Los años muertos de la historia

Cuando se construye una periodización es inevitable fijar algunos hitos en los cuales apoyarse para señalar puntos álgidos, de especial intensidad. Donde el desarrollo anterior parece tomar otro rumbo respecto de lo que venía pasando antes. En general se trata de acontecimientos que, probablemente exagerados en función de lo que se desea contar, condensan los elementos que caracterizaban a una etapa y abren paso a una nueva.

En algunos casos es difícil que una sociedad o un grupo humano (un país, una clase social, un partido político, etc), cambie radicalmente de un día para otro. Las grandes transformaciones sociales -acá somos hinchas de los procesos- difícilmente se puedan registrar en un año, o en un día, aunque sí podemos decir que el resultado de una batalla, la caída de un gobierno, la muerte de un persona puede alterar el equilibrio o las condiciones en que ese conglomerado social venía funcionando. 

Es hora de asumir que los procesos son una guarnición saludable con que los historiadores acompañan todas sus comidas, relegando a los acontecimientos al rol del snack como placer culposo. 

De todos modos, los historiadores seguimos construyendo cronologías y a veces los gestos de provocación consisten en bajar del pedestal a un año y condecorar a su año posterior o anterior con el mojón de la notabilidad. Quizás entre algunos historiadores de especialidades de larga duración -medievalistas o historiadores de la antigüedad, quizás colonialistas- esta operación se realice con los siglos, o quizás todo esto sea una idea mía. En tal caso, es momento de dejar de leer..

Hay algunos años que comparten su cucarda con el vecino. El año 1930, por ejemplo. “La crisis del 30”, puede aparecer como “la crisis del 29”, pero también puede leerse como “la crisis de la década del 30”.

Si no fuera suficiente con su monumental obra, Eric Hobsbawm invistió a los historiadores con el poder especial de hacer que un siglo dure lo que nosotros queramos. Humildemente, precursores como lo fuimos con el dulce de leche, el colectivo y la birome, los argentinos ya habíamos patentado que 13 años bien podían constituir una década. Y repetimos con los “noventa” argentinos, que comienzan en 1989 y terminan en 2001.

Pero no vengo a hablar hoy de esos años famosos, en los que todos más o menos coincidimos. 1810, Mayo; 1820, la anarquía; Caseros, 1852; Pavón, 1861; el 45, el 76, el 2001.

Vengo a hablar de esos años muertos, que tuvieron la desgracia de estar muy cerca de los años clave de las periodizaciones pero sin ocupar el sitial de privilegio. Sin ser recordados en las plaquetas conmemorativas, sin verse en letras de oro en las medallas o en las monedas. Incluso algunos con especial rencor. 1851, por ejemplo, que fue el año en que Urquiza lanzó su pronunciamiento, en el mes de mayo. Nadie lo recuerda. Si Urquiza se hubiera apurado un poco, teníamos batalla en diciembre ponele. No cambiaba nada, pero ¡ah, qué futuro distinto para el 51! Tengo para mí que la venganza de 1851 se dio cuando la constitución de 1853 se quedó con el protagonismo de la periodización, dejando a al año 1852 en una dualidad: para algunos duró sólo un día, ese 3 de febrero de la batalla de Caseros; para otros, comenzó ese día para terminar el 1 de mayo del año siguiente en que se proclamó la constitución. Como sea 1851, un año muerto.

1910, año del centenario, la Argentina oligárquica se luce ante el mundo, vino la infanta, Radowitzky puso la bomba, etc. 1912, El grito de Alcorta, la Ley Sáenz Peña, Menchaca Caballero y el radicalismo ganando su primera elección. ¿y qué pasó en 1911? nada.

1943 el golpe de estado de junio. Fin de la década infame, ascenso al poder del Perón y el grupo de oficiales. 1945, fin de la guerra, 17 de octubre, alto año. Más que una bisagra una tranquera que divide el mundo y el país en dos. ¿1944? Nada. Arrancó con un terremoto en San Juan que generó el encuentro entre Eva Duarte y Juan Perón. Durísimo. El 45 ni siquiera se perdió protagonismo con el hecho de que Perón ganó las elecciones en febrero de 1946.

El año 1975 -al que este blog le dedicó un artículo especial, en lo que prometía ser una serie de artículos- ha renacido ahora con la recomendable película sobre Isabel Perón, pero más allá del Operativo Independencia, su ubicación entre el 74, signado por la muerte del General y el 76 con su marca indeleble de tragedia, lo han relegado a un injusto olvido.

Es más: podríamos aventurar que en algunas periodizaciones construidas sobre tramos cortos, como por ejemplo la década del 60 argentina (que estaremos de acuerdo en decir que comienza en el 58) la secuencia de los golpes de 62 y 66 ha hecho pasar al olvido no a uno, ¡sino a dos años!, el 64 -con sus épicas tomas de fábricas- y el 65 con ningún acontecimiento -no familiar- que yo recuerde en este momento y la idea -ya te diste cuenta, lector- es prescindir de google. 

Difícilmente la historia encuentre en esos años perdidos las claves de una nueva periodización, una reescritura de la historia en la cual ganen protagonismo en desmedro de los consagrados. Quizás en alguna historia parcial, algún historiador pueda decir “la vuelta de Perón en el 72 es más importante que la del 73” y ahí está el “Día del militante” peleándole en inferioridad de condiciones el protagonismo a la jornada de Ezeiza.

Años relegados de la cronología, condenados a estigmas aburridos y repetidos como “la antesala de…” o “la paz que precede a la tormenta” o a la triste función de “incubadora”, casi como un vientre subrogado, donde crece y se forma el hecho histórico determinante (el que queda en los libros), para llevar alegrías a otros hogares.

Seguramente allí están esperando los detalles, las iluminaciones y prefiguraciones de lo que ocurrió después, o quizás también en esos otros años muertos, los siguientes, los que vienen después de los años fuertes de la cronología, (1811, 1891, 1946, etc) que es cuando “las cosas tienen movimiento” y comenzamos a conocer mejor las características del proceso que tuvo su punto clímax en ese año anterior.

Quizás recuperarlos sea algo más que una provocación a lo estatuido y en esos meses hasta hoy menospreciados puedan encontrarse nuevas texturas históricas para contar, sin la magnificencia de los grandes años, pero con la certeza de que allí también late uno de los pulsos de la historia.

Un pasado para los millennials

Destacado

por Pablo Suárez

Hubo un tiempo en que las personas usaban diccionarios. Diccionarios impresos. Algunos de esos diccionarios incluían en sus últimas páginas: mapas, las banderas y “voces latinas”. Y ahí aprendíamos cosas como “alea jacta est”, “veni vidi vici” “res non verba” “sui géneris”, entre otras.

Días atrás, en el trabajo recibimos una gacetilla de prensa de un grupo de rock que informaba sobre su trayectoria. Allí, como es habitual en una banda “chica” se mencionaban las bandas con las que habían compartido escenario y apareció una que nos llamó la atención: “Box day”. Al pronunciarlo mentalmente nos quedó claro que la transmisión oral había jugado una mala pasada a la lengua viejo imperio romano, en beneficio de la nueva Roma, quedando claro para los más viejos que la banda en cuestión era Vox Dei, la legendaria banda argentina de Soulé, Quiroga y Basoalto. Si hubiera pasado hace unos años, está claro que incluso alguien que no conociera “Cuero caliente” o “Jeremías pies de plomo” hubiera escrito “vox dei” al escuchar ese nombre. 

Lección número uno: queda claro que en la lengua cotidiana, los espacios que quedan vacantes o incógnitos, los llena el inglés. 

Pero tuve una sensación rara: me di cuenta de que estaba mejor preparado para asumir la jubilación de Vox Dei (la banda) que la de las -por cierto más antiguas- expresiones latinas más célebres.

Quien cometió ese error, evidentemente ha cortado unos lazos con el pasado, lazos que nosotros todavía mantenemos. Con un pasado cercano y con uno lejano, al que muchos de nosotros creíamos eterno, secula seculorum.

Y ahí nomás se me ocurrió esta teoría: con la aparición de los millennials, estamos ante la primera generación de la historia que cree saber más acerca del futuro que acerca del pasado.

Atención, no dije “que se identifica más con el futuro, o que se siente más cerca del futuro que del pasado”, lo cual sería una actitud compartida con muchas generaciones o muchas personas en la historia de la humanidad; simplemente creo que como resultado de ciertas construcciones discursivas que circularon fuerte en la sociedad reciente, no sólo se interesan más en el porvenir que en lo ya sucedido, sino que tienen para sí que efectivamente conocen más el futuro, podrían describirlo con mayor precisión y detalles, que lo que podrían decir de un pasado que no sólo ignoran, sino que además creen innecesario conocer.

El pasado

La primera operación fue degradar el pasado. En la voz de un liberalismo que (astutamente) se borró del relato para exculparse de las cosas que salieron mal, el pasado quedó asociado a la decadencia, a lo que se hizo mal, o a lo que se hizo bien pero salió mal. Allá lejos quedó, como una serie de fracasos amontonados. El desarrollo tecnológico y sus notables cambios recientes arrojan sobre los objetos pasados, incluso por ejemplo sobre celulares “antiguos”, una pátina de vejez que da ternura, nostalgia… y lástima por nosotros y nuestras carencias de entonces -que en definitiva no eran tales-.

El toque meritocrático vino a culminar la operación, haciendo creer a muchos de estos jóvenes que todo lo que tienen (ojo, tampoco es que son líderes de la galaxia) es lo que ellos mismos pudieron procurarse, entonces ¿para qué estuvo el pasado? para generar un piso inestable donde esta generación de emprendedores autofundados no puede hacer pie, para dejar una sarta de trastos inservibles que será necesario remover para poder avanzar. 

Aunque no es generalizable (obviamente), incluso algunas expresiones de la cultura política de estos años han procedido de un modo no menos particular: van al pasado a buscar un par de reliquias, las cuelgan en el espejito retrovisor, como íconos, pero desconocen las experiencias pasadas y abordan áreas de acción como si nunca nadie hubiera transitado ese camino. Reconocemos desde ya que efectivamente hay formatos que son absolutamente nuevos, y que la renovación es total y frenética; facebook ya es viejo, twitter también, y en cualquier momento, Instagram sucumbirá a manos de otro invento. Pero hay muchas cosas que siguen siendo iguales, sólo hay que mirarlas bien.

Las clases medias de los países periféricos como el nuestro, que pretenden vivir subidas al tren del consumo, viven condenadas a ser testigos de la brutal rapidez con que el presente se hace pasado incluso en objetos de uso cotidiano. Es verdad que no se puede vivir del pasado evocativo, pero hay que asumir que para muchos jóvenes es duro vivir en un capitalismo que los condena a vivir un presente demorado, que no es lo mismo que un futuro.

_Pude comprar la Play Station.

_¡qué bien!

_La cuatro.

_¡qué mal!

Pero atención, ignorar sobre nuestro pasado no está mal, ni es sancionable moralmente. Conocerlo ni siquiera blinda la posibilidad de repetir malos caminos transitados. Está ahí, más vivo de lo que muchos creen, pero sólo responde a quienes lo interrogan, como dijo José Luis Romero. Pero es algo de lo que podemos prescindir

El futuro

Por otro lado, hay una gran variedad de discursos sobre el futuro que han logrado arraigar en muchos encuadres culturales, algunos con gran presencia mediática. Las ficciones basadas en mundos futuros no son una idea nueva, pero creo que han logrado investirse de un carácter “prefigurativo” del que antes carecían. La rapidez y profundidad de las innovaciones tecnológicas ha demolido la incredulidad y ya todo parece posible. La publicidad ha ayudado a instalar el porvenir como un valor positivo per se; “el futuro” no solo es inevitable, sino que va a ser mejor que este presente y si las empresas que ya llegaron son exitosas y triunfadoras, pues parece que eso no está en discusión. 

Quizás la rapidez de la evolución tecnológica ha hecho que la depreciación del pasado haya logrado instalar a este presente como un futuro ya no relativo sino absoluto. Este es el futuro, por eso lo conocemos mejor, porque estamos dentro y  porque lo estamos viviendo. Esta percepción puede funcionar como una traba a las perspectivas de cambio en el sentido en que si “ya llegamos” al futuro, ¿qué sentido tiene imaginarlo abierto a las transformaciones? 

Por eso es necesario dejar abiertos todos los debates sobre los futuros. Para recuperar la dimensión histórica de la vida y la capacidad transformadora de la humanidad. Ahí está el libro de Ezequiel Gatto que compila muchas de las ideas al respecto, incluyendo las suyas propias en un libro orientado más bien a aportar a ciertos debates políticos. Pero de alguna manera, a ese libro no dejo de verlo como un programa “de máxima”, como se decía -perdón- antes.

Como historiadores hay algo que debemos preguntarnos ¿Cómo debemos encarar la comunicación de la historia en este contexto? Si esta generación y las que vienen -como propongo provisionalmente- cree saber más sobre el futuro que sobre el pasado, en algún momento, debemos incluir el futuro en nuestra secuencia y en nuestra Historia (con mayúsculas), suspender un momento la búsqueda de “las raíces” de un presente tan duro, crítico y por momentos, caótico. Quizás en una triangulación con el futuro, podamos hacer más cordial una vuelta al pasado, con una mirada crítica, o hipercrítica si queremos, pero con la esperanza puesta en que de ese “rebote” surja una mirada sobre la sociedad en que vivimos y las formas en que ha llegado a ser lo que es. Conjugar esos vectores de ida y vuelta en el tiempo será una tarea necesaria si queremos construir debates y opiniones por fuera del ghetto académico o de los núcleos de nostalgiosos evocativos que abundan en las redes.

Macri para historiadores

Destacado

Pablo Ernesto Suárez (Publicado originalmente en Rosario/12)

Nos guste o no el sentido en que las políticas del gobierno de Macri transformaron al país, no caben dudas de que se dejaron un país distinto. No sólo cambiaron el país tangible de las estadísticas, sino también el país hablado o pensado, a partir de algunas de las significaciones socialmente compartidas, o imaginarios sociales que desató.

En el primer aspecto se puede señalar rápidamente: apertura indiscriminada a los mercados, desindustrialización, desempleo, reprimarización productiva; en el segundo el pastiche “filosófico” compuesto por una mezcla de emprendedurismo, racismo y unas dosis no menores de ese subgénero de la literatura de shopping que es la filosofía de autoayuda junto con algunas presencias doctrinales tipo “arte de vivir” que puede leerse y escucharse en cada discurso oficial.

Como algunas ranas o batracios, los historiadores tenemos la lengua larga. Y aunque  nuestros detractores estén pensando en otra cosa, me la juego por este sentido de la analogía: en muchas charlas cotidianas los historiadores -los que tienen una vida fuera de la academia, claro- estamos quietos, callados con los ojos semicerrados esperando que un objeto de nuestro interés se pose al alcance de nuestra lengua. Y cuando eso ocurre ¡zas! lanzamos el chicotazo y capturamos el tema en nuestras fauces y lo masticamos frente a la audiencia que mira sorprendida. Una vez deglutido el tema, volvemos a nuestros Braudeles, Hobsbawms y Halperines, hasta que otro tema entre en zona de alcance. Y es más o menos así como justificamos nuestra presencia en las reuniones sociales.

Pero atenti, colegas, el gobierno de Macri nos presentó una agenda con la cual los historiadores podemos dialogar, y a la cual podemos tomar como herramienta para instalar on topic nuestros embolantes temas de siempre: la larga duración, los procesos, el “es más complejo”, o “esto es igual a coso”

Todavía no sabemos a qué es igual, (las cosas tienen movimiento), pero nos interesa destacar algunos de los temas afines a la disciplina histórica que han sido instalados en el centro de la escena en estos años, para que los historiadores demostremos de una vez que lo que estudiamos está efectivamente relacionado con la realidad.

Pero como siempre “es más complejo”, realizaremos una enumeración que evite la asociación directa con el período menemista. Que remita a un “más lejos” para eludir el ataque que consiste en decir que estamos politizando la cosa.

La vida personal.

El mismo personaje Mauri es un tópico caro a los historiadores por cuanto su trayectoria de vida es muy paradigmática del siglo XX argentino. Su novela familiar, incluye como si fuera un ejemplo de manual (una vara de lienzo, ponele), a personajes que encarnan un proceso social o en sí mismos. Su padre es un inmigrante italiano, -una macana que no haya sido pobre, sino seria el modelo perfecto- se casa con una joven (dije joven: 15 años contra 28 de Franco) hija de una familia de alcurnia, pero venida a menos de la provincia de Buenos Aires. Nacido en ese próspero entorno y a la sombra de los negocios de su padre que se multiplicaron lindo durante la dictadura, hizo pareja con modelos y niñas ricas de su ambiente, y hoy el destino lo une a la portadora de otro destino icónico: la hija de un empresario sirio, con una empresa familiar dedicada ¡a la indumentaria!

Tags: empresarios, matrimonios por conveniencia, jet set, burguesía, diversificación por matrimonio, contratistas.

La conquista del desierto

El desafortunado orador Esteban Bullrich es el ejemplo más claro de alguien que leyó el índice sin leer el libro. Por eso habló de una “Segunda Campaña del Desierto”, que esta vez sería con la educación, y no con la espada como su predecesora. A su manera, creo que quiso decir “¿ven que no somos tan malos? Entre las dos opciones elegimos la más cool”.

A favor de Tebi podemos decir que él ignora por completo lo que pasó en la primera: está clarísimo que cualquier alumno de los nuestros hubiera mencionado el Remington y no la espada. Pero el tema tuvo su instalación en la prensa, y ahí se abre una puerta del “upside down” para que dejemos nuestro mensaje esclarecedor.

Tags: Conquista del desierto, genocidio, Sarmiento, Patagonia.

Identidad de los mapuches

La desaparición forzada y posterior asesinato de Santiago Maldonado a manos de Gendarmería, desató mil debates en la sociedad argentina, muchos de los cuales remiten a la historia -siniestra- más o menos reciente. Pero les propongo elegir el tema de la nacionalidad de los mapuches. ¿Cuándo volverá a abrirse la agenda para que hablemos de las comunidades que habitaban la Patagonia antes de la/s conquista/s? Lo veo difícil. En esos días mucha gente estaba ávida por creer que los mapuches (chilenos) habían atacado a los tehuelches (argentinos) y estaban más preocupados por los los tehuelches del siglo XIX que por el Maldonado de 2017.

Que en todo nuestro nordeste y Paraguay -mucho más cercano a nosotros- se hable el guaraní no movilizó ni una neurona de muchos de nuestros dialogadores de almacén, que soñaban con ver a los mapuches fuera de Argentina y a Chile fuera del mundial.

Tags: mapuches, tehuelches, fronteras, Patagonia, exterminio, migraciones, pueblos originarios, traidores (?)

El 2×1 a los genocidas

Cuando muchos creíamos que había un consenso firme y asentado respecto de lo apropiado de la cárcel para que vivan su resto de vida los genocidas de la última dictadura cívico militar, el intento de la Corte Suprema (respaldada por Avruj) de aplicar la ley de 2×1 en beneficio de condenados por crímenes de lesa humanidad, nos recordó que la historia nunca se consolida en un lugar fijo. Y aunque muchos historiadores disfruten holgando en el pasado inofensivo, éste puede salir de su escondite y exigirnos opiniones comprometidas respecto de temas de alta densidad. Otra vez a hablar de crímenes aberrantes, otra vez a decir “nunca más”, cuando ese pleito ya estaba liquidado.

Tags: genocidio, dictadura, justicia, complicidad.

La deuda externa

Este tema es distinto. Porque si bien es añejo, cada tanto los gobiernos argentinos se deliran en deudas impagables que generan enormes negocios especulativos para algunos. A diferencia del ítem anterior, nadie creyó que ya estaba liquidado y resuelto. Pero si somos originales, podemos hablar de los hermanitos Baring. Sobre todo por un asunto táctico: si elegimos una referencia cercana estaríamos po-li-ti-zan-do la charla y eso no le gusta al gran pueblo argentino salud! Entonces, si hablamos de deudas, hablemos de Rivadavia y el largo sufrimiento del pueblo argentino, sangre, sudor y lágrimas, Earth wind & Fire y todo lo que costó pagar esa deuda. “¿siglo XX? ¿Menem? no sé de qué me estás hablando, yo manejo todo lo que es siglo XIX”. Mostrarnos alejados, puede acercarnos.

Tags: deuda externa, hasta las manos, entrega, colonia, Rivadavia y Baring Brothers

La sociedad Rural en el ministerio de Agricultura

Vos sabés que esto me suena… para que me fijo en el libro de Rock… o en el de Botana, o en el de Sábato. Pará… aca tá. Sí es increíble. Las otras dos veces que un capo de la SRA había sido Ministro de Agricultura, había sido la época bien específicamente de garcas… Uno justo en la época de Roca (sí, el de la primera campaña del desierto) y el otro durante el fraude patriótico. Zarpadas coincidencias. En este caso, con hacer la plancha y tirar un par de imágenes en blanco y negro es suficiente…: gobiernos de ricos, el pueblo no votaba, todos los muñequitos esos de galera y levita, Peña es Peña Braun, Bullrich es Bullrich Pueyrredón, Pinedo es Pinedo y todo así. Dejalo fluir, acompañá la charla y se entiende enseguida.

Tags: garcas, vacas, trigo, tractores, fraude electoral.

Es así, queridos amigos. Muchas veces nos cuesta meter los temas, porque la agenda esquiva nos esquiva. Pero ese gobierno y su pretendido discurso de mirar hacia adelante y hacer tabla rasa del pasado, nos confrontó a cada momento con algunos temas de la historia argentina que parecían olvidados (¡incluso increíblemente omitidos en los mismos programas de las carreras!).

Te cambio la analogía: pensemos a la historia como si fuera un perro. Algunos se la compran de raza, la alimentan con balanceado, la peinan y la lucen en exposiciones siempre con bozal de diseño. Saquémosla a pasear, llevémosla al parque a que corra un rato, se revuelque en el barro y cada tanto, se eche una meadita en un árbol, para marcar territorio.