Cómo hacer series con preguntas: una vuelta por los Países Bajos

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Darío G. Barriera*

Me la recomendó un amigo

Hace pocos meses Netflix estrenó El jurado, serie belga que, en un formato necesariamente universal, mezcla géneros y recursos probados en todas las latitudes. Pero no la miré por eso. Lo hice porque me la recomendó un amigo que me conoce bien y sabía que iba a disfrutarla. Su presunción era, como siempre, acertada.

A causa de la muerte de una niña de dos años y medio una mujer –que es su madre– es sometida a un juicio oral donde se la presume culpable. Pero también se la considera sospechosa del asesinato de Brechte, su mejor amiga, ocurrido dieciocho años antes, cuando la amiga de marras era novia del marido de morros. Stefaan, exmarido de Frie Palmers (la acusada), padre de Roos (la criatura muerta) y exnovio de la difunta Brechte, es –además de un nexo evidente– un testigo clave presentado por la querella en ambos casos.

Que la serie no es norteamericana (no me hagan decir por qué) se nota enseguida. Aunque tiene diez capítulos, desde el primero también es evidente que ni la acusada, ni el juicio, ni la investigación sino el jurado, como bien lo sugiere el título, es el objeto sobre el cual se intenta atraer nuestra atención.

Compuesto por doce1 ciudadanos y ciudadanas que deben expedirse sobre la culpabilidad o la inocencia de Frie Palmers, el jurado es un elenco humano variopinto dentro del cual cada quien puede encontrar arquetipos con los cuales identificarse o frente a los cuales sentir una antipatía –relativa o absoluta–. La serie se desarrolla en la ciudad de Gante, provincia de Flandes Oriental, en los otrora denominados países bajos, donde se habla neerlandés, una de las tres lenguas oficiales de Bélgica. Flandes –que había sido declarada provincia de los Países Bajos por el Congreso de Viena en 1814– integra el reino de Bélgica desde su creación en 1830. La monarquía constitucional y parlamentaria mutó a federativa después de la segunda Guerra Mundial. Aunque la cabeza del poder político es representada por una primera ministra, el jefe de estado sigue siendo el rey. En 2014, la familia real y sus actividades costaron casi 40 millones de euros a la hacienda pública belga.

Un alumbramiento

François-Marie Arouet nació el 20 de febrero de 1694 en Châtenay-Malabry, pero fue bautizado e inscripto en París el 21 de noviembre de 1694. Su padre fue el notario François Arouet y su madre Marie Marguerite d’Aumard. Apenas despuntado el siglo XVIII su madre falleció. Su padre –no sé si antes o después de quedar viudo– vendió su officium de notario e invirtió ese dinero en que le nombraran consejero del rey, logrando fungir como tesorero de la Cámara de Cuentas de París (1650-1722). Durante los últimos años del reinado de Luis XIV (1704-1711), François-Marie estudió en el colegio jesuita Louis-le-Grand, donde aprendió latín, griego y la importancia de que tu padre te mande a un buen colegio: allí se hizo amigo de los hermanos René-Louis y Marc-Pierre Anderson. Aunque fuera impredecible por entonces que estos muchachos llegarían a ser ministros de Luis XV, la apuesta del viejo pícaro se basaba en un diagnóstico bien calibrado.

Un jurado complejo en un proceso complicado

El primer capítulo de la serie presenta a Frie –la acusada– pero también sugiere cosas sobre los miembros del jurado, algunos de cuyos nombres van a servir de título a los capítulos siguientes. Sus vidas, no exentas de problemas, empiezan a revelarse a los ojos del espectador. También sus caracteres, sus relaciones, sus intereses. Se nos permite ver sus inteligencias pero también sus prejuicios; sus sensibilidades, sus debilidades, sus adicciones y sus egoísmos; sus seguridades taxativas y sus dudas; sus capacidades para ponerse en lugar de otros y sus talentos para poder ser indiferentes, para cometer delitos o sencillamente para mentir. Alguno de ellos mismos se hace lo que en principio nos parece la gran pregunta: ¿está ese grupo de personas capacitado para decidir sobre un asunto tan importante? El ánimo del televidente se desliza por un tobogán suave, bien lubricado por múltiples recursos hábilmente manejados.

Pero si el jurado es complejo, el proceso es complicado. Porque es importante –para esa población es el juicio del milenio por esto y porque se juzgaba algo ocurrido el día 1 del nuevo milenio– y porque las cosas no siempre son lo que parecen.

La investigación policial del caso más antiguo –el asesinato de Brechte, la mejor amiga de Frie, cuyo padre espera justicia pero no necesariamente la condena de Frie, a quien aprecia sinceramente– está llena de desprolijidades y manipulaciones. La instrucción del posible filicidio deja algunos cabos sueltos. Pero las preguntas y los sagaces razonamientos del abogado defensor de Frie Palmers revelan relaciones y hechos que incomodan a muchos. Sobre todo a Stefaan –como se dijo, el novio de Brechte, luego marido de Frie y padre de Roos, fallecida poco después de que el hombre consiguiera su custodia completa– quien queda emplazado como centro de varias sospechas posibles. Verdades ocultas durante casi veinte años salen a la luz cuando algunos testigos declaran bajo juramento.

En nuestra cultura jurídica y en los actuales procesos judiciales, regidos por códigos, el rito de jurar o prometer es eficaz porque se requiere bajo pena de nulidad e instruyendo al inquirido sobre las penas correspondientes al delito de falso testimonio.2 Pero parte de esa eficacia también se debe a su atavismo, a que proviene –aunque no solamente– del respeto por los mandamientos católicos y del carácter sagrado de la autoridad del juez, ya que en tiempos no tan lejanos la justicia era una potestad divina ejercida en la tierra por unos pocos. A esos tiempos pertenecen tanto el Río de la Plata de comienzos del siglo XIX como Gante cuando pertenecía a los países bajos españoles, por ejemplo.

Gante fue una ciudad rebelde cuyos líderes, vencidos en 1540, pidieron la gracia del perdón a Carlos V, por misericordia de Dios, fuente de toda justicia. La sacralidad de la justicia es algo del pasado pero, como bien ha dicho el gran jurista Jacques Krynen, muchos jueces se comportan como si ese pasado estuviera muy presente. También hay otras excrecencias: en las actualidad todavía es posible jurar por dios, ya que el juramento puede hacerse “…de acuerdo con las creencias del que lo preste.”

Hormonas y rebeldía

François-Marie Arouet tuvo cuatro hermanos pero solo dos de ellos llegaron a ser adultos: Armand y Marie, ambos mayores que él. Con Armand, poco afecto; con Marie, demasiado. Al final de su vida fue amante de su hija –esto es, de su propia sobrina– por más de veinte años. Entre 1711 y 1713 François-Marie estudió Derecho pero –como muchos– abandonó. Sin embargo –como pocos– quiso y puedo dedicarse a las letras y recibió desde fuertes montos en dinero para comprarse libros hasta recomendaciones para integrarse a sociabilidades para la mayoría inaccesibles, como la Société du Temple. También cargos envidiables, como el de secretario de la embajada francesa en Den Haag (La Haya) de donde lo echaron enseguida por enredarse con una refugiada hugonota y con sus sábanas. Tras la muerte de Luis XIV escribió un texto satírico sobre la relación incestuosa entre el duque de Orléans y su hija. El flamante regente lo encerró once meses en la Bastilla y, después, hizo que lo externaran en su casa natal. Parece que fue entonces cuando el muchacho adoptó el pseudónimo de Voltaire.

Confluencia

El juicio va a llegando a su fin y las vidas de los jurados, complicadas por esta carga pública diaria pero también por diversas circunstancias ajenas a ella, se tensan. Durante días han vivido situaciones tan absorbentes que, como lo muestran con mediana sutileza algunas tomas, estaban físicamente en el estrado, pero su ausencia de ánimo era evidente. ¿Captaron esos jurados cada argumento que, a la hora de tomar la decisión final, podía resultar decisivo? ¿Estuvieron atentos a la presentación de las pruebas? Porque una cosa son las argumentaciones y otra, muy diferente, los hechos y las pruebas incontestables. De estas últimas había pocas, muy pocas. La mayor parte de lo que fue ofrecido como tal merecía casi siempre la categoría de indicio, y –ahí sí–  una argumentación encendida podía convertir un collar de cuatro indicios en algo que podía ser impostado como prueba suficiente.

Del otro lado, una exposición reflexiva o irritada podía construir una enumeración distinta que cerrara el círculo de un buen conjunto de dudas razonables, fuera del cual la acusada no merecía ser sentenciada como culpable. Palmers misma se interroga en voz alta: “¿Pueden declararme culpable porque no aparezco durante tres horas en el video de una fiesta familiar el día del crimen?”

El juicio agota física y anímicamente a todas las personas y el final es vivenciado como un alivio. El debate es flojo. Cansado. No obstante afloran algunas pasiones. La energía de la jurado suplente –que por la confesión piadosa de una falta procedimental por parte de un jurado titular le permite hacerlo en su reemplazo– contrasta con la del resto, pero también con la suya propia, hasta entonces jibarizada por la violencia de su marido, la crianza de tres hijos y la pérdida de su trabajo. El tribunal, presente por si hay una mayoría débil (es decir, por si el voto mayoritario era inferior a dos tercios), debe intervenir solo en la sentencia sobre el asesinato de su mejor amiga –y lo hace apoyando a esa mayoría débil–. No hace falta que intervenga en el supuesto filicidio, frente al cual se sugiere que “todos están de acuerdo”.

La ciudad de Gante está en la confluencia de los ríos Lys y Escalda. El nombre de esta ciudad deriva de la lengua celta, donde Ganda quiere decir, justamente, confluencia. La fuerza del cauce de dos ríos que se juntan es una metáfora potente, arremetedora.

Las vueltas de la vida

La primera tragedia exitosa de Voltaire fue Edipo (estrenada en 1718), y, después de la muerte de su padre en 1722 –con parte del dinero que heredó– volvió a los Países Bajos, esta vez acompañado por la condesa de Rupelmonde. Sus éxitos literarios, amorosos y sociales no se detienen. A los primeros deben acreditarse Mariana o El indiscreto, a los segundos, la marquesa de Bernières y, a los terceros, su entrada a la Corte por la puerta grande, invitación al casamiento de Luis XV en mano. No pasó mucho tiempo sin volver a dos de los tres lugares que marcaron su vida: la Bastilla y los Países Bajos –el tercero fue Inglaterra, donde se enamoró de las ideas liberales–.

En 1740, desde los Países Bajos, escribió una carta que los historiadores de la justicia disfrutamos particularmente. Traduzco un fragmento:

“La mejor ley, el más excelente de sus usos, la más útil que he visto, es la de Holanda. Cuando dos hombres quieren pleitearse son obligados a ir ante un tribunal de conciliadores nombrados hacedores de paz. Si las partes llegan con un abogado y un procurador se los hace retirar, como uno saca la madera de un fuego que quiere apagar. Los hacedores de paz dicen a las partes: Ustedes están locos al querer hacerse comer vuestro dinero y volverse mutuamente infelices. Nosotros los vamos a arreglar sin que les cueste nada.”

En la tradición jurídica occidental los jueces de equidad eran aquellos que sin ser letrados podían obrar en conciencia, según su recto sentido de lo justo, operando como conciliadores. Sin estar inhibidos para aplicar penas, su meta principal era la de regular conflictos entre personas deviniendo literalmente “jueces de paz”, guardianes de un interés superior al del ejercicio de su magistratura: la conservación de la paz social. Estas figuras, todavía existentes bajo la categoría de mediadores (en la provincia de Santa Fe la mediación prejudicial es obligatoria) son portadoras de un pasado vivo –otro más–, heredero de ese procedimiento genialmente retratado por Voltaire, el liberal, el racional, el tolerante, el ilustrado.

En el actual territorio argentino, la justicia de paz fue instaurada por primera vez en la Provincia de Buenos Aires en 1821, mientras que en la de Santa Fe lo fue en 1833, donde fue reemplazada por una justicia comunitaria de pequeñas causas recién en 2011. En Francia, la institución fue creada para regular conflictos “en equidad” –y no según derecho– en agosto de 1790 y fue suprimida en 1958. Para muchos expertos, esto abrió una verdadera grieta entre los franceses y su sistema judicial.

El artículo 24 de nuestra Constitución Nacional dice que el Congreso debe promover el establecimiento del juicio por jurados. También lo recuerda el 75. El juicio por jurados populares pone en manos de legos la parte final del proceso judicial bajo su modelo procesal y acusatorio. Pero a diferencia de las justicias de proximidad retratadas por Voltaire, como la justicia de paz, en un jurado los legos no están para hacer las paces, están para sentenciar.

La magia de la televisión

La mayor virtud del relato que despliega la serie belga El jurado se percibe en la última pirueta.

Los espectadores tenemos la sensación de haber visto todo –incluso tomamos nota, como me aconsejó mi amigo– y nos sentimos en posición de evaluar la instrucción, de criticar al tribunal y de juzgar al jurado. Desde nuestro doméstico Olimpo, nos enojamos con el tribunal por acusar de homicidio en el caso de Roos cuando se nos ha dicho que la niña fue cuidadosamente herida para no matarla y que falleció luego de una infección intrahospitalaria; con el jurado por tomar indicios como prueba y con la justicia (sinécdoque para nombrar a todos esos funcionarios que no hacen lo que pasionalmente queremos que hagan) por no sacar de la galera algún recurso y ser más dura con las mentiras de Stefaan quien, desde luego, no estaba siendo juzgado sino que declaraba como testigo.

Faltando pocos minutos para el final del último capítulo, el abogado defensor de Frie Palmers –que debe volver a prisión– cumple un deseo de su clienta y va hasta su casa para traerle un libro que quiere tener con ella en su celda. El abogado lo busca, lo encuentra, y lo abre. En el interior aparecen tres objetos. El director de la serie deja que los veamos. Nos los muestra, nos los refriega en los ojos mientras imagina nuestras caras, las de los televidentes. Nos presenta la verdad como un libro abierto. ¿La verdad?

Hacer justicia

Voltaire, que era bueno para muchas cosas, también lo era para meterse en líos. Se atrevió a decir por escrito que René Descartes hacía ciencia con las técnicas de un novelista: todo en él es verosímil, pero nada es verdadero.

Las últimas piezas del rompecabezas que nos presenta Wouter Bouvijn, el director de la serie, provocan el efecto buscado –¡eran las piezas que faltaban!– siempre y cuando uno esté decidido a no levantar la vista y comprobar que eran las piezas que faltaban del rompecabezas que él quería que viéramos.

Los objetos que están dentro del libro, incluso si su hallazgo fue inducido por Frie, a estas horas condenada, no son más que dos nuevos indicios –sí: tres objetos, dos indicios, no hay error–. Porque su sola presencia, incluso dentro del libro infantil, un pop up en más de un sentido, no revela nada. Ni siquiera son una confesión. Son dos indicios más con los cuales la sentencia culpable pudo haberse esgrimido con más nervio pero no con más sustancia. No sin el acompañamiento de la confesión.

La cámara jamás nos muestra la comisión de los crímenes. El cadáver de la mejor amiga de Frie aparece en un canal de la ciudad y la niña fallece en el hospital, una semana después de ser cuidadosamente lastimada, por una infección intrahospitalaria (una bacteria): los hechos que llevaron a las víctimas hasta esas situaciones nunca son mostrados por la serie, de la misma manera que oficiales de justicia, jueces y jurados tampoco pudieron verlo. No hay cámaras, no hay una película que muestre cómo fueron los hechos. Ni siquiera en la ficción de un narrador tan omnisciente como inteligentemente mezquino, porque sabe todo pero, aunque podría, no nos muestra nada muy diferente de lo que pueden ver los jueces y el jurado. Nos deja solos con nuestra imaginación, que es un infierno. Nos da lo mismo que le dio al jurado: indicios. Eso y la posibilidad de sentirnos todopoderosos desde un sillón. Como en el fútbol, todo se ve mejor desde una platea, pero el partido es otra cosa.

Cuando el relato es una pregunta

El enorme desafío que nos propone El jurado, en definitiva, es el de convivir con esto: próximos o distantes, legos o letrados, atribulados y distraídos o formados y enfocados, jueces y jurados pueden sentenciar bien incluso yendo por el camino errado, o pueden sentenciar mal transitando las argumentaciones más pertinentes y teniendo las dudas más razonables.

La justicia no es cosa de dios, es cosa de los hombres y de las mujeres. Por lo tanto, perfectible con arreglo a mecanismos y procedimientos, pero indudablemente ajena al pensamiento mágico o a las creencias religiosas que, es cierto, también son asuntos de la humanidad.

El jurado, al fin y al cabo, no nos cuenta nada. Nos encara y nos pregunta, de frente, con una mirada fría e indolente, si estamos dispuestos a convivir con la enorme brecha que existe entre lo que somos y lo que creemos que somos; entre lo que creemos saber y lo que de verdad sabemos; entre lo que creemos que la justicia debe ser y lo que la justicia puede hacer con lo que le ofrecen para juzgar.

Una lección puede extraerse: como no hay soluciones mágicas, trabajar sobre los procedimientos y su cumplimiento puede ser más redituable que malgastar energías en una discusión entre montescos y capuletos. Lo que no puede permitirse un pueblo es pensar que no tiene derecho a una mejor justicia. Pero para mejorarla tiene que tener un mejor poder judicial. Y para eso, tiene que intervenir. Tiene que discutir los modos de participación en la democratización de un poder que por ahora, sin dudas y en todo el mundo, es el menos democrático de los tres poderes en cualquier sistema republicano. No vaya a ser que Voltaire salte de su tumba, quiera volver a meterse en líos y nos venga a decir, con su habitual desenfado, que este asunto de la república es como la ciencia de Descartes: siempre verosímil pero nunca verdadera.

*Investigador Principal del CONICET en el ISHIR (CONICET/UNR)

Autor de Historia y Justicia, Prometeo, Buenos Aires, 2019.

Director del Centro de Estudios de Historia Social sobre la Justicia y el Gobierno (UNR) y del Programa Malvinas y Atlántico Sur (Fac. de Humanidades y Artes de la UNR) Director de la revista Prohistoria.

1Se eligen además dos reemplazos, que están presentes en las sesiones. El detalle es importante porque una de las protagonistas de la serie es una jurado reemplazante.

2Cabe aclarar que, según nuestro Código procesal penal, nunca puede exigirse juramento al imputado, de manera que es el único que no está obligado a decir verdad.