Sobre el significado histórico de la experiencia macrista

por Sebastián Merayo

Armen un partido y ganen las elecciones” CFK (2011)

Uno de los aspectos que trae, a modo de novedad, la posibilidad de pensar los cuatros años del Gobierno macrista es empezar a desandarlo a partir de aquella frase que la entonces presidenta Cristina le destinaba al holding empresarial Techint, de Paolo Roca, en una de las tantas disputas políticas del gobierno con los grupos empresarios.

Lejos de los chistes que propios, extraños y ajenos hicieron de esos dichos, no es cualquier frase, puesta en perspectiva histórica forma parte de los elementos centrales de debate, contradicción y conflictos por los que el sistema político democrático en Argentina sigue y seguirá sin resolver. La frase no fue para un sector de la política paradójicamente sino para los grandes grupos empresarios.

Las intenciones de sectores que por un lado intentan recuperar el protagonismo estatal en la agenda de un Capitalismo en modo nacandpop frente a un liberalismo imposible, trágico, revanchista y por sobre todo las cosas desprolijo desde el punto de vista del Liberalismo (con mayúscula) es la descripción mas general de este esquema democrático hoy en nuestro país.

El primer elemento de significación histórica del gobierno de cambiemos es la novedad que trajo a la vida política el triunfo en las elecciones. En términos históricos, es interesante pensar que un sector que no necesitó de ningún plumaje, o peronista como en el 89 o progresista como en el 99, gane en términos democráticos con Macri dirigiendo la batuta luego de 12 años de gobierno kirchnerista.

En definitiva, ese elemento llamativamente ‘novedoso’ es lo que nos sacude e invita a (re) pensar la idea de democracia o del régimen democrático en Argentina. Porque pareciera ser que así las cosas estamos ante la proyección ‘democrática’ de aquella propuesta de Portantiero de ubicar el drama político bajo la idea de un empate y la imposibilidad, en tanto permanencia, de constituir un modelo hegemónico desde las clases dominantes en Argentina. Ese ideal activa en determinados momentos el comportamiento oscilante de diversos actores sociales que como las Centrales sindicales o la pendulación de los sectores medios varía según el ‘clima’. Amén de los sectores de las izquierdas y los movimientos sociales que se mantienen siempre en alerta.

Existe una amplia bibliografía para pensar en la influencia que los grandes medios de comunicación tienen sobre estos aspectos ideológicos y en la construcción de discursos del sentido común. Pero también deja de ser novedad que las derechas liberales gobiernen cuando los gobiernos populares no avanzan (porque no quieren o no pueden) en la posibilidad de constituir elementos que lleven a la participación social, sindical, a una idea cierta de democracia radicalizada, a incorporar los reclamos de los movimientos políticos de mujeres y de la diversidad, a dejar de ubicar solo en el consumo la clave de la inclusión, etc.

Los cuatro años macristas confirman la incapacidad para gobernar de estos sectores, el desconocimiento del laberinto estatal y su poca vocación democrática. La brutal fuga de divisas, el endeudamiento, la represión, los presos políticos, la justicia puesta al servicio de un gobierno que hizo uso y desuso a su antojo se chocó de frente con la ‘unidad’ del peronismo. Ese acelere en su utopía del desguace estatal vuelve a poner sobre la mesa la idea de una democracia posible que se alimenta de tales contradicciones bajo una estela tan amenazante como inconclusa.