Un pasado para los millennials

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por Pablo Suárez

Hubo un tiempo en que las personas usaban diccionarios. Diccionarios impresos. Algunos de esos diccionarios incluían en sus últimas páginas: mapas, las banderas y “voces latinas”. Y ahí aprendíamos cosas como “alea jacta est”, “veni vidi vici” “res non verba” “sui géneris”, entre otras.

Días atrás, en el trabajo recibimos una gacetilla de prensa de un grupo de rock que informaba sobre su trayectoria. Allí, como es habitual en una banda “chica” se mencionaban las bandas con las que habían compartido escenario y apareció una que nos llamó la atención: “Box day”. Al pronunciarlo mentalmente nos quedó claro que la transmisión oral había jugado una mala pasada a la lengua viejo imperio romano, en beneficio de la nueva Roma, quedando claro para los más viejos que la banda en cuestión era Vox Dei, la legendaria banda argentina de Soulé, Quiroga y Basoalto. Si hubiera pasado hace unos años, está claro que incluso alguien que no conociera “Cuero caliente” o “Jeremías pies de plomo” hubiera escrito “vox dei” al escuchar ese nombre. 

Lección número uno: queda claro que en la lengua cotidiana, los espacios que quedan vacantes o incógnitos, los llena el inglés. 

Pero tuve una sensación rara: me di cuenta de que estaba mejor preparado para asumir la jubilación de Vox Dei (la banda) que la de las -por cierto más antiguas- expresiones latinas más célebres.

Quien cometió ese error, evidentemente ha cortado unos lazos con el pasado, lazos que nosotros todavía mantenemos. Con un pasado cercano y con uno lejano, al que muchos de nosotros creíamos eterno, secula seculorum.

Y ahí nomás se me ocurrió esta teoría: con la aparición de los millennials, estamos ante la primera generación de la historia que cree saber más acerca del futuro que acerca del pasado.

Atención, no dije “que se identifica más con el futuro, o que se siente más cerca del futuro que del pasado”, lo cual sería una actitud compartida con muchas generaciones o muchas personas en la historia de la humanidad; simplemente creo que como resultado de ciertas construcciones discursivas que circularon fuerte en la sociedad reciente, no sólo se interesan más en el porvenir que en lo ya sucedido, sino que tienen para sí que efectivamente conocen más el futuro, podrían describirlo con mayor precisión y detalles, que lo que podrían decir de un pasado que no sólo ignoran, sino que además creen innecesario conocer.

El pasado

La primera operación fue degradar el pasado. En la voz de un liberalismo que (astutamente) se borró del relato para exculparse de las cosas que salieron mal, el pasado quedó asociado a la decadencia, a lo que se hizo mal, o a lo que se hizo bien pero salió mal. Allá lejos quedó, como una serie de fracasos amontonados. El desarrollo tecnológico y sus notables cambios recientes arrojan sobre los objetos pasados, incluso por ejemplo sobre celulares “antiguos”, una pátina de vejez que da ternura, nostalgia… y lástima por nosotros y nuestras carencias de entonces -que en definitiva no eran tales-.

El toque meritocrático vino a culminar la operación, haciendo creer a muchos de estos jóvenes que todo lo que tienen (ojo, tampoco es que son líderes de la galaxia) es lo que ellos mismos pudieron procurarse, entonces ¿para qué estuvo el pasado? para generar un piso inestable donde esta generación de emprendedores autofundados no puede hacer pie, para dejar una sarta de trastos inservibles que será necesario remover para poder avanzar. 

Aunque no es generalizable (obviamente), incluso algunas expresiones de la cultura política de estos años han procedido de un modo no menos particular: van al pasado a buscar un par de reliquias, las cuelgan en el espejito retrovisor, como íconos, pero desconocen las experiencias pasadas y abordan áreas de acción como si nunca nadie hubiera transitado ese camino. Reconocemos desde ya que efectivamente hay formatos que son absolutamente nuevos, y que la renovación es total y frenética; facebook ya es viejo, twitter también, y en cualquier momento, Instagram sucumbirá a manos de otro invento. Pero hay muchas cosas que siguen siendo iguales, sólo hay que mirarlas bien.

Las clases medias de los países periféricos como el nuestro, que pretenden vivir subidas al tren del consumo, viven condenadas a ser testigos de la brutal rapidez con que el presente se hace pasado incluso en objetos de uso cotidiano. Es verdad que no se puede vivir del pasado evocativo, pero hay que asumir que para muchos jóvenes es duro vivir en un capitalismo que los condena a vivir un presente demorado, que no es lo mismo que un futuro.

_Pude comprar la Play Station.

_¡qué bien!

_La cuatro.

_¡qué mal!

Pero atención, ignorar sobre nuestro pasado no está mal, ni es sancionable moralmente. Conocerlo ni siquiera blinda la posibilidad de repetir malos caminos transitados. Está ahí, más vivo de lo que muchos creen, pero sólo responde a quienes lo interrogan, como dijo José Luis Romero. Pero es algo de lo que podemos prescindir

El futuro

Por otro lado, hay una gran variedad de discursos sobre el futuro que han logrado arraigar en muchos encuadres culturales, algunos con gran presencia mediática. Las ficciones basadas en mundos futuros no son una idea nueva, pero creo que han logrado investirse de un carácter “prefigurativo” del que antes carecían. La rapidez y profundidad de las innovaciones tecnológicas ha demolido la incredulidad y ya todo parece posible. La publicidad ha ayudado a instalar el porvenir como un valor positivo per se; “el futuro” no solo es inevitable, sino que va a ser mejor que este presente y si las empresas que ya llegaron son exitosas y triunfadoras, pues parece que eso no está en discusión. 

Quizás la rapidez de la evolución tecnológica ha hecho que la depreciación del pasado haya logrado instalar a este presente como un futuro ya no relativo sino absoluto. Este es el futuro, por eso lo conocemos mejor, porque estamos dentro y  porque lo estamos viviendo. Esta percepción puede funcionar como una traba a las perspectivas de cambio en el sentido en que si “ya llegamos” al futuro, ¿qué sentido tiene imaginarlo abierto a las transformaciones? 

Por eso es necesario dejar abiertos todos los debates sobre los futuros. Para recuperar la dimensión histórica de la vida y la capacidad transformadora de la humanidad. Ahí está el libro de Ezequiel Gatto que compila muchas de las ideas al respecto, incluyendo las suyas propias en un libro orientado más bien a aportar a ciertos debates políticos. Pero de alguna manera, a ese libro no dejo de verlo como un programa “de máxima”, como se decía -perdón- antes.

Como historiadores hay algo que debemos preguntarnos ¿Cómo debemos encarar la comunicación de la historia en este contexto? Si esta generación y las que vienen -como propongo provisionalmente- cree saber más sobre el futuro que sobre el pasado, en algún momento, debemos incluir el futuro en nuestra secuencia y en nuestra Historia (con mayúsculas), suspender un momento la búsqueda de “las raíces” de un presente tan duro, crítico y por momentos, caótico. Quizás en una triangulación con el futuro, podamos hacer más cordial una vuelta al pasado, con una mirada crítica, o hipercrítica si queremos, pero con la esperanza puesta en que de ese “rebote” surja una mirada sobre la sociedad en que vivimos y las formas en que ha llegado a ser lo que es. Conjugar esos vectores de ida y vuelta en el tiempo será una tarea necesaria si queremos construir debates y opiniones por fuera del ghetto académico o de los núcleos de nostalgiosos evocativos que abundan en las redes.