1975. ¿Prólogo o epílogo?

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Días atrás, a partir de un posteo de Esteban Pontoriero sobre el Operativo Independencia, nos quedó la gran duda sobre la potencialidad del año 1975 para explicar lo que vendría. Un año que fue como una versión beta del 76 y también una resaca del 74. Aunque se intentara sostenerlos, los perfiles institucionales se fueron desdibujando: tanto en los acuerdos internos del peronismo como en el accionar de las fuerzas represivas.

Entonces dijimos: vamos a convocar al mismo Esteban Pontoriero y a Laura Pasquali para hablar de ese año tan especial que ha quedado sandwicheado entre dos pesos pesados. En un punto, se le parece a 1944, por poner un ejemplo, un año bisagra, de apertura entre dos escenarios muy distintos.

¿Repliegue? Ideas sobre algunas militancias en 1975

Laura Pasquali (UNR; ISHIR; AAIHMEG)

Hay años que admiten una periodización en sí mismos: 1945, 1973, 1975, 1989… detengámonos en 1975.

Un sentido común acerca de 1975 es que marca el fin del ascenso obrero y la movilización los sectores populares especialmente ante la intensificación de la represión y el despliegue de la violencia militar y paramilitar con las intervenciones del Ejército en la represión interior; en suma, un repliegue general del movimiento social después de las movilizaciones de junio de 1975. Aquí pensamos que las cosas fueron algo diferentes; no seríamos originales si dijésemos que conflicto es un eje clave a través del cual pensar ese año, cuyos meses finales anudan los ataques al Regimiento de Infantería de Monte Nº 29 (Formosa) por Montoneros y al Batallón de Arsenales Domingo Viejobueno (Monte Chingolo) por el PRT-ERP. Mientras tanto, las coordinadoras interfabriles eran el escenario de una intensa militancia que reunía al sindicalismo peronista combativo con militantes de la izquierda revolucionaria, armada y no armada. Y esa y otra parte de la sociedad se agrupaba en organismos de Derechos Humanos. Todo ello en el marco de un embate contra la clase obrera organizada cuyo paradigma fue la ocupación de la ciudad de Villa Constitución luego de la intervención de la filial metalúrgica, arremetiendo contra uno de los últimos enclaves del sindicalismo combativo. Y contra las organizaciones armadas con fuerte inserción territorial, con el Operativo Independencia como máximo exponente (ver publicación en esta página).

Pensamos que el declive de la movilización social no fue un fenómeno repentino ni homogéneo, sino que pueden reconocerse especificidades de acuerdo a la forma que adoptó la conflictividad.

La clase obrera organizada

El Pacto social entre la Confederación General del Trabajo y la Confederación General Económica impulsado por Perón, que prometía congelamiento de precios y salarios, fue erosionado desde su misma firma y desde entonces sorteó muchos tiros de gracia. Pero no fue sino hasta febrero de 1975 que empresarios y trabajadores retiraron sus promesas y poco después trascendió que el propósito del gobierno era lanzar unplan de estabilización que dejara al dólar y los precios alcanzar el nivel del mercado con la consecuencia lógica del aumento de tarifas, limitando los aumentos salariales para reducir el consumo. En el momento en que gobierno y CGT tomaban la lapicera para firmar el último acuerdo, el representante del gobierno fue reemplazado por Celestino Rodrigo. Impresionados por las drásticas decisiones, los líderes sindicales sintieron sus posiciones amenazadas… Y con razón: el efecto esperado por el gobierno era el disciplinamiento peronista y la consecuente debilitación de la resistencia obrera, pues se esperaba que la agobiante situación económica atenuara los conflictos fabriles … pero la clase obrera comenzó a agitarse nuevamente con demostraciones de protesta fuera del control de las dirigencias sindicales e incluso ampliaron su alcance a sectores de las clases medias, se volvieron más largos y más difíciles de resolver.

Los anuncios del gobierno provocaron la paralización de todo el país: otra vez las bases sobrepasaron a las dirigencias; y Rodrigo renunció. López Rega también, pero si bien con Rodrigo cayó también el plan de ajuste de un gobierno peronista, López Rega no se llevó consigo la actividad paramilitar; por el contrario, en la segunda mitad de 1975 el número de activistas y militantes asesinados y desaparecidos fue en alza. Casi como un gesto desafiante, las corrientes sindicales opositoras eligieron Tucumán para reunirse constituir una coordinadora nacional; era septiembre y muchos de ellos tenían los días contados.

UFA ¡Las mujeres!

En un lustro signado por la fagocitosis de la política, la Unión Feminista Argentina se constituyó como un grupo de reflexión autónomo de los partidos; similar opción fue el Movimiento de Liberación Femenina. Fueron experiencias cortas e intensas… casi una constante en militancias de la década de los setenta argentinos. 1975 las encontró reunidas en el Frente de Lucha de la Mujer, a propósito del Año Internacional de la Mujer.

El evento que concitó todos los esfuerzos fue el Congreso de la Mujer Argentina, realizado en agosto en el Centro Cultural San Martín de Buenos Aires. Mientras las balas pasaban sobre muchas de sus compañeras de militancia, estas mujeres que habían elegido otras trincheras, tozudamente seguían movilizadas por eliminar definitivamente toda discriminación en relación a la mujer y en todos los ámbitos: económico, político, social y cultural.

Frente a un discurso de la presidenta Isabel Perón, que anudaba el sentir cristiano a la doctrina nacional peronista (que meses antes había decretado la regulación de la comercialización y la venta de anticonceptivos) y dedicaba los festejos a las madres y a las esposas reforzando todo estereotipo, las feministas organizadas demandaban el fehaciente control contra la trata de personas, el cumplimiento de reglamentaciones sobre cuidados infantiles y protección de la maternidad, un salario para las amas de casa; la potestad y tenencia de hijos e hijas compartida por madre y padre; la protección y no discriminación para las madres solteras; el divorcio absoluto; y el aborto legal y gratuito. Huelga decir que el gobierno estaba en las antípodas de esos principios, mientras estrechaba cada vez más los lazos con las posiciones conservadoras de la iglesia. A pesar de eso, siguieron trabajando en la organización de un congreso que se realizaría en marzo de 1976.

Las organizaciones armadas

Quienes más seriamente han estudiado a la guerrilla en Argentina, coinciden en que 1975 fue el año de mayor crecimiento. Las dos organizaciones armadas más importantes de Argentina, PRT-ERP y Montonero, vieron incrementar sus filas militantes con nuevos integrantes en las fábricas, las universidades y en los barrios. Esa voluntad militante estaba conformada por “pases” desde otras organizaciones de izquierda (armada o no) pero especialmente por los más jóvenes que recién se asomaban a la vida militante.

La organización político-militar Montoneros creció sostenidamente en 1975 e incluso se desarrolló con la evolución de sus organizaciones de superficie (UES, JUP). Ese mismo año, el Movimiento Sindical de Base del PRT-ERP logró tener importantes niveles de presencia en las luchas obreras y en las coordinadoras interfabriles; otro de sus frentes de masa, la Juventud Guevarista, también tuvo su mayor desarrollo en 1975, aunque había sido creada dos años antes.

Las acciones armadas de la guerrilla se incrementaron ostensiblemente en 1975. Una particularidad de este año es que desde los primeros meses fueron frecuentes los atentados coordinados y/o secuenciados a empresas de capitales extranjeros y a edificios de las Fuerzas Armadas; también se produjeron ingresos, arengas y reparto de prensa en talleres ferroviarios y entraron en escena con más protagonismo que en los años anteriores los atentados a comisarías, a automóviles policiales y los enfrentamientos callejeros con aquellos.

En febrero Montoneros llevó adelante un ataque Batallón Infantería Marina Nº 3, de La Plata. En abril, el PRT-ERP logró uno de sus últimos éxitos militares al asaltar el Batallón de Arsenales 121, ubicado en la localidad de Fray Luis Beltrán.

La segunda mitad del año requirió más voluntad que expectativas de triunfo. En octubre, Montoneros fracasó en el intento de copamiento al Regimiento 29 de Infantería de Formosa; la acción incluía la toma del aeropuerto internacional y de un avión de Aerolíneas Argentinas. Dos meses después, el PRT-ERP lanzó un gran ataque al Batallón de Arsenales Domingo Viejobueno (Monte Chingolo, partido de Lanús, sur del Gran Buenos Aires).

Las consecuencias de esas derrotas militares fueron irremontables.

1975 y la imposibilidad de un relato

Una constante en el año fueron los llamados “decretos de aniquilamiento” cuyo destino era el combatir a la guerrilla, pero sobre todo fueron instrumento eficaz para la represión a la clase obrera y a los sectores populares organizdos. No era aleatorio: la guerrilla se constituía en un núcleo alternativo de poder precisamente al articularse cada vez más con la clase obrera. Pero la combatividad, no necesariamente es conciencia (Pozzi, 2001).

La pregunta o más bien la respuesta sobre el “repliegue” invita a reconstruir parte del entorno subjetivo del momento y eso es bien difícil. Nicolás Casullo (2006) sostenía que la Argentina tiene una imposibilidad política e intelectual, de llamar por su nombre a una gran parte de su pasado violento y trastocador.

Otros momentos, otras experiencias históricas se han ganado una explicación que diera cuenta de sus revoluciones derrotadas, de la disolución de proyectos que se instituyeron como portadores de un cambio social radical, como alumbradores de una nueva era.

La pregunta es si persisten voces y voluntades dispuestas para construir ese relato en Argentina. Veamos

Un amigo me preguntaba si 1975 fue la consecución lógica de 1974 o bien prefiguró un 1976 inevitable. Bueno, no tributo a la idea de lo inevitable en la Historia…. pero… si pensamos en la fuerza arrolladora del capitalismo con toda su capacidad represiva, más aún con la nueva etapa de acumulación iniciada en los ‘70, entonces hay que prestar atención a esas preguntas.

Era esperable que se pusieran en marcha todos los mecanismos que liquidaran el intento de la clase obrera y popular de disputar poder a la burguesía. Una línea de interpretación para “los setenta” (supongamos 1966-1976) es precisamente que un ascendente porcentaje de la sociedad comenzó a cuestionar las relaciones sociales que imponía el capitalismo, y sus luchas amenazaron la capacidad de acumulación de la burguesía. En esa clave, entonces sí decimos que “pasó lo que tenía que pasar”. El aparato represivo en su conjunto se fortaleció ostensiblemente en esa década y concomitante con eso, la izquierda revolucionaria y el sindicalismo clasista y combativo fueron obligados a la clandestinidad. Y la clandestinidad conlleva la adopción de estrategias que están lejos de lo asambleario; este sí es un punto clave para discutir el “repliegue”.

¿Qué recibió y que legó 1975? Recibió un proyecto (heterogéneo, discutible, incompleto, etc. etc.) de sociedad socialista, unas fuerzas armadas cada vez más entrenadas y resueltas a la represión y miles, miles de voluntades militantes; legó Monte Chingolo, las Coordinadoras Interfabriles y la APDH. Y decenas de proyectos que tenían a 1976 como horizonte de realización.

Entonces no, no era inevitable.

Respuesta

Por Laura Pasquali

La experiencia del Aislamiento Social Obligatorio (ASO), quedará –entre otras cosas- sellado en la subjetividad de las y los trabajadores con la problemática de la organización.

¿Qué más, que encontrarnos cuerpo a cuerpo con nuestrxs compañerxs de trabajo, define al colectivo obrero? El aislamiento nos ha obligado, sin querer, desde el primer día a pergeñar cómo nos encontraríamos y a poco andar, a mirar con melancolía el calendario sindical de asambleas, reuniones de comisión interna y cronograma electoral.

Algunas, desde la virtualidad –vía plataformas de videoconferencias- y a sabiendas que la conectividad tiene muchas limitaciones fuimos construyendo un espacio, un lugar de encuentro para que el aislamiento social obligatorio no nos conmine al silencio.

La experiencia de las nuevas formas de organización será una novedad, un aprendizaje… y una carga para la clase obrera (consideración ampliada de clase obrera, tal como propone Antunes). Parafraseando a los movimientos antiglobalización, diremos: “que la organización sea tan virtual como la ofensiva patronal”, aunque ella lleve la delantera: el trabajo remoto no es primicia, como tampoco lo es la habilidad de las clases dominantes para incrementar la productividad del trabajo.

Para lxs activistas sindicales, el ASO traerá otras formas de militancia, otras estrategias para conquistar la voluntad de lxs compañerxs, pues la construcción colectiva es más necesaria que nunca: pasa frente a nosotrxs el tratamiento express de una ley que regule el “tele trabajo”. Mientras dirigentes políticxs y burócratas sindicales celebran a puertas cerradas la ausencia de miles de personas movilizadas en las calles, nosotras y nosotros, trabajadorxs “esenciales”, del Estado y del ámbito privado; docentes, migrantes, trabajadorxs de la economía social, de la salud, campesinxs y jornalerxs buscamos otras, nuevas, formas de organizarnos para resistir.

Finalmente, en caso de que ocurra alguna desmemoria, el aislamiento también viene a recordarnos que existe una dialéctica entre lo público y lo privado, lo personal y lo político…entre lo laboral y lo doméstico. Con toda brutalidad, el espacio del trabajo irrumpió en nuestros hogares y atender eso implica también otras estrategias de organización que en muchos casos sigue apelando a las redes de solidaridad.

Difícil escenario para pensar una prospectiva, pero no más que cada uno de los desafíos que históricamente afrontó la clase obrera.