana Trágica, la crisis del ’30, el 17 de octubre, las tomas de fábrica del 64, etc.

La crisis generada por la pandemia de COVID-19 ha alterado todo y entre esas cosas, obviamente el mundo del trabajo sufrió un fuerte impacto. Pero esas consecuencias no se verán solamente en estos años inmediatos, sino que suponemos podrán dejar marcas en la experiencia histórica de los trabajadores y sus organizaciones

Nos comunicamos con algunos historiadores dedicados a Historia del Movimiento obrero y los trabajadores para que nos den su visión acerca del impacto que tendrá esta crisis en el futuro de los trabajadores y de qué forma marcará su experiencia.